lunes, 30 de marzo de 2009

LUZ DE TUBO ANULANDO EL DÍA


La habitación era despojada y fría, como todo ambiente donde se desarrolla cualquier tipo de actividad que tenga que ver con un tratamiento médico de cualquier tipo. Baldosas gastadas y grises, paredes desnudas (ni siquiera el remanido almanaque de algún laboratorio había en este caso), la puerta color cremita de un esmalte brillante y de mal gusto, detrás una silla metálica al tono. En el centro de la habitación un cilindro abierto, un cilindro plateado que se desplegaba en dos mitades: del lado de adentro lo que se veía era una serie de tubos parecidos a los fluorescentes, en disposición vertical y en una hilera circular que cubría toda la pared interna de aquel extraño aparato. En el centro de este cilindro abierto al medio y sobre el piso se hallaba una tarima de madera gastada que jamás había sentido una mano de barniz que suavizara un poco la aspereza de existir en el plano de las cosas. Dije que los tubos, que tenían la misma altura que el platinado artefacto, eran parecidos a los fluorescentes: sí: no se notaban diferencias, al menos estando apagados.
Una de las dos mitades abiertas de esta singular columna estaba cerrada en una medialuna en su extremo superior gracias a la existencia de una barra pintada de negro que unía los dos extremos del semicírculo.
De la parte inferior del instrumento salía un grueso cable negro que recorría el camino hacia una de las paredes del cuarto donde había un toma-corriente: allí todo terminaba en un voluminoso enchufe clavado a su hembra. Lo único que quebraba la monótona topografía de ese espacio era un papel pegado con cinta scotch sobre una de las paredes externas del inhóspito rulero plateado: allí, escrita a máquina, había una tabla que sólo agrandaría el enigma a cualquier visitante desprevenido. Dos columnas, la de la izquierda mostrando una numeración corrida ascendente y la otra con números de dos cifras también ordenados de menor a mayor:

1 10´
2 12´
3 14´
4 17´
5 20´
6 22´
7 24´

Entraba yo acompañado de una enfermera, o mejor dicho de una empleada/secretaria ya que se trataba de un consultorio privado y la gente no estaba uniformada de ninguna manera, aún cuando el régimen al que se sometía a los asistentes era de dureza y rigidez marciales.
El ritual era más o menos el siguiente: sacarse la ropa (todo menos el calzoncillo que debía ser un slip) y dejarla sobre la silla; confirmar qué numero de sesión era la presente visita para luego recibir unas antiparras muy pero muy pequeñas, como las que se usan para sumergirse en una pileta aunque de un material negro, cegador de toda claridad. Ahí me trepaba a la tarima de madera apoyado en un brazo de la mujer y, una vez sobre el podio, cerraba los ojos y me colocaba las particulares gafas bloqueantes acomodándolas bien para que no me molestaran en modo alguno. Una vez allí y entonces, levantaba los brazos y sujetaba con ambas manos la barreta negra que cerraba una de las mitades del cilindro: era tiempo de clausurar la máquina, tarea a cargo de la mujer que oficiaba de particular verdugo del reino del "avance" de la humanidad y la civilización.
De una de las uniones de la barreta con la pared del aparato salía un cable que le daba dos vueltas de tirabuzón terminando su recorrido en un timbre muy similar al interruptor de una lámpara de mesa, botón que quedaba al alcance de mis manos. Cerrada la cosa yo quedaba atrapado en el cilindro cuyo diámetro no superaba los cien centímetros. En ese momento la mujer siempre decía lo mismo: "si necesitás algo o te sentís mal ya sabés eh: tocá el timbre que vengo enseguida". Se oía el chasquido de una llave interruptora que cambiaba de posición y la luminosidad se modificaba: era notable aún detrás de las antiparras que abortaban toda posibilidad de luz. La temperatura subía rápidamente (a un nivel para nada amistoso) hasta llegar a una meseta a partir de la cual el calor seguía ganando terreno (como si ello fuera aún posible, y vaya si lo era): más lentamente pero con la constancia y rigidez del paso del tiempo.
P.U.V.A. Esa era la sigla. La U y la V correspondían a UltraVioleta, la P y la A ya no recuerdo. Allá por los setenta era la última novedad, el más escandaloso avance de la ciencia para solucionar la psoriasis. Y el único aparato en Buenos Aires estaba allí, en los consultorios del Dr. Mom (padre, porque yo me atendía con los padres y, tras el paso de los años, también con los hijos: eso es ser un paciente ejemplar), en la calle Marcelo T. de Alvear, muy cerquita de las facultades.
Este milagroso tratamiento y esta maravillosa máquina venían a suplantar al benigno efecto del sol sobre mi afección: era como alquilarse un sol privado durante el invierno, era el mismo absurdo de siempre con una forma diferente, era la idea de curarse que, una vez llevada al estadío obsesivo, olvida el verdadero objetivo: ¿curarse de qué carajo? Qué abuso del iluso, qué aprovechamiento de la desesperación...
Pero, como toda obsesión, la cuestión no se limitaba a los diez, doce, catorce, diecisiete, veinte, veintidós o veinticuatro minutos que durara la sesión de P.U.V.A. Para estar verdaderamente pendiente todo el maldito tiempo del eventual arribo a la tierra prometida había que tomar una pastilla durante las horas previas: la receta que llevaba a la única farmacia de la ciudad que las preparaba rezaba: 8 M.O.P. Porque el avance se escirbe con siglas con cuyo significado un simple mortal sólo aspira a conjeturar (supongo). Estas cápsulas (las recuerdo perfectamente: eran inmensas, a tal punto que ante cada toma me ponía tremendamente nervioso temiendo atragantarme y morir en el intento de ingerirlas) eran parte del enigma: ¿Ozzy Osbourne, David Crosby? Pero esos son faloperos de pose y automedicación, unas simples mariquitas: a ver si alguna vez se clavaron un 8 M.O.P. día por medio a los once años de edad teniendo que usar lentes de sol todo el santo día (incluso en la escuela) para evitar que la claridad del día les dañase la vista. Sí, porque la capsulita se suponía que atraía a los rayos ultravioletas que surcaban el eter de cada día, nublado o diáfano.
Esos eran verdaderos días de pre-temporada, de entrenamiento en el tosco arte de la resistencia. Pero resistencia en serio, no las paparruchadas de los franceses durante la Segunda Guerra. Así se va moldeando un loquito, atravesando estas experiencias.
Pero como en toda batalla, un combatiente tiene que ir calculando las fuerzas y midiendo la distancia que lo separa del objetivo más cercano. En estas sesiones todo se reducía a tener alguna idea del transcurso del tiempo bajo esas temperaturas mefistofélicas. Con los ojos sellados por las antiparras no había chances de pispear un reloj, ni aún inventándolo en la desnudez de slip en la que me encontraba durante cada sesión de P.U.V.A. Pensé, durante la primera experiencia, en buscar la forma de medir el tiempo a partir de las gotas de transpiración que recorrían todo mi cuerpo, de cabeza a pies. Muy complicado, demasiado impreciso. Sin detenerme en el primer fracaso (qué va) la solución llegó rápidamente: cantar, cantar en la cabeza. No, no con la voz, sino hacer sonar una canción muda dentro de la cabeza. Cuando se me ocurrió, durante la segunda sesión ultravioleta, el sistema no pudo probarse en todas sus bondades: canté, o seguí con voz silenciosa el recorrido de una canción de Seru Giran que sumaba intensidad al barullo cavernoso de costumbre. ¿Que por qué el sistema no podía ser todo lo preciso posible durante la primera práctica? Es que en ese momento no tenía forma de controlar la duración exacta de la canción en el mundo real, por lo tanto se la asigné arbitrariamente. "´Seminare´, más o menos tres minutos", me dije. Y la hice girar en el bocho, una y otra vez, hasta llegar a las cuatro veces. Seguramente durante la cuarta pasada las ansias por el final del infierno de ese día habían hecho que las neuronas giraran a 36 2/3 en lugar de 33 1/3 pero bueno... Al menos de esta manera el tiempo transcurría mientras mis pensamientos salticaban desde las gotas de sudor y los humeantes números de las temperaturas dantescas del interior del cilindro al golpeteo de los tom-toms de Moro y los firuletes del bajo de Aznar. Y así es como aguantaba y aguantaba sin tocar el timbre. Jamás toqué el timbre pidiendo asistencia: esa era mi absurda medalla, ese era el puntapié hacia la calma que da el deber cumplido. Al fin y al cabo esa sería la única recompensa a semejante despropósito de radiación: la psoriasis no bajó su impedancia en lo más mínimo, no importa el haber cumplido con las siete sesiones del apocalipsis (y más). Pero yo jamás toqué el timbre: NUNCA.
Los lentes de sol eran unos aviator de marca nacional, marrones. Mi pelo enrulado y abultado hacia arriba y los costados cerraba una imagen demasiado rockera para el ámbito escolar. A la tercera sesión la medición del tiempo fue mucho más precisa: en casa había comprobado la duración exacta de "Seminare". Para las sesiones cuarta, quinta, sexta y séptima me preparé otros temas, no sea caso de aburrir a la audiencia. Todas del repertorio "rock nacional": es que en ese entonces me intoxicaba con eso gracias a mi prima Gabi, unos años más grande que yo y habitante del barrio de Floresta/Mataderos: todo un peligro si de gustos musicales del final de los setenta hablamos.
La psoriasis no me la habré curado, claro, pero desde entonces en mi cabeza no paran de circular las canciones. Y en capas sucesivas anque simultáneas: tal vez todos los radiograbadores, centros musicales, "walkmans", "disc-mans" y equipos de audio que tuve en mi vida (yo no tuve iPod) se fueron acumulando allí, arrumbándose entre los rincones de mis ambos hemisferios, siempre encendidos. Al principio, unos meses después de la experiencia P.U.V.A., el continuo musical en mi cabeza me asustó: ¿Cómo se apaga esto antes de enloquecer? Durante meses traté de explicar lo que me pasaba a mi familia que sólo devolvía gestos de desconcierto (justamente) y, más tarde, en el estadío de la resignación, sonrisas (todo en mi vida desemboca en el mar de la broma supuestamente cruel). Siempre recuerdo una respuesta de mi viejo (o una amenaza), una de esas frases con las que un padre cierra una discusión con su hijo, harto ya de la riña verbal inconducente: "callate porque te doy un cachetazo que se te van a mezclar todos los cassettes esos que tenés en la cabeza". Había testigos de la escena: aún hoy, eventualmente, se la recuerda durante esas tardes familiares donde la vuelta del mate mide el perenne tiempo de espera al descenlace común. En esas ocasiones las risas hacen las veces del timbre, ese que yo jamás pulsé.

NOTA AL PIE:

Sabrán disculpar mi recurrencia a la ausencia: este espacio no podía ser la excepción. De ahora en más prometo subir una "entrada" cada mes. Es que me dispongo a conquistar el hábito diario de la escritura a partir de los próximos días con el objetivo de acumular la mayor cantidad posible de estas historias en vista a compilarlas en un volumen de aparición incierta. Lo que acaban de leer, si bien siempre relacionado a los discos y la música, tiene un carácter un poco más íntimo (aún) al habitual. Me disculpo por ello inútilmente, aún cuando no corresponda. Tal vez la característica de este escrito sea una excusa tan válida como mi pereza para decidir escribir de ahora en más sin publicar en el blog en vistas de un libro que seguramente, como casi todo en mi derrotero, esté destinado a no ser. Who knows. Pero bueno, al menos una historieta al mes prometo. Confío en cumplir. Gracias.

lunes, 16 de marzo de 2009

...AND YET YOU GO ON


Lo accesorio, lo prescindible, lo que no para de caerse. Hasta que se apaga el ojo. Les ruego a todos los amigos que quieran seguir en contacto y relación directa con El Oasis: La Disquería Queda en mi Cabeza, me escriban a uburoc@hotmail.com y se identifiquen de alguna manera. A todos los voy a reconocer simplemente por el nombre pero quiero que, de todas maneras, den algún dato que ustedes creen los individualiza en esta relación que establecen con el que suscribe (que a veces vendió discos sin darse cuenta). Se los pido como un juego más y como otro aporte a la improvisación permanente que fue, es y será El Oasis: La Disquería Queda en mi Cabeza. Una vez que me escriban y se suscriban los contactaré y les contaré. Espero sus mails desde ahora mismo hasta el lunes 23 de Marzo. Gracias. Germán.

sábado, 21 de febrero de 2009

4:13 NIGHTMARE


Algo olía mal. Tengo tendencia a sospechar la existencia de señales ocultas tras los sucesos más nimios. Sabiendo esto, luego de acaecidas mis sospechas, hago el esfuerzo por lograr la reversión del proceso original para poder seguir viviendo en paz. Pero algo siempre huele mal, de todos modos…
Al final del Swing Tour de The Cure, de la gira británica estoy hablando, algo olía mal, como dije arriba; pero en ese entonces yo ni siquiera lo sospechaba. De tener la sintonía tan fina no podría seguir vivo ni por cinco segundos. Pero ahora lo entiendo: aún entonces algo olía muy mal.
La parte británica del Swing Tour había sido recortada violentamente, reduciéndose a tan solo dos shows en Londres. Se cancelaron por falta de ventas dos fechas más en el mismo Earl's Court londinense además de los recitales pautados en Birmingham, Manchester y Glasgow. Todo un fiasco y un primer y duro golpe al ego herido de Robert Smith (hoy por hoy tan acariciado). Hablo del inicio de la gira, ni bien salió el disco. Más precisamente cito aquí la segunda de esas dos fechas, la del primero de Junio de 1996. The Cure presentaba un álbum que parecía desparejo, uno que dejaba la sensación de no estar debidamente cohesionado. El tiempo lo dibujó de otro modo, maldita costumbre de Cronos y su efecto sobre nuestra percepción de las cosas… Pero en aquel momento Wild Mood Swings se veía solamente como un intento desesperado de perpetuar la idea del grupo haciendo como que la formación ideal de Wish no se había modificado. Una negación lisa y llana de la deserción de Porl Thompson y Boris Williams.
Allí estaba yo entonces, en el aftershow del segundo y último show inglés, el 1 de Junio de 1996. Porl, mi conocido directo en la banda y como acabo de mencionar, ya no estaba en la formación. Ni siquiera había asistido al show esa noche; tampoco estaba su mujer Janet, la hermana de Robert Smith. Pero a esa altura gozaba yo de los beneficios suficientes como para estar metido en esas absurdas situaciones que nunca supe disfrutar desde el estereotipo de fanático. Pero yo estaba allí, siempre sin saber para qué. Robert Smith, botella de Champagne en mano, llenaba mi vaso y el suyo (vasos plásticos de pintas de cerveza) a medida que los íbamos vaciando. De un gran humor y haciendo comentarios absurdos sobre vaya a saber qué cosas. No, no voy a pretender de qué iba la conversación, ya no lo recuerdo. Pero sí tengo muy presente las imágenes: la de la botella que él tomaba por el cogote, la de su otra mano con el vaso, la del mío extendido para volver a ser llenado, la del maquillaje corrido y seco a fuerza de transpiración, la del rostro de palidez fantasmal de sonrisa extrañada, la mueca torcida hacia un lado… Risas y buen humor, recuerdo. Era un típico show en Londres donde el aftershow se llenaba de familia y amigos. Sin embargo algo olía mal aún entonces…
Sí, algo olía mal aún hoy entonces, eventualmente. El plan de un nuevo viaje para ver a The Cure en piloto automático. Buscando excusas para reeditar el precolombino ritual, llámense esta excusa Pink Pig o lo que fuere. Así es como se fue armando el plan... Veo a The Cure después de muchos años, hablo con Porl y con Robert, busco concretar las promesas vertidas en algún momento que fortalecerían eternamente a Pink Pig. Luego se agregó la presencia de Franz Ferdinand como teloneros: demasiados amigos rockeros en una sola noche. Me resultaba divertido pensar en Kapranos descubriendo en un aftershow que soy un viejo conocido de Smith y Thompson y viceversa. ¿Quién es este estúpido tan lejano que conoce a esta gente de tan cerca? Me resultaba ridículamente graciosa la eventual escena. Así es como que el plan tomaba forma y se ponía en práctica. Así es cómo el miércoles 18 de febrero me subía a un avión de TAM con destino París. Porque la idea era llegar allí para partir hacia Londres en auto y ferry con unos amigos franceses que había hecho en el proceso del proyecto Pink Pig. Pasaríamos una semana en Londres, volveríamos a París donde me esperaban 7 días más de paseo con recital de Oasis y Glasvegas en el Bercy incluido. Allí estaría con Noel a quien ni loco le confesaría que conozco a Kapranos y a Smith. ¿Qué tiene que ver Oasis con Franz Ferdinand y, especialmente, con The Cure? Yo, claro: algo olía mal hoy aún entonces, eventualmente.
Portando mi pasaporte número 4, uno que saqué luego del viaje de los recitales de Almond en el Wilton's Music Hall allá por 2007, virgen aún de sellados de entradas y salidas, emergí del submarino volador y me interné en los laberínticos pasillos del aeropuerto Charles De Gaulle. Al finalizar el último de estos pasadizos había tres policías que pedían ver los pasaportes antes de que los pasajeros pudiesen llegar a las ventanillas de migraciones. Unos quince viajeros fuimos separados a un costado impidiéndosenos llegar al control migratorio propiamente dicho. Una vez que todos los restantes pasajeros de ese vuelo hubiesen pasado ese improvisado control, el grupo diferenciado fue conducido a un costado donde los mismos policías repetían las preguntas y el intento de comprender las respuestas que recibían: no hablaban más que francés e intentaban adivinar, en mi caso, el inglés. Aparentemente. Dos de los quince fueron liberados para que efectivamente cumplieran el control migratorio propiamente dicho con el agente civil correspondiente. Los otros trece fuimos conducidos a una oficina policial en la misma terminal del aeropuerto muy cerca de donde estábamos. Los pasaportes de los 13 apóstoles eran, a saber: el de una chica Colombiana, el de un chico Chileno, el de un servidor Argentino, el de una Paraguaya y el de varios Brasileros (ellos y ellas). Algo olía mal aún hoy entonces, eventualmente.
La oficina a la que entramos tenía signos de decadencia oficial argentina: zócalos sueltos, tapas de electricidad rotas, cables al aire, mugre y descuidos por doquier, sillas rotas y vencidas, etc. Dos de los trece sospechados se sentaron en los dos únicos asientos disponibles para los visitantes y los demás nos parábamos en semicírculo sin saber qué esperar, pero esperando. Ninguno de los policías hablaba español ni portugués, todos parecían entender rudimentariamente el inglés en la medida en que quisieran entender: cuando la información que se les daba en ese idioma no les resultaba útil a su hasta entonces secreto cometido, automáticamente cerraban toda posibilidad de comunicación en un francés cerrado pero igualmente adivinable. Tres horas pasaron allí sin que nadie nos diese información sobre nuestra situación. Y vuelvo a la primera persona del singular: mi pasaporte daba vueltas por las manos policíacas cada vez con más papelitos adentro, se tomaban datos en una computadora, se trasladaba a otro recinto, volvía así el documento volador y quedaba apoyado un rato sobre un escritorio cerca de mí pero nunca al alcance de mi mano: yo ya no era quien se suponía ser; yo, sin ser consciente de ello aún, estaba flotando en el más absoluto de los limbos: finalmente era nadie. Aún así, la idea de no poder entrar a Francia no pasaba ni por asomo en mi cabeza. Soy muy crédulo, demasiado, tengo siempre buena fe mal que me pese: excesivamente. He viajado docenas de veces a Europa, nunca estuve más de dos minutos frente a los oficiales de migraciones de turno, no tengo ningún delito ni entrada a comisarías en mi haber en ninguna parte del mundo, había viajado con itinerario fijo, pasaje de retorno, reservaciones en Londres, seguro médico, dinero más que suficiente y, para colmo, una amiga francesa esperándome para recibirme en su casa con cordialidad admirable. Todo esto fue comunicado y en detalle a una traductora que apareció en la oficina policial luego de una interminable espera. Cuando le dije que le daba el teléfono de mi amiga para que la llamara y corroborara toda la historia me dijo: “No, no hace falta”. Simplemente eso, el hermetismo de la policía y el de esta funcionaria eran demoledores. Escudados en su ineptitud infinita que les permitía solamente hablar en su sobrevalorado idioma aprovechaban para ocultar lo que querían hacer desaparecer: información sobre qué estaba ocurriéndonos y nuestros más elementales derechos. En el país de la libertad, en el de la revolución, en la tierra de Flaubert, Jarry, Rimbaud y Cocteau. Pero yo no estaba ante ninguno de ellos, ni siquiera ante sus espectros: yo me había topado con un puñado de oficiales de la bonaerense pero con piel más clara e intenciones más oscuras. Ah, además estaba Farid, uno de los policías de evidente origen marroquí. Es que el lavado de culpas es mucho más grande que el de dinero, en todo el mundo y a lo largo de todos los tiempos.
Viñeta que grafica el maltrato desde temprano: en este semicírculo que formábamos los asistentes al demoníaco banquete, a mí me tocó estar parado delante de una máquina fotocopiadora. En determinado momento una de las mujeres policía (aspecto exageradamente varonil, corte de pelo al tono) se paró frente a mí y sin mirarme hizo un gesto con la mano derecha como si barriese migas sobre una imaginaria mesa dos veces y hacia afuera. El sonido acorde que hizo para acompañar el ademán es el que todos podemos imaginar: “Fusshhh, fusshhh…”, como espantando un insecto. Así estaba la situación, porque algo olía mal hoy aún entonces, eventualmente. Yo seguía sin sospechar muy concretamente mi destino, yo tan incrédulo de no ser crédulo. Así iba tragándome los mocos porque uno bien sabe que una reacción podría poner en riesgo nuestra suerte… Fue entonces cuando, tras poco más de tres horas de comenzado el calvario, mi pasaporte llega, una vez más, con unos papeles dentro. Es apoyado en un escritorio, abandonado casi. Haciendo torpe ilación de los sucesos precedentes, recordando el “No, no hace falta” de la traductora ante mi reiterada oferta del número de teléfono y dirección de Faustine para que comprobaran mis confesas intenciones de viajero ocasional, me dije: “Ya está, me liberan del trámite y me voy a tomar el tren y luego el metro.” Pero la espera se prolongaba… Más y más. En un punto le pregunto en idioma inglés al policía que ingresaba en ese momento a la oficina: “¿Me podés informar de mi situación por favor que no entiendo nada?” Balbuceó algo inentendible justamente a modo de desentenderse de la situación. La Colombiana repite luego mi pregunta con la intención de informarse ella sobre su propio estado y la respuesta de otro de los policías (Dios mío: ¿cuántos botones del orto había deambulando por allí?) fue: “Van a ser enviados de vuelta a sus países de origen”. Un escalofrío de incredulidad atravesó mi espinazo. Inmediatamente le digo: “¿Por qué? ¿Qué motivo existe para que me nieguen la entrada? Quiero hablar con mi consulado”. A lo que, en ese momento políglota agente, respondió: “abajo hay un teléfono desde donde vas a poder llamar.”
Abajo fuimos. Algo olía mal hoy aún entonces a esta altura. Hasta yo podía darme cuenta… “Abajo” era otra dependencia policial. Nuestros pasaportes habían quedado en el agujero negro de las oficinas del relato previo y ahora ante nuestras miradas había sólo una serie de fotocopias de los mismos. A la izquierda de la pequeña oficina se abría paso un corredor con diferentes compartimientos dispuestos en hilera: como si fueran enfermerías de una tienda de campaña. Asomé mi vista al primero de ellos: tras una cortina amarillenta (que se adivinaba blanca en sus años mozos) con manchas de sangre seca, había una mesa haciendo las veces de improvisada camilla y una banqueta a su lado. Las paredes estaban revestidas de salpicré y tatuadas con manchas a tono con las de la cortina cortina. Todo se evidenciaba muy sórdido y carcelario. El pánico se hizo presente bajando abruptamente a través de mi espaldar. Dos de las mujeres policías comenzaron a calzarse guantes de látex mientras alguien separaba las fotocopias correspondientes a los hombres de las que pertenecían a las mujeres. En un francés cerrado pero a esa altura demasiado fácilmente adivinable las dos mujeres se ordenaron mutuamente comenzar con la tarea: llamaron a la de la fotocopia femenina de arriba de todo: la Colombiana. La introdujeron en el habitáculo que más arriba describiera. Sólo se escuchaban las voces de las galas malas. Pasaron cinco minutos, luego diez, entonces los dos hombres repiten la escena de las minas: yo soy el de la fotocopia de arriba de todo en este caso. Soy ingresado a uno de los compartimientos que le seguían al antes mencionado entonces, acompañado de dos enguantados policías. El habitáculo era más pequeño que el que yo había visto anteriormente y tenía espacio apenas para un escritorio pequeño y una silla. Ahí entré apenas parado. La mesa estaba indeciblemente sucia y en el centro tenía manchas de sangre, probablemente del Medioevo. Me pidieron que depositara allí todas mis pertenencias. Comencé a sacarlas y les dije, siempre en inglés: “No quiero apoyar ahí mis cosas, está todo sucio”. Los agentes del orden con conocimientos intermitentes del idioma de Shakespeare hacían comentarios socarrones en su para mí desconocido idioma (pero, a esta altura, tan fácilmente adivinable). Me pidieron que les diera mi dinero. Yo comencé a contarlo imaginando ya su destino: ellos se burlaron de eso tomando como una estupidez que yo desconfiara de su tácita honestidad. Luego de contarlo apoyaron el botín muy especialmente sobre las manchas de antaño mientras uno comenzó a palparme muy minuciosamente. Contaron el dinero, tomaron nota en un formulario, lo introdujeron en una bolsa de plástico transparente. Yo les dije: “¿Por qué me quitan el dinero? ¿No es suficiente atropello ya el haberme privado de mi pasaporte?” Seguían entendiendo: “Vas a estar entre mucha gente, es por tu propia seguridad”. “No necesito de su protección, justamente no de la de ustedes”, dije. Y, mirando hacia atrás a través de una ventana blindada vi la celda: un habitáculo de tres por cuatro metros pelado, con bancos duros contra dos de sus paredes pintadas y escritas con biromes y lápices pero muy especialmente con trazos muy gruesos e irregulares de colores en la gama del marrón: sí, escritura con mierda. Manchas repulsivas por doquier, inscripciones en todos los idiomas imaginables, lugares comunes de cualquier película de segunda línea sobre cárceles y celdas de todo tipo. En el centro de una de las paredes un teléfono atornillado en forma vertical. “¿Por qué me ponen en una celda? ¿Qué hice yo para recibir este tratamiento?” “No es una celda, es una sala de espera para aguardar hasta que se puedan volver a sus lugares de origen y estén seguros”, me dijo uno de los policías. En medio de un pánico total que ocultaba la indignación e infinita tristeza que aflorarían más tarde, les pregunté: “¿Pero por qué no puedo entrar si tengo todo en orden? No tienen derecho a hacerme esto, alguien tiene que darme una explicación, quiero llamar al consulado de Argentina”. El switch se había corrido hacia el “sólo entiendo francés”. Me metieron en la celda, o en la sala de espera que cerraban inocentemente con un pasador desde afuera, pestilente habitáculo sin agua ni ninguna señal de la más mínima cordialidad ni el menor de los gestos humanitarios siquiera. Un ojo de buey en la puerta y una ventana que daba a la desierta oficina donde yo había estado instantes antes, todo con vidrios blindados que, de golpearlos, no hacían el menor ruido. Eso era todo, demasiado.
Uno a uno fue entrando el resto de los infortunados. A la Colombiana la habían desnudado y revisado ginecológicamente (a una Brasilera también aunque a su hija de no más de tres años sólo le habían sacado los pantalones). Sé la reacción inmediata al gentilicio colombiano: prejuicios, sospechas. Yo mismo descreía en el fondo de ella en un comienzo, debo admitirlo en tren de ser brutalmente honesto. Y de las intenciones de dos brasileros basándome en sus aspectos físicos y de vestimenta. La historia que la chica de Medellín me contó y luego corroboré al oírla hablar por teléfono con su familia reiteradas veces era la siguiente: iba hacia Tel Aviv a una boda, se encontraría allí con su novio (se casaba el hermano de éste), estaba de tránsito en París, por dos horas. No le habían informado sobre la necesidad de una visa de tránsito para Francia. Aparentemente ese error o descuido o esa desinformación ameritaban el tratamiento que aquí estoy contando, denigrante revisación ginecológica incluida. Ella, según me contó, portaba consigo sus cuatro anteriores pasaportes, dos de ellos diplomáticos: su padre, ya fallecido, había sido embajador de Colombia en París por cuatro años. Su hermana era francesa y residente en París. Nada parecía importar dentro de esta pesadilla en acción.
Pasaban las horas y nadie decía nada: la desinformación era absoluta. Ante cada pasada de un policía (sea porque pasaba a mirarnos por el ojo de buey o en respuesta a los gritos que solicitaban un vaso de agua o una visita al baño) alguien reclamaba algo. En mi desorden compulsivo no me apoyaba en pared alguna a fuerza del asco y la aprehensión. Los bancos me parecían el contacto eventual con el infierno infeccioso. Las reumáticas articulaciones me latían y amenazaban con la capitulación. En eso, ante mi insistencia, un policía trajo anotado el número del consulado Argentino. Un dato curioso: había un número escrito y luego tachado con una raya horizontal. Debajo del mismo habían escrito otro número: exactamente el mismo que habían tachado. Lo marqué con desesperación (el teléfono parecía limpio), al quinto número una grabación en francés me hacía adivinar lo erróneo de la numeración pretendida. Probé mil veces. Luego intenté con el número de mi amiga Faustine: nada. Al tercer intento sin siquiera llegar a sonar, una voz dijo: “Police Station”… Era de pesadilla, casi Lynchesco. La colombiana tampoco podía comunicarse con ningún número. Decidimos que el teléfono era una farsa. Llamamos al guardia, se lo dijimos. Aseguró que funcionaba, yo le dije que entonces el número que me había dado estaba mal y le reclamé el correcto que correspondiese al Consulado Argentino. Me lo prometió para no volver por dos horas. Volví a reclamarle mostrándole el papel donde me habían anotado el otro. Lo agarró y, apoyándolo sobre la puerta, le agregó un cero a la izquierda. Hijos de mil puta: me lo habían dado sutilmente mal apropósito: evidentemente había que marcar un cero extra para tener habilitada esa línea ¿Quién podría haberlo adivinado? Entre la escritura con mierda, eventualmente y cuando ya era muy tarde para muchas cosas, habíamos descubierto pistas sobre la necesidad de un cero extra. Reitero: ¿Quién podría haberlo adivinado? La mentira con carta de exoneración bajo la manga: todo un sistema que luego de finalizado todo este episodio, descubriera yo a cada paso que daban estos policías. Cuando tuve el número correcto con todos los insospechables prefijos correspondientes ya eran las cinco de la tarde: el teléfono del consulado no dejaba de sonar inútilmente. A esta altura de la soirée ya no quería que me dejasen entrar a Francia: quería volverme a mi casa, que me sacasen de ese tortuoso encierro: mi cabeza estaba totalmente quebrada y no podía afrontar ya mi plan de vida para las semanas siguientes, por más agradable que este fuera. No puedo explicar los devastadores efectos de la experiencia sobre cualquier mortal de buenas intenciones, es realmente gravísimo.
Mis articulaciones latían y mis partes de titanio crujían amargamente por lo que intentaré hacer la historia, al menos en este relato, un poco más corta. Estaba asustado. Le pedí piedad a tres de los policías en tres ocasiones diferentes. Les expliqué de mis operaciones, de mi artritis generalizada, de mi necesidad de estar sentado en una silla normal y mínimamente confortable. El primero hizo como que no me entendía y se fue mascullando su idioma. El segundo me escuchó y me llevó hacia la oficina de ingreso (único gesto de piedad en toda la experiencia). Allí me dijo en inglés: “Acá están trabajando, te podés quedar sentado ahí sólo si no hablás, para no molestar”. Le transmitió lo que me pasaba a su jefe detrás del mostrador (en un muy adivinable francés) quien me miró con un odio inefable gritando luego una orden demasiado imperativa en su apócrifamente dulce idioma: me mandó con inequívocas humillaciones de regreso a la celda. El tercer intento fue con la mujer policía más vieja de todas con un aspecto que ni Gasalla podría darle a su personaje más sórdido: se puso violenta, comenzó a gritarme en la cara “Parlé vous francaise? Parlé vous francaise?” “No!!! But you do not have the right to do this with me!!!” Etc. ad infinitum. A esta altura la situación era insostenible y el futuro insospechable: ¿Qué vendría luego: nos enviarían de vuelta pronto, a qué hora, sería hoy o pasaríamos la noche ahí, nos devolverían la entidad de personas alguna vez? No, no estoy exagerando en lo más mínimo. Esto no encierra ni un ápice de la verdadera gravedad y violencia de la situación en la que me sorprendía a mí mismo encerrado. Nunca imaginé que esto podía pasarme: jamás pensé que esto pudiera ser cierto en ninguna circunstancia. Dije que era demasiado crédulo. E ingenuo. Y de buena fe. Demasiada. Todo demasiado.
A algunos se les prometía una traductora. ¿Para qué? Me preguntaba yo a esta altura... Nunca habíamos tenido el derecho a una entrevista normal con un verdadero, liso y llano agente de migraciones: la policía nos había interceptado en camino hacia ese trámite haciendo de nosotros parte de la estadística del día de los deportados requeridos por el sistema político de turno. Era evidente, nuestra condena regía desde el primer minuto y toda esta farsa no era más que una preparación de las excusas correspondientes a cada caso y un cuidado y dedicación claras en pos de que nadie tuviese la real posibilidad de recurrir a un consulado o a alguna mano amiga que pudiese aclarar la situación que la misma policía había plantado. Bueno… Esa traductora llegó un poco tarde: diez menos diez de la noche. Once horas habían pasado ya. Un poco tarde, ¿no? La traductora en verdad venía a blanquear la situación cuando ya no quedaba tiempo para nada: no se nos admitía en Francia, se nos enviaba de vuelta a los respectivos países de origen. La interrumpí, empecé a garabatear mi voz hablando de maltratos, de prohibición injustificada. La funcionaria, de corporativismo acérrimo, continuó el derrotero descalificador y el rosario de humillaciones: “Como el señor quiere que comencemos con él, así lo vamos a hacer”. “No, yo no quiero que comiences con nada ni nadie: quiero que expliques el por qué del avasallamiento de todo derecho elemental, el por qué de este maltrato”. “¿Maltrato? Esto no es maltrato”. Era tremendo. Honestamente no puedo seguir contando, me agobia, me ahoga, me enfurece hacia adentro, me tumoriza. La breve explicación oficial de por qué yo no entraba se resumía a que yo no portaba una carta formal de invitación al país y que por lo tanto no quisieron llamar a mi anfitriona (quien estaba desde hacía horas llamando a la policía y enviando mensajes a amigos míos de facebook indiscriminadamente en pánico porque me hubiera pasado algo malo). Una vulgar excusa era todo lo que se me ofrecía, como si fuese un sub-humano. Le dije que no me importaba en lo más mínimo a esa altura entrar en su maldito país, que sólo quería irme pero que sea cual fuere la excusa, yo no había hecho nada para recibir ese tratamiento y permanecer privado de mi libertad y de mis derechos básicos por todo un día. “¿Usted conoce la legislación francesa?” Fue todo lo que enhebró como respuesta pensando que con esa chicana podía dejarme conforme. Algo más instruida que los precarios policías y como buena persona estúpida se pensaba cultural e intelectualmente superior a esas cosas con patas y manos que llenaban la estadística oficial y mentirosa sobre los inmigrantes ilegales. Idea que parte de una falacia propia de los imbéciles: “todos quieren venir a quedarse en nuestro territorio”. Es así que, sin ninguna autoridad moral ni intelectual, la funcionaria traductora evitó de ahí en más dirigirse a mí. Nos anunció que no iban a sellarnos el pasaporte y que no iba a quedar registro oficial de la situación: claro, ella pensaba que el real motivo para que así procedieran resultaba insospechable para las mentes de un puñado de ratas sudamericanas ilegales por definición; pero era más fácil descubrir la treta que descifrar su adivinable idioma: si ellos lo hacían todo oficial de ese modo se exponían a tener que pagar muy caro por su gigantesca arbitrariedad y el descomunal atropello. Por supuesto que le agradecí amorosamente el amable gesto, pero a esta altura había ya cerrado sus oídos al más mínimo de mis comentarios: ¿La última “reprimenda”?
El vuelo de regreso salía diez y veinte. Nos sacaron afuera de la oficina, nos sentaron en unas sillas y a los dos minutos una de las mujeres policías (la misma del gesto de la escena de la fotocopiadora) hizo un ademán y unos sonidos propios de arrear ganado: así ordenó que nos pusiésemos en movimiento hacia el embarque de último momento: todos a la última fila del avión, el sector de los reos peligrosos, escoltados por cinco policías hasta la mismísima puerta de la aeronave y sin nuestros pasaportes que nos serían devueltos recién en San Pablo (los empleados brasileros, evidentemente alertados de mi condición de rechazado por Francia, revisaban de modo inverosímil los detalles de mi pasaporte en el intento de descubrir cualquier indicio de una posible falsedad del mismo). El dinero me había sido devuelto justo antes de que nos arriaran hacia el avión. Algo olía mal, es evidente. Había tenido diversas señales que me sugerían desde lo cifrado que cancelara el viaje. Es más: estuve con la idea de suspensión rondándome la cabeza hasta la misma mañana del día miércoles 18 de febrero. Me evito contarles de esas señales hoy y simplemente les digo que desoí todo, a modo de poder seguir viviendo un poquito más.
La segunda botella de Champagne se había vaciado en manos de Robert Smith aquella noche del primero de Junio de 1996 (ya madrugada del día dos, para ser más precisos). Antes de que enfilara hacia el auto que lo iba a sacar de Earl's Court, tuve la siguiente ocurrencia: “Robert, listen…” Sacando de un bolsillo mi primer pasaporte le dije: “I got this Passport in 1990 just to come here and see you at the Crystal Palace Bowl, remember that show with James supporting? Well, as you are responsible for this, is time that you sign it”. Le entregué el pasaporte y, mientras buscamos una birome por ahí, lo abrió. Sobre la página 28 escribió con su trazo mitad infantil mitad de borracho: “YOU CAN NOT GET IN... ROBERT” Nos reímos y él se metió en el asiento trasero de un Rover, del lado izquierdo. Lo recuerdo como si fuera hoy. Pero no era sólo hoy que olía mal algo también, y eventualmente. Su vaticinio ocurrió hace exactamente 13 años. Él me avisó entre los reparadores vahos del alcohol lo que ya olía mal y que ocurriría eventualmente en 13 años cuando yo intentase ver en vivo a su propio y mismísimo grupo presentando su excelente disco 4:13 Dream. Algo olía mal aún hoy entonces, eventualmente, aunque el dulzor del Champagne distrajese los primeros signos de advertencia, signos que también se filtraran en sus taciturnos trazos que hoy releo en la página 28 de mi primer pasaporte. En la página 29 había pegado el pase de aftershow de aquella noche. Con ese pasaporte regresé a Buenos Aires en 1996, hace exactamente 13 años. Estos días voy a sufrir el golpe pensando a cada momento lo que debería estar haciendo de aquí al 10 de marzo, fecha en la que tenía planeado mi retorno: hoy sábado iríamos al cumpleaños de una amiga de Faustine que hace cine y su plan de festejo era filmar una película y editarla en el día. Allí no estaré. A las once de la noche hubiésemos salido para Londres en auto y ferry para llegar el domingo a las 6 de la madrugada. Allí no estaré. A la noche del domingo hubiese ido, luego de pasear durante el día, a ver a Sunn O))) (por insistencia amistosa y con satisfacción garantizada). Allí no estaré. El lunes me tocaba, además de recorrida de compras de discos, una exhibición privada de dibujos automáticos inspirado en las ceremonias Hexen que ocurriría en The Atlantis Bookstore, la librería de ocultismo más antigua de Londres, mítica por sus esotéricos concurrentes; entonces tocaría su música Yan-gant-y-tan. Allí no estaré. Me ahorro el resto del rosario. Son historias que quedarán subyaciendo en el fondo del Averno para siempre, atrapadas en el plano de las señales y de los mensajes encriptados. Allí siempre estará mi mente en el desesperado intento de leer algo tras todo.



NOTA AL MARGEN:

Más allá de este intento de hilvanar hechos reales en una especie de esotérica elipsis de la cronología personal, estos acontecimientos recientes me golpearon duro. Al punto de no saber cómo retomar mi vida “normal” este mismo lunes. Es más: no me decido aún a hacerlo. Es un modo de comunicárselo a todos ustedes en un intento de evitar contarlo infinidad de veces a medida que los vaya viendo. Las últimas consecuencias me resultan aún insospechables y el reiterar demasiado la historia excederá el punto de la sana descarga y podría volvérseme en contra. Nada más que eso. Gracias por leer este espacio.

lunes, 9 de febrero de 2009

THE LONG AND WINDING RIDE


No me entraba en la cabeza: ¿cómo se podía escribir la tapa de un vinilo inlgés con marcador de trazo grueso y en letras tan grandes? “GUS”, rezaba la contratapa del primer disco de Duran Duran y también la portada de “Prince Charming” de Adam and the Ants. Así, con ese sello, conocí esos discos. Era en la casa de Chirola, un piso nueve sobre la calle Zavalía, justo frente a las Barrancas de Belgrano. Allí tuve por primera vez en mis manos un disco de Duran Duran, uno de Ultravox y uno de Adam & The Ants. Es que el papá de Chirola era Contador de la Armada Argentina y estuvo con destino Inglaterra desde el año 1980 hasta abril del ochenta y dos. Allí y entonces vivían en Surrey: recuerdo un mapa de dicha localidad colgado en una de las paredes de la pieza de mi amigo. Cuando sobrevino la guerra de Malvinas los mandaron de vuelta y así es como Chirola cayó en el Instituto San Román, donde yo estaba cursando tercer año del colegio secundario. Rápidamente entramos en sintonía y comenzamos a reunirnos en su casa junto a Fabián, Ale, Mugre, Ernie, Madera y el Chino.
A mis ojos el piso donde vivía Chirola con sus padres, su hermano y su hermana, era un palacio puesto a todo trapo con lujos inimaginables para mi cabecita de La Paternal (o del departamento del barrio de Coghlan, según del año que se tratase). Siempre me fascinaba ver en la alargada cocina todos los electrodomésticos de último modelo alineados bajo la extensa mesada. Si bien el lavarropas al ser tan moderno y tan inglés no dejaba de subyugarme, lo que realmente me dejaba atónito era el lavavajillas: no sabía siquiera de su existencia. Una tarde lo vi con la puerta abierta y, aún así, no podía entender cómo una máquina podía lavar los platos. Obviamente la sensación de “palacio del confort” que sentía cada vez que ingresaba a la casa de Chirola fue, a medida que las visitas eran más asiduas y nuestra amistad más grande, pasando hacia el fondo de la mente haciendo que el asombro por la calidad de domesticidad que algunos tenían diera paso pleno a los placeres que nos esperaban en cada reunión de amigos: jugábamos al pool (uno bastante grande que no tenía patas y que por tanto se apoyaba sobre la mesa del living con una gruesa frazada amortiguando el roce de maderas) mientras poníamos siempre los mismos discos. Esos discos que Chirola marcaba con el apócope de su nombre sobre las portadas y con marcador de trazo grueso color negro. Es que, en una cabeza que no está gobernada por un pensamiento obsesivo, la marcación de un disco equivalía a la individualización de los lápices de colores, la regla o el transportador que llevábamos a la escuela primaria; simples elementos de uso doméstico expuestos al inevitable desgaste y a su eventual muerte. El problema lo tenía yo, por supuesto, pero en ese momento ni lo sospechaba. Chirola no podía entenderme cuando le reclamaba el manchón en el disco de Duran Duran (¡que encima era inglés, no se daba cuenta dónde había vivido casi tres años, carajo! En realidad el que no se daba cuenta era yo): se me quedaba mirando atónito.
El Deejay oficial era el anfitrión: cuando en la casa estaban los padres el volumen era siempre muy prudencial. Chirola ponía especial cuidado al poner los discos, no por proteger la integridad de los álbumes sino por resguardar el increíble equipo propiedad de su padre: era un Grundig alemán de última generación (yo no había visto esas cosas ni en foto: ¡de dónde podía sacar fotos de equipos de audio viviendo en La Paternal o en Coghlan durante el año 1982!) y de presencia imponente: un rack de diseño con todos los componentes posibles dentro, todos en un plateado cegador; y cuatro columnas de bafles diseminadas por cada rincón del gigantesco living. Qué bien que sonaba eso, por favor… Qué placer producía sin importar qué disco era el que se elegía… Es como que la experiencia de escuchar música cambiaba totalmente para mí respecto de lo que pasaba en mi casa. Yo estaba dándole rosca a mi primer centro musical ese año, no recuerdo bien cuántos meses después de conocer a Chirola. Y el casillero anterior en mi historia clínica como audiófilo era un simple radiograbador Pioneer que me habían comprado mis viejos luego de que yo los presionara durante meses. Me acuerdo perfectamente del local de elctrodomésticos, uno que quedaba en Cabildo a veinte metros de la esquina de Blanco Encalada, sobre la vereda del lado del bajo. Allí la opción estaba entre dos Pioneers: uno de color negro y con muchas luces marcando distintas funciones, y el otro más modesto y plateado. La diferencia de guita era considerable (al menos para mis viejos y también para mis ojos de adolescente) y las bondades del más caro que me deslumbraban (al apretar eject la puertita se abría lentamente en un movimiento neumático, para citar un ejemplo) fueron dejadas de lado en pos de no abollar aún más la economía familiar.
Pero bueno, en lo de Chirola era otra cosa. Llegaba allí en 44 o 63 (o en 107 cuando vivía en Coghlan) y emprendía la subida de las Barrancas apurándome para tocar el timbre. El que hubiere casi permanentemente un portero en la recepción del edificio también era cosa poco común entonces (al menos para mí). Todo resultaba extraordinario: el hecho de que, de no estar en ese instante el encargado, alguien tuviese que bajar a abrirme, los sillones de cuero verde que había a la entrada (en los cuales muchas veces nos quedábamos a esperar a que llegara el último de los amigos así subíamos todos juntos y de una sola vez), la entrada de servicio (¡que daba justo sobre el lavavajillas!), etc. Seguramente las diferencias de calidad de vida entre los compañeros del colegio eran variadas y yo no era el único pobretón de todos. Y habría muchos en posiciones aún muchísimo más acomodadas que Chirola (y algunos de realidad más modesta que la mía). Pero para mí su caso, tal vez porque era la intimidad hogareña que más conocía, era la medida: siendo yo hijo de un taxista (es lo que hacía en ese momento mi viejo) me sentía un poco en off-side entre todo eso (es decir entre la media de ese colegio partiendo de la medida Chirola). Porque adentro del aula éramos todos iguales, los uniformes nos hacían notar que estábamos ahí todos más o menos para lo mismo (lo inconducente como vital denominador común). Pero fuera del colegio estaba el peligro (real o imaginario, qué importa ya) de que las diferencias afloraran; y en ese momento, cuando uno sabía aún menos que hoy de cómo son las cosas en la vida, y de todas las marchas y contramarchas que la suerte de uno puede dar, en una mente no demasiado segura, ese temor podía representar una amenaza. ¿Amenaza de qué? No sé, tal vez de una subrepticia pérdida de la comunión entre amigos de colegio, de un desajuste en la sintonización de supuestas afinidades… Miedo a la no aceptación completa, social o afectiva. Recuerdo con bastante pena y poca vergüenza (ya que de hacerlo vergonzosamente estaría revalidando el sentimiento de aquél momento) que, cuando mi viejo me llevaba en el auto hasta el colegio, yo sufría las últimas cuadras rezando porque ninguno de mis compañeros de clase me viera bajar del asiento delantero del taxi Peugot 404 de mi viejo. Cuando subía por Juramento para doblar a la izquierda por Migueletes, me tensionaba inevitablemente y mis ojos rastreaban las veredas de ambas manos en busca de cuerpos uniformados con destino a la puerta del colegio. Emprendía el descenso del vehículo a toda velocidad (descendiendo justo como ahora durante los últimos tiempos, quién lo hubiese dicho, reinvención permanente del mismo tic…) en el intento de evitar ser visto en el proceso. Qué poco entiende uno siempre… Porque ya no caigo más en el error de creer que se va aprendiendo y que esas tonterías que alguna vez hacíamos o pensábamos ya nos son ajenas: esa desesperación por no ser visto bajando del taxi de mi padre hoy seguramente tomó otra forma y sigo errando el camino pero en diferentes formas y con circunstancias cambiadas. Daría mi vida (las partes gratificantes, ciertamente) por volver a subir a ese 404 con la calefacción al máximo una gélida mañana del Buenos Aires invernal para emprender el silencioso viaje hacia el Instituto San Román... Salíamos de Manuel Ugarte y Naón. Doblábamos en Washington hacia la izquierda y tomábamos por Congreso derecho. Era la ruta favorita de mi viejo: si agarrábamos los semáforos bien sincronizados llegábamos a Libertador en un pedo y de ahí ya faltaba poco. Era extraño, pero mi viejo no prendía la radio del auto. Al menos no mientras me llevaba a mí. Él vivía con la radio encendida toda la noche, pero no la escuchábamos durante el viaje hacia el colegio. Todo era silencio, más allá del ronroneo extra del motor diesel. Es que existía un ritual que se erigió a partir de ese silencio previo: una vez que cruzábamos Cabildo yendo por Congreso las expectativas crecían y el mutismo se hacía más profundo aún… Así, yendo por Av. Congreso, cruzamos sucesivamente Cabildo, Vuelta de Obligado, Cuba, Arcos… Sobre la esquina de O’higgins, cruzando la calle y sobre mano derecha, metros antes de la barrera del ferrocarril Mitre ramal Tigre, había una carnicería y granja. Pasábamos siempre a la misma hora, entre las siete y las siete y cinco de la mañana. Su dueño siempre estaba o bien baldeando la vereda o colocando los carteles donde anunciaba cortes y precios… Era un tipo gordito, bastante retacón y de rostro Troileano… Cuando estábamos a veinte metros del lugar invariablemente mi viejo rompía el silencio a los gritos mientras sacudía mi hombro y señalaba con la mano hacia el negocio: “¡Don Lechón, ahí está Don Lechón! ¡Chau Don Lechón!” Las cuadras que faltaban hasta llegar a Libertador después de cruzar las vías se llenaban de risas (o, a veces, si yo estaba con bronca por algo, las risas de mi viejo se mezclaban con los chasquidos orales que expresaban fastidio de mi parte) y de comentarios acerca de lo fabuloso que era Don Lechón, de la grandeza de su personaje, de su existencia y de su razón de ser: como un héroe mitológico mitad humano mitad cerdo que tenía una granja que atendía todas las mañanas de la vida entre las 7 y las 7 y cinco únicamente, la Granja “Don Lechón”. Sí, así se llamaba el comercio.
La coda del viaje transcurría en el deseo de no bajarme nunca más del auto, mitad para evadirme de la responsabilidad de estudiante y quedarme en la seguridad del calor de ese auto con la compañía de mi viejo (sentía que nada me hubiese gustado más que ser invisible y viajar en el asiento del acompañante toda la mañana, vivenciando como un fantasma todos sus viajes y todas sus voces, escuchando los comentarios que les haría a los eventuales pasajeros contrastando luego con cómo se los contaría a mi vieja durante el almuerzo o la cena, juntando datos que indefectiblemente y sin que yo lo supiera en ese momento estarían cimentando la profunda admiración y amor que le profeso a mi viejo ahora... Siempre tan imbécil y fuera de tiempo yo…), mitad por el ya mencionado temor a ser visto bajando del taxi…
Así sentía, entonces, el contraste que configuraba el silencioso temor a no ser aceptado o apreciado por los orígenes y realidades diferentes. O a pasar vergüenza vaya a saber por qué… Todo un despropósito... Pero en lo de Chirola eso no ocurría y las reuniones eran el puro goce de la repetición infinita, como un 4,33 periódico con amigos…
Chirola siempre quería poner el de Ultravox o el de Duran Duran; yo el de Duran Duran o el de Adam & The Ants; Mugre y Fabián “Back in Black” de AC/DC, que era otro de los discos siempre presentes. Por lo general arrancábamos por este último, que en realidad nos gustaba a todos por igual. De paso dejábamos conforme al hicha-pelotas de Mugre y así nos ahorrábamos los comentarios sobre la escucha de nuestros “discos para putos”. Todo era muy divertido, con la gracia de lo inenarrable, con la simpleza y la aparente libertad del momento del encuentro de amigos de colegio fuera del recinto estudiantil: reino que funciona en un espacio símil limbo donde las responsabilidades educativas estaban suspendidas por un fin de semana y las latentes de la vida adulta quedaban simbolizadas en la idea de que el imponente y teutón equipo de audio Grundig era propiedad del papá de Chirola, un tipo que, para tener ese aparato, pagaba el precio estipulado haciéndose cargo de las responsabilidades de construir una familia y sustentarla en el tiempo (y por ahí aparecíamos nosotros: su hijo mayor y los compañeros del colegio). Al equipo había que ponerlo bajito, había que mirarlo con suavidad y tenía que manejarlo Chirola, pero ese escucharlo mientras hacíamos los campeonatos de pool era como espiar desde un agujerito desde fuera de la realidad a alguna mina tremenda (por ejemplo La Potra, la profesora de Matemática) y hacerse una buena paja: cero costo y consecuencia en el amplio sentido, y todo satisfacción garantizada.
Chirola reeditó el camino paterno y fue un cultor idóneo del mandato familiar: tiene una réplica perfecta de la familia de donde viene. Yo, con las mismas herramientas que el entrañable amigo, me dejé distraer por el viento de la duda y por el vuelo en piruetas de los fantasmas que, si uno sabe mirar bien entre líneas, el céfiro va impulsando sin cesar. Es que tal vez me decidí, sin saberlo, a permanecer para siempre en el asiento del acompañante, convirtiéndome en testigo invisible e insospechado de las travesías de mi viejo que no para de yirar en mi cabeza buscando otro pasajero que le dé un poco más de cuerda a su don de narrador de pequeñas anécdotas cotidianas. Seguramente algo me va a bajar a patadas de la cálida y mullida butaca dejándome en el frío de algún dato perturbador de la realidad, eventualmente. Mientras tanto dejo que el murmullo de la radio (que mi viejo enciende cada vez que hago como que me bajo en la puerta del colegio) me arrulle un ratito más.

viernes, 6 de febrero de 2009

AN AUDIENCE WITH THE MIND



“La soledad no es más que un niño enfermo…” le dijo El General a Tomasito, a modo de consuelo o de caricia reparadora. La santísima trinidad del miedo: enfermedad, soledad, muerte. En un niño esos jinetes hacen estragos, marcan a fuego, empañan la mirada para siempre. Si ese niño sigue vivo en su fantasía y recorre su vida encapsulado él (y encapsulada la vida) en un cráneo que sólo sabe de ecos de madres que llaman a la hora de la leche, los fantasmas siempre andarán rondando: la realidad y la fantasía son inseparables y el alimento del espectro es invariablemente nutritivo sin importar el origen del cargamento. Tomasito habla con su doppleganger de 32 años en un encuentro Borgeano (sin tener idea de quién es Borges, ni a los ocho ni a los treinta y dos). Ni Tomasito ni Tomás encuentran la puerta de salida que conduce al alivio.
Ayer pasó Ezequiel y cuando vi que entraba pensé: “qué cagada, no tengo ánimo ni para dialogar”. Pero el amigo visitante logró que hablara. Tal vez fueran los café con leche que él comprara en el Martínez de las Galerías que evocaban el llamado de mi vieja (de mi vieja de 37 que en ese mismo momento estaría hablando con mi madre de 70), el automatismo de la conversación en marcha, o los discos de House of Love que Ezequiel quiso escuchar. Sobre todo el de la mariposa: le dije que ese era mejor que el compilado de las grabaciones anteriores para Creation Records. Sin dudas que es mejor. Lo dejamos correr entero casi, mientras yo, sin darme cuenta, contenía las lágrimas y desdibujaba tenues sonrisas que el aire jugaba a tratar de retrazar una y otra vez. En los sonidos de Shine On y Never volvía la foto de tapa del mini LP homónimo de The House of Love, el de origen alemán que fuera lo primero que escuché una y otra vez en la piecita del fondo de lo de la abuela Aída allá por los finales de la década del ochenta. Qué curioso, cada vez que te ponés a hablar con alguien que “andaba en la música” y tiene la edad suficiente, jamás te evocan el color de una canción o el fantasma de una foto de tapa de algún elepé. O el olor del café con leche. Siempre caen en los estúpidos clichés del “rock and roll”. Creo que no entienden nada. Siempre pienso lo mismo. Cuánta estupidez.
En Beatles and The Stones le digo a Ezequiel de lo maravilloso de esa canción, le cuento que fue single. Un fragmento resume toda su melancólica belleza: “The Beatles and The Stones made it good to be alone, be alone…”
Toda canción del disco es evocativa: Shake and Crawl, Hedonist, Blind… Mientras sigo desdibujando sonrisas el murmullo de las conversaciones entre los Tomases y Tomasitos que se desprenden de la música llena el espacio que va desde la cápsula craneana hasta el fondo de los ojos: me la aguanto.
Luego vino Flor (no: no la del poster de The Cure) a quien no veía desde hacía muchísimos años, desde el very beginning de los theatre years. En el abrazo sentía risas más tenues y más estridentes según qué Tomasito y qué Tomás las estuviera ejecutando. Me olvido un poco de hoy y me acuerdo de todo-tiempo en un borbotón de confusión memoriosa: recuerdos licuados en el punto justo.
Ezequiel se compró los dos discos de The House of Love. Flor y su novio se fueron más tarde y nos prometimos encuentros y cosas.
Terminé el día cenando con mi vieja y quedándome a dormir ahí en La Paternal, en la pieza que mandé a construir alguna vez arriba del comedor (la hizo Flaquito, el hermano de Mónica, que siempre me decía: “te va a quedar cocoliche”), justo enfrente de la vieja pieza que alguna vez ocupara, húmeda en el recuerdo de días mohosos: huesos cuarteados y piel vociferando la falta de corticoides en grietas de desértica violencia. En esa pieza donde me quedaba anoche ya no están mis discos, la tarima donde iba el equipo y la tele está llena de ropa de mi hermano Martín o de cosas que alguna vez hice para abandonar en el retrete del tiempo que neutraliza toda prioridad que alguna vez haya sido. La cama es la que compré para el departamento de enfrente de lo de Irina (mid-thatreyears-age). El viento golpeteaba la puerta de chapa de la terraza tal cual lo hacía cuando dormía en la pieza más viejita, la de la humedad, esperando a la mañana para ir a la escuela. El sueño me llevó a los tumbos y sin mucha convicción. Yo me pregunto qué cosa es hoy, ahora. Juro que no entiendo nada y me declaro incapacitado en el más absoluto de los silencios interiores y en el más amplio de los sentidos: Para todo.

martes, 27 de enero de 2009

¡FEELING SLEAZY MI GENERAL!


Uno jamás decide nada. Uno soy yo: vos leyendo esto. Las personas van andando por esta vida convencidas, en mayor o menor grado, de que toman decisiones: creen que les gusta esto pero no lo otro. Todo es falso, nada está erigido con solvencia, todo es accidental y deberíamos admitir que el azar es el hilo conductor de nuestras sucesivas conductas, aunque nos resistamos desde la razón. Vayamos a un tema que culturalmente molesta (y con el cual no se jode: justamente… ¡Qué estupidez!): las conductas sexuales. Algunos las alzan como bandera, otros alardean de las mismas dejando en claro lo que nunca harían, marcando los límites. Gracias a la intoxicación cultural creemos que somos heterosexuales, homosexuales o lo que sea que el término en uso indique. Es decir que un instinto básico y elemental, un reflejo físico que nada tiene que ver con la razón ni con la decisión ni con el pensamiento, se ve acorralado por los usos y costumbres sociales a tal punto que, la gran mayoría (me animaría a decir que todos), lo queramos o no, coincidamos o no conceptualmente, nos vemos imposibilitados de desarmar la madeja. Yo digo: soy heterosexual, nunca tuve relaciones con alguien de mi mismo sexo. Lo último un hecho de la realidad. Lo primero una estupidez, como todo lo que se dice. ¿Alguien piensa que es libre de elegir su “sexualidad”? ¿Alguien verdaderamente piensa que es libre para algo? Si dejásemos justamente operar al azar en el campo de lo sexual (territorio tan arcaico, pagano y meramente fisiológico por definición) la cosa tal vez le rondaría más cerca a lo auténtico. Pelotudeces que pienso en voz alta y digo en voz baja. Perdón por leer.
Durante el día del segundo show de The Cure en el Birmingham NEC John y Sharon dedicaron un rato a tratar de reservarme por teléfono alojamiento en Edinburgh, siguiente parada del Wish Tour. Allí la banda oriunda de Crawley daría dos conciertos en el Edinburgh Playhouse, un viejo y pequeño teatro de variedades que construyera un arquitecto de Glasgow llamado John Fairweather (qué ironía siendo escocés) tomando al Roxy Theatre de New York como modelo.
Con las páginas amarillas sobre su falda, Sharon no paraba de tirar nombres y marcar números: algunos lugares resultaban muy caros, otros no tenían disponibilidad, aquellos que quedaban muy lejos del venue, etc. Hasta que finalmente da con uno que reúne las condiciones y tiene lugar por dos noches. Es que se trataba del viernes 20 y el sábado 21 de Noviembre: parece que el fin de semana se llenaba de gente la vieja ciudad escocesa.
Así es que me fui al día siguiente de la ciudad de Birmingham, después del mediodía, cuando ya despuntaba la tarde en busca de la hora del té. Partí en tren, vía un Ford chiquito pero bastante nuevo. Durante el viaje fue invadiéndome de a poco la adrenalina de la inseguridad: ya no estaba amparado en el buen trato y afecto de John y Sharon, ni en el cuidado que ellos me dispensaban. Lo único que me quedaba de todo eso era una magra e insuficiente representación de un papel con los datos del Guest House reservado, el Café Royal.
Así es como el Chucu-Chucu-Chucu no dejaba de andar y el traqueteo metálico me llevaba cada vez más rápido cada vez más lejos de cualquier certeza; el día coloreaba de gris y cerraba en una noche de venas abiertas sangrantes en lluvia y rocío. Las ventanas del tren frente a los ojos hacen del continuo de garúa una ficción creíble: al cuerpo seco arrugado el ánimo.
Una confortable angustia subyace: la inquietud de un lugar nuevo, de otro aire que necesita traducción antes de que los pulmones lo desparramen en función vital, la eterna vergüenza de ser un extraño, la apócrifa liberación del falso anonimato (en mi cabeza nos conocemos todos). Llegar a la estación Edinburgh Rail imprime algo de calma en la obligación de mover el cuerpo y ocupar la mente en acción exterior: “Could you please tell me how to get to West Register Road, I’m going to the Café Royal”: cuesta, cómo cuesta mascullar eso al bajar del tren una noche cerrada (sí, a las cuatro de la tarde) y húmeda en un lugar lejano en el más amplio de los sentidos. Y a repetir la frase otra vez porque la pronunciación no es la correcta, o repetírsela a otro interlocutor porque el anterior no sabía, o nos indicó a una velocidad supersónica en un acento indescifrable: “parecen alemanes, ¿no estarán hablándome en alemán?” fue mi impresión ante los primeros diálogos que protagonicé.
No estaba lejos el reservado hospedaje: menos de una milla sobre un bus se atraviesan rápidamente; preferí no caminar el trayecto ya que sabía que tenía que subir tres pisos por escalera para llegar a la posada prometida: quedaba en las partes altas de un viejísimo pub escocés. Al llegar a la esquina indicada, todo estaba muy vidrioso, tan brilloso en el asfalto mojado: llanto de lluvia y luces de neón; busco la entrada que está en una de las calles laterales. La escalera es empinada y marcadamente caracolada. Como siempre todo está alfombrado y empapelado; el aire es cálido, de la calidez que llama al ánimo licencioso.
Mi bolso con rueditas no es todavía tan pesado pero lo arrastro con mi mano derecha mientras me empujo hacia arriba con la izquierda que se desliza por la vieja baranda de madera. “¿Estará bien tres pisos por escalera, Germán?”, me preguntaba Sharon cuando tenía en línea a la gente del Café Royal. Yo asentí sabiendo en silencio el secreto que, junto a desmesuradas dosis de inconciencia, pasión y desesperación (¿no será dable llamar a eso amor?), me permitía embarcarme en la aventura hacia lo desconocido, ese intento recurrente de éxodo de mí mismo a partir de la idea de los discos y de los recitales. La inyección secreta que me insuflaba movimiento (mínimo hasta lo imperceptible en mi cuerpo, digno de Baryshnikov en mi mente), ese pinchazo (o ese par de pinchazos) que me daba en la farmacia de la esquina, en Morlote y Paz Soldán, mi propia versión de Waiting for the Man (Fighting The Rheuma)…
El secreto corticoide muestra su alquímico poder justo a tiempo, unas semanas después de ingresar en modo intramuscular, apartando la artropatía del pensamiento para dar paso a los recitales y a los pasos que, peldaño a peldaño, me ponen ahora frente al
mostrador de recepción del Café Royal. La cordialidad en la bienvenida contrasta sobremanera con el inhóspito clima que arreciaba en las calles, es casi una toalla mullida que de estar colgada frente a la estufa pasa a nuestro cuerpo mojado y frío que
fuera rescatado de la intemperie más cruda. “You seem tired, let me take you to the room and we will do the check-in later”, fue el cordial ofrecimiento del tipo que me estaba recibiendo. En eso, mientras busca algo bajo el mostrador, entra a escena con movimientos extravagantes un tipo muy alto y delgado, con un atuendo más que llamativo. Con exagerada afectación física y tono de voz feminoide saluda con dos besos al otro tipo que le dice: “He is the one coming from Agentina, Germán” a lo cual el escuálido esperpéntico me mira con descarada profundidad mientras me sonríe y me espeta un “Hello darling” fileteado. Da la vuelta al mostrador y, tomándome un brazo con ambas manos me ofrece llevar mi bolso. “I was helping him to the room”, dijo el otro, “I will: which one is his?”, superpone el uno. Creo que el otro le dijo algo así como “Top left”, al menos eso pareció entenderse. Todo esto sucedía muy rápidamente, con la velocidad de un rayo, en secuencia de realidad. Mi nuevo amigo toma suave y lentamente el bolso de entre mis manos: “Come with me, sweety”. Todo era muy extraño, pensaba yo sin pensar, mientras mis soldados culturales se ponían en fila preparando una barricada de defensa.
Mientras cruzamos el pasillo hacia quién sabe dónde, subrepticiamente salen de una de las puertas dos tipos riendo estrepitosamente, contoneando sus corpulencias sin dejar de estar abrazados. La neurona central esbozó sus primeras dos palabras desde que había llegado al lugar: “son todos putos”, le alcancé a oír. La adrenalina típica de los viajes y del verse inmerso en una situación nueva y por tanto desconocida, había cambiado de tonalidad y no voy a decir que se había puesto rosa porque sería una adjetivación demasiado idiota: todo se había vuelto subrepticiamente sleazy and seedy. Era como una clase práctica de inglés: en el colegio alguna mínima herramienta (las primeras), luego el cuerpo del estudio en los discos: en la escucha y en la lectura de las letras y los créditos; luego vendrían los viajes y, finalmente, el aprendizaje supremo: vivir las situaciones donde alguna que otra palabra leída en papel o escuchada desde el sonido de algún disco encajan perfectamente. “Sleazy city, seedy films”. This is it. Era un descubrimiento maravilloso y por tanto agradable. Pero de esta revelación idiomática iba de la mano el susto de origen cultural, el instintivo apriete de cantos.
No conforme con todo esto y para sumar una tercera pata al malambo que se desataba en mi cerebro, al final del pasillo emprendemos una subida de escaleras más: sí, luego del tercer piso había uno más allá, el que conducía a esos altillos que están casi en la punta de los techos, justo ahí donde se asoma alguna pequeña ventana, como una segunda hilera de ojos en el borde superior del techo de tejas negras. Me había tocado el palomar…
Al acercarnos a la puerta noto dos cosas: la pequeña dimensión de la misma y la ausencia de cerradura. Para que se vaya entendiendo mejor, acá va algo en español: como leyendo mi mente mi amigo el alto me dijo que “esta habitación no tiene cerradura, pero en todo el hotel no usamos llaves, aún en las puertas que sí tienen, ALL IS VERY FRIENDLY HERE, YOU DON’T HAVE TO WORRY”. Yo escuché bien esa frase, y me la dijo así en mayúsculas. Y lo pongo en inglés porque dibuja mejor la situación. A esta altura ya estábamos dentro de mi liliputense dormitorio (mi cabeza rozaba el techo y mi amigo se había encorvado para entrar): me sonríe apoyando mi bolso al pie de la cama: “pedime cualquier cosa que necesites y sentite libre de hacer lo que gustes, por favor; espero que te diviertas mucho en tu estadía”. Nada de malo sino todo lo contrario. Pero los soldados ya estaban amotinados y habían hecho una revuelta en mi bocho: “¡emprenda retirada porque acá se lo clavan, conscripto!” Sentía voces, ruidos y murmullos lejanos (tan lejanos como de alguna habitación cercana), con la calidez de las voces que llegan de la habitación contigua durante la contenedora siesta infantil. “Breathing so heavy next to my neighbour”.
Pongámoslo así: acá, cuando una de esas revueltas ridículas de finales de los ochenta, nos perdimos de ver a New Order en un buen momento (mejor al menos que cuando nos tocó sufrirlos hace un par de años). Ahora, en el Café Royal de Edimburgo, mis miliquitos se habían amotinado y estaban en medio del operativo: “no permitamos que Germán corra el riesgo de vivir su noche Soft Cell, camaradas”. Sí, porque así como acababa de comprobar en toda su dimensión los significados de las palabras seedy y sleazy, estaba por redimensionar todas mis escuchas pasadas, presentes y futuras de Soft Cell y Marc Almond, tal vez mi artista favorito de todos los tiempos. Estaba en riesgo de un acercamiento más real a la experiencia Almond (como en una re-make de la situación del desayuno beatle en Wolverhampton). Pero los soldaditos del plomo que escribe estaban corriendo por toda la barraca, cargando las armas, gritando órdenes ridículas y advirtiéndome de peligros imaginarios: “¡es un enjambre de putos, acá te rompen el culo en medio de la noche!”
Al retirarse mi nuevo amigo el flaco y alto, mi cobardía me hizo buscar velozmente una excusa un tanto menos vergonzante que la real para emprender la retirada. A ver… La cama era un catre con un delgado colchón, no había lugar ni para desperezarse, me podían afanar porque no había cerraduras… Todo esto era cierto, pero poco hubiera importado en otra circunstancia y sin la tropa en estado de rebelión. Qué carajo importaban las dimensiones de la piecita si a mí siempre me gustó dormir pegado a la pared y ahí tenía la cama contra la pared y el techo al mismo tiempo… Me senté en la cama y traté de silenciar las voces, pero un vigilante idiota insistió: “¡váyase de este antro de vicio y perdición, recluta! ¡Un dos, un dos, un dos...!”
Sí, ya había tomado el bolso entre mis manos emprendiendo el descenso. De tanto que me aturdió la tropa no me importó el riesgo de pasar vergüenza si me cruzaba con alguno de mis ya ex amigos: ¿qué les diría acerca de mi retirada que no fuera más abochornante que la verdad? Porque no iba a tener los huevos de decirles: “mirá, esto es un antro de putos y tengo miedo de que me empomen al menor descuido, es todo tan raro acá…” Me sentía un idiota por estar yéndome obedeciendo un mandato tan ridículo como el de lo cultural filtrado en el ADN. Pero me estaba yendo, en busca de otro lugar en el medio de la oscuridad y humedad de la calle, inmerso en la temprana y larga noche de la gótica ciudad de Edimburgo.
No había nadie en el mostrador de recepción cuando cruzaba la zona por lo que emprendí el segundo descenso con renovado apuro de taquicardia. Pero en medio de la escalera me cruzo con mi ex amigo el petiso que, viéndome bajar, me dice: “Boy, where are you going?, you should be laying in bed at this very moment!” Yo, confuso como siempre, mascullé en un inglés especialmente inentendible: “Me olvidé que tenía que encontrarme con un amigo…”, percatándome en ese mismo momento que estaba bajando con todo mi equipaje cosa que exponía demasiado mi burda y estúpida mentira. Sobre la marcha trato de aclarar lo que ya era noche cerrada: “…I have to give him some stuff I brought with me…”

“Let’s get acquainted
Getting to know you
Feeling sleazy
In sleepy sin city”


Desaparecí muy rápidamente, abochornado pero con el ejército en silencio, retomando éste su absurda vigilancia desde las sombras, desde donde nos mentimos que no existe tal milicia. Una vez más el ejército aliado había vencido sobre el diabólico e imaginario enemigo, una vez más los “nuestros” se habían antepuesto a la liviandad de un acontecimiento fisiológico más, decretando que el disparador de lo biológico sólo puede tener un origen social y de género. Todo en nombre del espejismo de la libertad.

(continuará)

viernes, 23 de enero de 2009

NORTH COUNTRY BOY


Cuando no existía el basurero internet uno debía ingeniárselas en serio para dar, en un continuo de estupenda laboriosidad, con los lugares donde se conseguían discos. Y, una vez allí, todavía faltaba practicar un par de cabriolas más para efectuar el pago y esperar a por el divino envío. Hoy en día, aún mediando este tumor malignísimo en el interés genuino de cualquier mortal (léase la internet y la reputísima madre que te parió), la mayoría no se las arregla solito: está lleno de gente que, una vez que nos vamos (o mientras, aún estando, nos distraemos en un momento de debilidad de carácter), revuelve nuestra basura en busca de algún despojo o descuido de donde hurtar un dato. Pero en aquellos días todo era más claro: cartoneros de este tipo aún no se habían inventado y era más fácil separar la paja del trigo. Es decir: había algo de trigo.
El último tercio de cada número de la maravillosa revista británica Record Collector estaba ocupado por lo que se llamaba “listings”. Allí, una serie de dedicados comerciantes del disco publicaba su stock (o parte del mismo) ofreciendo su envío a interesados de todas partes del mundo. Por lo general el párrafo inicial era destinado a la exposición de las condiciones de pago, del cargo por correo a los diferentes continentes y otras generalidades. Luego venía la lista sí misma: nombre de artista y título, formato, condición y precio del artículo. Los que seguíamos la revista a sol y sombra para comprar discos a troche y moche ya teníamos distinguidos a los diferentes dealers. Cada uno tenía una especialidad y un perfil determinados. No puedo explicar la excitación que despertaba en mí la RC llegando a mi casa cada mes en su sobre de papel madera con una etiqueta blanca donde se encontraban mecanografiados mis datos. Sólo comparable a cuando iba para el campito junto a la estación de Coghlan para jugar un picado: la taquicardia arremetía contra las piernas locas que comenzaban a apurar el paso para llegar un segundo antes al potrero y dar el primer shot al arco vacío celebrando así el ritual del coito en gajos de cuero… Bueno, cuando abría el sobre marrón donde venía la Record Collector sentía exactamente lo mismo. No sabía por dónde arrancar, por qué dealer empezar a revisar… O si mandarme directo a alguna de las notas que llenaban los dos primeros tercios de la revista. ¿Puede haber mejor sensación que tener el último número de la RC, servirse un vaso de Coca Cola con un pebete de jamón y queso, sentarse al mejor sector de la mesa sobre la silla más cómoda con un lápiz en mano, tan sólo para empezar a hacer pequeñas marquitas a la izquierda de cada línea de interés? I don’t think so…
Un día, revisando una y otra vez los benditos listings, encargué unos simples limitados de The Cure que me faltaban. Se los pedí a John. Es así que comenzó nuestra corresponsalía, nuestros intercambios en un muy amplio sentido. Y hoy estaba yo in situ, andando los mismos caminos que atravesaba la camionetita del Royal Mail para entregarle mis misivas a Mr. Eastwood. Hoy iba yo mismo en el Ford chiquito pero bastante nuevo, con Sharon al volante y John del lado del acompañante. Desde atrás, viajando justo en el centro del asiento, sentía reminiscencias de mis viajes en el Peugeot 504 del tío Toto, cuando nos llevaba junto a mi hermano Marcelo y mi prima Gabi a la fonda “Qui si mangia bene”. En el auto de mi pariente militar me encantaba viajar encima del apoyabrazos que en los 504’s se bajaban desde el centro del respaldo del asiento trasero (estaban empotrados allí cuando no se desplegaban). Sentado ahí me sentía alto e importante, casi como si pudiese caminar. Ilusiones de mi infancia…
Retomando, con Sharon y John me sentía como un gigante alguna vez exiliado pero finalmente devuelto a su tierra de sueños, de subidas y bajadas, curvas y contracurvas de paisajes de un verdor inefable: ¡lo que sería ese mismo paseo en medio del verano! Por suerte era un día sorprendentemente despejado y con un sol que suavizaba cualquier borde del pensamiento, por más filoso que fuere. Por supuesto que íbamos escuchando a The Cure: era una cinta que tenía, de un lado, el álbum Wish completo y, del otro, todos los lados B de los singles correspondientes al disco, incluidas las versiones extendidas de las caras A. Tremendo, estoy andando en este mismo momento, oyendo, mirando, latiendo. La favorita de Sharon es Halo, la de John A Foolish Arrangement. Es que estábamos hablando de lo extraordinariamente buenos que eran todos los lados B de cada single extraído de Wish. Ni bien John me nombra a su favorita (cuando la canción comienza a sonar) yo le retruco: “ya sé por qué, es por la línea de bajo, te lleva a Sisters of Mercy, te gusta por eso”. Se empezó a cagar de risa. Me dijo que era la mejor línea de bajo que había escrito Simon Gallup. Yo no lo volví a retrucar luego de esta explicación, no soy inglés pero tengo mis modales.
Viajamos unos cuarenta minutos por ruta a una velocidad más que considerable, así que calculo que habremos recorrido por lo menos unos cuarenta kilómetros. En un momento, al tiempo de comenzar un descenso, se avista una hermosa casa allá a lo lejos, en el tope de una nueva colina. “Up there, look: I was born there, that’s me house.” Sentí una enorme envidia y una alegría intransferibles: en el acto cruzó mi mente que yo pude haber sido él, que yo pude haber nacido en ese paisaje y mascullado el silencio de su misma lengua madre. Estábamos yendo a lo de la mamá de John (que es una inglesa: ¡lo único que le falta a mi vieja!). John había nacido en una hermosa casa junto a un enorme pub y posada en el medio de las midlands inglesas, y allí íbamos a almorzar y a pasar el día hasta que se hiciera la hora del primero de los shows de The Cure en el Birmingham NEC. John, hijo único de los dueños del pub de la campiña.
Mary, su madre, era una inglesa de una jovialidad, fortaleza y bonhomía perdurables. Alegre de carácter, nos recibió con aspavientos y atenciones desmesurados. Mientras Sharon se iba con Mary nos servimos un par de generosas pintas de cerveza tras lo cual nos dirigimos al impresionante parque trasero del establecimiento: allí nos sentamos a una de esas mesas típicas de pub inglés que son de una sola pieza, la mesa y las banquetas, completamente hecha con listones de madera opaca. El terreno era irregular y las subidas y bajadas lo hacían irresistible: uno no quería más que tirarse al suelo para rodar y sólo detenerse para dar un nuevo sorbo al vaso. Desde la mesa mi amigo inglés me mostraba cosas en distintas direcciones y yo miraba a la distancia adivinando con la pequeñez de lo lejano cada una de las historias de vida que me iba narrando. Había nacido en la habitación de arriba de la casa, la de la ventana central, lugar que en su niñez avanzada se había convertido en habitación propia, donde había escuchado sus primeros discos propios y tramado su primer banda, espacio donde, un tanto más adelante allá por el año 1981, ensayaba con el grupo con el que salió a tocar por ahí una temporada: The Soft Cell Bastards. Vaya coincidencia, the world is a handkerchief! No podía creer cuando, al día siguiente, me mostraba un video que conservaba de una de las presentaciones en vivo: John delgado y con todos sus dientes (al menos los frontales) haciendo un synth-pop-rock mezcla perfecta de Soft Cell y Magazine. Era evidente que la vida típicamente inglesa ligada a los discos y a las bandas de rock le había pasado factura al pobre de John, quien seguía sufriendo los coletazos de un par de vicios que se le habían hecho perennes. Pero él insistía en sonreír con todos los espacios que alguna vez fueran ocupados por sus denticiones y te hacía sentir en casa.
Comimos como bulldogs: unos bifes impresionantes con papas fritas y huevos fritos y arvejas y más cervezas, y cebollas fritas y más cerveza. “You will taste the best beef in the country”, amenazó John en el camino. Y tenía razón, vaya si la tenía…
Luego, allí dode el afternoon se confunde con el evening, comenzamos a desandar el camino de la mañana, hilvanando el que había de emprenderse hacia el National Exhibition Center, cita de los dos primeros recitales de la gira Wish de The Cure.
El concierto fue fantástico (The Cure tuvo entonces el mejor momento en vivo de toda su historia, no me vengan con las frases hechas sobre el Prayer Tour y todas esas giladas que todo el mundo repite como loro) en un sitio muy parecido al G-mex de Manchester: un gigantesco galpón de exposiciones con estructura sólida y de primer mundo, un arena donde hay que meter mucha gente para hacer un sold out gig.
Cuando el recital había terminado, permanecimos en nuestros asientos esperando a que se vaciara el recinto. Cuando quedábamos pocos, John no pudo con su genio fetichista y, como rápidamente me di cuenta, quiso aprovechar la rareza de un pibe que había viajado desde Argentina únicamente para seguir la gira de The Cure (recuerden: año 1992, ahora cualquiera con nada se hace el vivo y el loquito…) y se arrimó al costado del escenario a explicarle eso a alguno, viendo si podíamos así ingresar al backstage. Me horroricé cuando me percaté de todo el asunto y le dije a John que no hiciera nada, que estaba bien así y que nos fuéramos. Él insistía: no quería perder la oportunidad. Le decían sistemáticamente que no podían hacer nada, y él tiró su último naipe: “at least a signed Picture”, alcancé oírle decir. El corpulento roadie desapareció para regresar en menos de dos minutos: le entregó a John una promotional picture autografiada por cuatro de los cinco integrantes de la banda (más adelante, con acceso a una intimidad más reveladora, me enteraría y comprobaría que Simon Gallup , muy especialmente si se trata de shows dentro de Inglaterra, se retira -o a veces, ante la imposibilidad de salir, se recluye- inmediatamente después de terminado cada show: de todas maneras el peludo bajista no había sido parte de los dos shows de Birmingham en ocasión del Wish Tour ya que estaba enfermo habiendo sido reemplazado por Roberto Soave, bajista de The Associates, Shelleyan Orphan y Presence, todas bandas relacionadas de un modo u otro con The Cure). Todavía conservo la foto: la enmarqué y siempre estuvo colgada en el vértice de uno de mis muebles de discos.
Confieso que durante el viaje de retorno sentí un poco de pena, pena por el intento fallido de John por conseguir un momento de gloria compartiendo un backstage con sus ídolos (luego me confesaría que sólo lo había visto a Robert una vez, durante el Kissing Tour, oportunidad que había aprovechado para hacerse firmar unos cuantos ítems), intento que, y yo lo comprendía como nadie, era de ambición personal, puro egoísmo de coleccionista. Sentí pena porque él se lo merecía, es más: porque le correspondía. John estuvo en cada uno de los tours de The Cure desde el año 1979, en el recital más cercano a su domicilio de cada una de las giras. Conservó todo, tickets, flyers, merchandising comprado, programas de conciertos, etc. Se lo merecía con creces, le correspondía. Pero sabemos que lo que corresponde pocas veces sucede, especialmente cuando la estupidez es la moneda de cambio que hace girar al mundo.
Los comentarios sobre el concierto fue la comidilla del viaje de regreso, además de las expectativas para el día siguiente: ¿repetirían el mismo set list, cuántas canciones cambiarían, qué nos gustaría que tocasen?
Cuando llegamos comimos unos sándwiches tras lo cual llegó el momento esperado: el sueño del santuario. Disimulé lo mejor que pude mientras comíamos: ¿se me notaría mucho que estaba pensando todo el tiempo en eso? Siempre supe que los pensamientos, cuando son producto de la pasión y se dibujan con trazos de gruesa intensidad, pueden verse desde fuera. Esta ocasión no tendría por qué ser una excepción… “Are you tired, Germán? Ready to sleep?” me dijo Sharon, mientras enfilaba hacia el templo como enseñándome el camino. John permaneció en el living, como si se estuviera haciendo el tonto mientras me entregaba a su mujer, o tal vez sintiendo odio porque sabía que iba a dormir con ella y ya no podía hacer nada al respecto. Sharon abrió la puerta y me mostró el camastro que había armado sobre el suelo, en el centro exacto de la habitación: un colchón mullido, sábanas blancas, dos almohadas con fundas del mismo color, una frazada y un cobertor verdes. Se agachó y tanteó el improvisado lecho mientras me miraba hacia arriba: “Will you feel comfortable here?” Yo no daba signos de recepción ni de emisión, que vendría a ser la misma cosa. “Germán?”, repetía con una sonrisa tierna y de complicidad. Un diálogo físco, con la contundencia de lo implícito, con la obviedad de los cuerpos. La iluminación era tenue, el silencio profundo, el color tinte de ensueño: apagué la luz para ver las formas con más nitidez. Siete años atrás soñaba en la pieza del fondo de lo de mi abuela con ver a The Cure, tocar en The Cure, con cantar en The Cure; estupendos disparates en la humedad de mi habitación donde las puertas del medio del placard abiertas mostraban la tapa del new voice club mix de Boys Don’t Cry pegada con cinta scotch contra la madera del fondo; el corazón bombeando con la expectación de algún disco encargado por correo, con la esperanza de conseguir otro live tape de alguna gira que no tenía aún bien escuchada. Ahora estaba en la penumbra de un templo ajeno que en cierta forma y de cualquier manera me pertenecía (es por eso que me lo habían entregado esa noche): es que nunca sucede lo que uno sueña sino que justamente ocurre una de las cosas que quedaron sin ser imaginadas atascadas en los intersticios de la obsesión, en los descuidos del deseo. Siete años más tarde no había cantado ni tocado en The Cure pero estaba en un lugar y una situación infinitamente más interesantes: flotaba en los mismísimos intersticios del continuo, vagando en la dimensión de lo no imaginado, en ese plano por el que sólo las mentes más insidiosas, esas que saben de pasiones y de ingenio, suelen transitar.

(continuará)