
Sabido es el pésimo gusto musical que tiene Robert Smith. Y si no es sabido lo informo de primera mano: es un paupérrimo oyente. Ese don (o ese un-don) le jugó a favor en toda su primera y gloriosa etapa: en un principio emuló a los Buzzcocks pero sin demasiada ductilidad musical ni grandes ideas. Se fue haciendo solo el gordito: era flaquito y con cara de bebé de mamá, sin saber lo que quería de su grupo y sin tener una idea definida fue mutando en una melancolía enojoso-frustrosa en Seventeen Seconds para llevarla a una críptica introspección donde se vislumbra el comienzo de su etapa narcótica: el cuasi religioso Faith, templo gris como todo lo que habita la noche. El ácido ingresa y con él la violencia y el limbo moderado: Pronography. O la versión pop de Lydia Lunch, The Birthday Party y The Flowers of Romance. La pelea a golpes de puño con su consorte intra-grupal (recordemos que, en 1979, el bajista original Michael Dempsey tomaba preponderancia en la consideración de la prensa y del público por lo que don Roberto le pegó un shot en el culo en favor de su nuevo amiguito Gallup con quien siempre tuvo una incestuosa relación fraternal), Simon G., dio paso a la disgregación y a los simples solistas (con Lol Tolhurst en su nuevo rol de ñoqui del rock que, como es lógico, con el correr del tiempo terminaría de la peor manera), los del electro-pop. El punto de inflexión creativo del rockero gasallesco fue su incorporación como personal permanente de Siouxsie & The Banshees (hasta entonces sólo había ofrecido sus servicios esporádicamente): se saca de encima la presión de creador único y lleva a su punto culminante su función de guitarrista (una maravilla su laburo de autodidacta en Nocturne, el fabulósico disco en vivo de Chuchi & Debanchi). En tanto compositor se le dispara el genio y, por consiguiente, lo excesivamente prolífico: entre el 82 y el 85 cranea, compone, graba y edita a saber, Pornography, los simples compilados luego en Japanese Whispers, Blue Sunshine (ese psicodélico viaje alla Mannix por el imaginario Beatle con color The Cure que bautizaran The Glove junto a su viejo/nuevo amiguito -otra vez un bajista- Steven Severin: mariquita y maricota), Nocturne, The Top (!!!), Hyaena y The Head on The Door (!!!!). Luego de este genial álbum lo que sucede es la sucesiva exacerbación del propio yo y de la identidad que se fue formando azarosamente: con Kiss Me Kiss Me Kiss Me se produce el romance orgiástico y homolítico que el afianzamiento de la nueva formación de la banda precipitó: En el 83 había regresado Porl Thompson (como favor de cuñado para cubrirle el desconcierto y la orfandad de alineación que se produjo post fist fight con Gallup, favor que se extendió hasta fines del 92 más gauchadas durante el 93 y 95), hacia finales del 84 contrataron a Boris Williams, quien haría cambiar las debilidades de don Roberto: comenzó a preferirlos bateristas y rubios, ya no bajistas. Thompson y Williams eran best friends, Robert y Simon retomaron su fraternal romance y la vida del grupo era comunitaria y relajada (por no decir un relajo de drogas y sexo con lo que venga, sleazy pípol gorosítol). Decía, con este clima se grabó Kiss Me en un castillo francés, encerrados y pasándola bomba bomba. Así hicieron lo que podría ser la transición hacia el Be Here Now de The Cure: Disintegration. Luego viene Wish, donde lo maricón de Kiss Me y lo excesivamente Gloomy de Disintegration dejan lugar a una versión más rudo (dentro del alfabeto Cure), firme y espontánea: Wish. Aquí se produce el pináculo de The Cure como banda de rock: su mejor gira, su mejor formación, su mejor producto global: disco, serie de singles, arte de tapa, giras, etc.; en definitiva el disco menemista de don Roberto: una vez más fabulósico. Lo que quería decir con toda esta perorata digresiva es que, la falta de buen gusto musical y el carácter de pésimo oyente que caracterizan a Roberesmí, forjaron su singularidad a fuerza de su innato talento creativo para armar una linda casita con lo que haya a mano, aún cuando no sean ladrillos. Así hizo una carrera brillante y a la que se le debe el mayor de los respetos y reconsideraciones: hizo discos mucho más interesantes que, por ejemplo, Radiohead (ni hablar de Coldplay).
Ahora bien, luego de la epopeya Wish, esa falta de buen gusto le comenzó a jugar en contra: en combinación con baja de ventas, la masividad de otrora por el piso, desesperación, inconmensurable ego herido, cabeza quemada, repetición de sí mismo, grotesca imagen que se acerca a Gasalla y se aleja de la mínima idea propia, etc. etc.
Aún así produce alguna que otra cosa rescatable, pobreza a la que uno se va acostumbrando y considerando con la mejor de las buenas voluntades porque uno quiere lo que quiere y no importa mucho más. Así pasamos por el no tan malo como se piensa Wild Mood Swings, por el sobrevalorado aunque coherente Bloodflowers, el fallido The Cure y... Y bueno, vuelve Porl Thompson (luego de haberse retirado, como dije, cuando cerraba el 92 para cumplir, unos meses más tarde, el sueño del pibe: ser llamado para tocar con sus ídolos absolutos de la infancia, Page y Plant; nueva digresión: Porl, que sí es un buen oyente quiso, en medio de las sesiones del orgiástico Kiss Me, grabar una canción country -sí, don Roberto cantando una folky alla Neil Young- pero el gordito adicto al lipstick se horrorizó con la idea) y todo se encamina solo: no hay más ñoquis en la formación (goodbye mediocre roadie Perry Bamonte) ni gente demasiado grasa (léase Roger O´donnel). El baterola rubio de turno (desde fines del 95) es Jason Cooper, ex Marc Almond wannabes My Life Story (brillantes), contratado a través de un add en NME; técnicamente superior al metronómico Boris Williams aunque los toscos fans deban acostumbrarse primero a su estilo como para vislumbrar y reconocer sus aptitudes. Gallup sigue ya como marca registrada insustituible de la banda (¿New Order sin Peter Hook, The Cure sin Simon Gallup?) y Robertito mismo retoma, por contagio, su mejor nivel como cantante y guitarrista (en el show del Albert Hall de 2005 ya podía notarse el determinante cambio de semblante del quejoso cantante por el solo hecho de verse bien rodeado nuevamente). Así se disponen a grabar 4:13 Dream, disco que posponen una y otra vez hasta hacer la espera a por él la más larga de la historia de la banda: prácticamente cinco años. Yo no daba dos mangos aún con la reaparición de una mínima idea luego de tanto tiempo: cuatro singles consecutivos previos al disco, editados el día 13 de cada mes, Thompson de nuevo en la gráfica (y no sus hijos, o sea los sobrinos de Mamá Cora, los que dibujaron la tapa del homónimo que produjera ese fantoche que labura para Korn), etc.
Desde hace muchos años pensé que la única posibilidad de cambio para The Cure pasaba por una decisión extra-musical que los forzara a dar un volantazo: debían obligarse, pensaba, a hacer un disco de una duración máxima de 42 minutos (aunque lo ideal fuera 37:22): Basta de aferrarse a las posibilidades del formato CD (desde Kiss Me el gordo se obstinó en llenar todo lo que se pueda la capacidad del plastiquito de mierda, nunca bajó de los sesenta y pico de minutos) manejando así un erróneo concepto del exceso. Exceso de postres es lo que tuvo durante los últimos trece años este Roberesmí.
Bueno, al hilo de nuevo, no sé si alguien oyó mis plegarias pero algo parecido a lo que pensaba/deseaba ocurrió con 4:13 Dream (que hace un año y medio era prometido por la tía Roberta como un doble de ciento cincuenta mil canciones): 52 minutos que para The Cure es como decir 25. Y éste no es el único formato repetido hasta el hartazgo que finalmente rompen: otro gran indicio de mejora sanitaria es la canción final, que dura 4 minutos (y no la típica coda Cureana de 8 minutos reiterándose y derivándose sin fin) y no parece en absoluto a nada que hayan hecho en el pasado (no, ni a Shiver and Shake).
El disco tiene algunos tics derivativos, sí: un par de b-sides de la era 84-85 resuenan aquí y allí, un valsecito con remembranzas de Jupiter Crash (Sirens Song), un High parte dos (The Only One) pero no mucho más. Un ripp-off/guiño a New Order en la intro de The Reasons Why, claro. Pero luego, lo que parece un comienzo ininspirado (The Real Snow White) con "You´ve got what I want..." produce un giro en el puente/estribillo cuando "I made a promise to myself", curva que resulta ser brillante. Y con este ejemplo me quedo para dar una idea de lo que es el disco: a esta altura The Cure no puede ya desprenderse de sus ropas (siempre las medias de Yobertito van a tener el mismo olor a patas) y entonces viene 4:13 dream que, en lo basal, es más de lo mismo (en tono saludable ya que se nota atraviesan un momento con algo de inspiración), en casi todas sus canciones, en la mayoría de sus momentos. Pero sobre ese lienzo felizmente conocido como la palma de mi mano, la bestial y rockera guitarra de Porl, la infinita y perenne habilidad melódica de Smith (como cantante y también en su rol de singularísimo y único guitarrista) dan sutiles y soberbias pinceladas que le cambian la tintura al sueño, a ese sueño que empezó en la pieza del fondo de lo de mi abuela, con unos posters y fotos pedorras más unas cartas de alguna corresponsal inglesa, un centro musical marca Riviera, un acolchado de colores y mucha humedad (la rejilla del techito de la pieza se tapaba con las hojas del gomero convirtiendo de vez en cuando a la guarida en pecera). Yo me dedico a mí mismo The Hungry Ghost, una canción Cure soberbia, con unos maravillosos arreglos de guitarras de Porl (solo hecho con el switch del distortion incluido). Me merecía un disco de The Cure así. No sé si ellos, pero yo sí.