
Durante mi primer viaje a Londres quise ir a ver a Crime and the City Solution. Corría el año noventa sin mucha artritis que digamos y yo estaba en mis primeros días transatlánticos. Siempre fui de aferrarme a una idea de origen desconocido (o alguna vez conocido pero no más) y actuar en consecuencia: en mi cabeza yacía el dato "Crime & the City Solution en Subterranea el jueves" y ni se me ocurrió chequear la información antes de salir. No había comprado una guía de calles A to Z al momento por lo que espié un ejemplar en un cornershop y sólo entonces partí raudo a tomar la combinación de subtes, con el laberinto en mi cabeza. Salí de la estación de destino como quien sale del túnel con la casaca azulgrana un domingo soleado y me encontré afuera con aires de margen y suburbio de suburbio, coches en autopistas y trenes que pasaban elevados por aquí y allí, monoblocks o "council estates" o como quiera que se deba hacer mención a esos bloques grises y tristes reflejo fiel del cielo londinense (construidos por el phonavi). El punto al que quiero ir es que no encontraba la puerta del mencionado club por ninguna parte y, a medida que la hora avanzaba y la noche se materializaba para dominar los ánimos, mi calma desidiosa se iba deslizando hacia un modo de leve inquietud cada vez más pronunciada, dando lugar luego a pizcas de incertidumbre y por qué no a una que otra pincelada de angustia que comenzaban a dibujar un cuadro de extrañeza y controlable desesperación. Inocente e ignorante comencé a subir los apocalípticos ascensores del council estate más próximo bajándome en cada uno de los pisos: caminaba por este y por aquel pasillo sin encontrar nada más que mugre, puertas y paredes en estado de avanzado abandono y menores salvajes erráticos (fauna autóctona del laberinto de la decadencia de la megápolis). Yo que salí a por el ritual, para presenciar la magia de ver lo que tanto había escuchado en la pieza de lo de mi abuela donde dormía y me desvelaba las noches de 1985 y 1986 con el primer y único London Calling, yo que pensaba que estaba haciendo lo mismo que cuando me tomaba el 63 para ir a ver a Don Cornelio y la Zona pero en inglés, me encontré de golpe y porrazo (gracias abuelas Eudosia y Aída) en una página del 1984 de Orwell o de alguna otra novela de futurismo escéptico de mitad del siglo XX: caminaba y caminaba los renglones, me asomaba al precipicio filoso de una hoja amarillenta, bajaba la pendiente hacia el lomo de la encuadernación y lo remontaba luego en el sentido contrario, más lo único que veía eran más y más pasillos pestilentes. Bajé por vez definitiva el ascensor hacia la noche también definitiva del jueves aprestándome a desandar las mismas calles y cortadas en busca de algún cartel que dijera "Subterranea" (ya me había resignado a no divisar un grupo de personas que estuviera en la calle a la espera de algún recital: se había hecho demasiado tarde, aún más tarde que hoy). Pocos minutos después me encontraba volviendo hacia la estación del trenecito que me condujera a la habitación del guest house de Finchley Road (dudoso barrio de inmigrantes africanos que queda un par de estaciones más allá del señorial barrio St. John´s Wood: Ay Andy K, si la deficiente Londres te tuviera para que estamparas en tu programa esos tan dolorosos contrastes del capitalismo...) cuando en el momento en que menos me lo esperaba veo en sucesión microscópica del tiempo tres imágenes: una insulsa puerta de doble hoja plateada que se abría, un hombre en sus treintas cargando dos bolsas de basura y una placa más chica que la de un dentista sobre una de las dos columnas que enmarcaban a esas dos sordas puertas platinadas, placa que rezaba: "Subterranea". Como en un sueño y sin responder a ninguna lógica doméstica, encaré al garbage man con la desesperada intención de recuperar el recital que suponía había ido a buscar (concierto que bien podría estar dentro de una de esas enormes bolsas de residuos, o por qué no en las dos, duplicado pesadillescamente en un loop continuo): "What time is Crime and the City Solucion on?" Eran las 10:25 pm, nada puede estar por ser "on" a esa hora y en ese lugar del planeta, ni siquiera Crime and the City Solution. Pero en mi cabeza no había un reloj, sino infinitas esferas: todas marcando una hora diferente y yo intentando sincronizarlas de modo absoluto. "They were on tuesday at 7:30 pal..." Yo no me rindo así de fácil: "Will they play a new date?" "I don´t think so".
Me volví nomás, tras haber experimentado lo que seguramente fue la semilla de una de mis pesadillas recurrentes de los últimos veinte años: yo en Londres dándome cuenta de que, a cinco o seis días de haber llegado, no había revisado las carteleras de las revistas adecuadas en busca de recitales ni salido de mi morada, desesperado por la sensación de haberme perdido todo. No hubo nada que anotar en el cuadernito esa noche al volver a la guarida, ningún intento de conservar una memoria externa del acontecimiento (ni del no acontecimiento), nada: sólo más trenes y molinetes mientras iba pisando baldosas que necesitan ser traducidas en su camino desde la retina hacia el cerebro; luego una habitación deprimente, una cama pegada a un lavatorio cuadrado y mohoso, una silla movediza y ropa arrugada por todos lados. Entre tuesday y thursday no hay la misma distancia que entre martes y jueves. Entre tuesday y thursday existe la misma diferencia que entre un tomate en el estante de un supermercado Disco y un "tomato" en la góndola del Tesco´s: una imperceptible y aplastante enormidad. Insalvable.