
Decir lo que decimos es exagerado. Eso de que el disco desapareció para dar paso al macabro plan urdido por la tecnología y obtener un sustituto que suena parecido aunque es ciego sordo y mudo en los detalles nimios -esa información imprescindible para adentrarse en el imaginario del artista- por supuesto que es hiperbólico. Cierto resulta que el cd-r es como un espejo roto, perdón por la analogía, pero la imagen que devuelve desde el plateado anonimato es la de un disco anémico, quebrado, incompleto. Inclusive más claro y revelador es que el disco no ha muerto ni desaparecido de los países importantes con consumo apreciable, allí dónde se reinventa y trata de acomodarse a los mandatos del tiempo capitalista desobedeciendo la lógica impuesta por un mercado que no sabe muy bien hacia dónde va, pero al que se le presenta batalla con el simple recurso de las ideas. Parece agonizar aunque únicamente se está regenerando como objeto fetiche, y así lo entienden ya varios músicos y centenares de sellos que ofrecen cada vez más mitología (ediciones cada vez más limitadas, tapas hechas a mano, booklets numerosos en páginas, venta por correo, etc.) para conservar la épica y no asistir al funeral. De donde se ha ausentado para no volver nunca es de los lugares encumbrados en la insignificancia geográfica más absoluta: el ejemplo más rotundo, este, la Argentina, ese páramo idiota que extraña y pide más pobreza, más atraso, menos comodidades y nada de discos.
Vayamos por partes, aquí jamás se consumió demasiado rock ni demasiado de nada aunque ahora las ínfulas por interesarse en algo remotamente inaccesible han descendido a rasgos esqueléticos. Y el rock tampoco fue favorito del público en ninguna etapa pero justo es admitir que en años de menor ensimismamiento local y cierta bonanza económica la gente consumía algo de su medicina. Desde luego que en cuanto los vientos cambiaron hacia este espíritu macabro latinoamericano e indigenista y la propuesta estatal basada en la infelicidad se cumple al pie de la letra en su mandato de ser cada vez más pobres, es obvio que a nadie se le ocurre continuar alimentando el artificio musical en forma de discos originales. Yo digo, ¿por qué no? Si total NO hacerlo no genera ningún beneficio mientras que retornar a la antigua práctica al menos nos restaura el sentido del gusto por algo. De todos modos la elección del sustituto puede entenderse aunque no se comparta; se trata de un orden de prioridades y a esta se la dejó de lado. Un poco de eso y bastante de infidelidad encomiable con los placeres personales. Más bien se me dibuja la idea de que el breve entusiasmo discográfico había sido efímero y contaba con la ventaja de los tiempos. Dólar barato igual a felicidad instantánea en casi todos los niveles de consumo. ¡Qué lindos tiempos para saciar el gusto por uno mismo y no esta impudicia de vivir chapoteando en la basura mientras se dice con autismo ejemplar que salimos del infierno! ¿Alguien podría regresarnos rápido al banquete? Volvamos ya a los dominios del demonio así le ponemos algo de satisfacción a esta nube negra de estupidez imposible de imaginar.
¿En qué andábamos? Estábamos en que el efímero entusiasmo mostrado por algo en Argentina admite el sustituto apócrifo con facilidad adolescente y cuando rápidamente la ensoñación acaba y el estrépito de otra realidad convence que lo que antes interesaba ya no tanto, o al menos no lo demasiado como para tomarse el trabajo de comprarlo, nos engañamos con la ráfaga de entusiasmo propuesta por la miseria: mejor así, me grabo un montón de discos y los escucho todos sin necesidad de gastarme un montón de plata. Como respuesta es torpe y el montón de discos es remoto. No hay que gastar un montón de plata para adquirir el objeto real ni tampoco los escuchamos todos en megabytes, y además ¿qué valor hay en esto último? Probablemente tampoco lo haya en gastar el dinero de un disco original pero el recorrido es más genuino y contiene la alfabetización imprescindible para descerrajar el disparo del deseo en el cerebro y que las neuronas beligerantes digan todo el tiempo: lo quiero, lo quiero, lo quiero. Así funciona la avidez de rapiña de la posesión. Ahora, hoy, prácticamente a nadie se le ocurre iniciar la travesía de comprar un cd original y elegir su procedencia; y esto no se debe únicamente al precio inflado al que lo llevaron estos últimos gobiernos -adalides del atraso consuetudinario- sino, también, a la práctica masiva de escuchar música de soslayo, de a temas, de fondo, para estar a tono con esa idea obtusa de las modas. Y está bien porque cada uno decide el curso de su existencia y qué hacer con ella, pero todo aquí tiene la rara virtud advenediza de un adorno intercambiable y lo único perdurable es la enumeración de nuestros infinitos fracasos. Unos tras otros. Decretado por consiguiente que el disco carece de valor nos conformamos con el rumor de ese disco, con adivinar los colores de la tapa. Así se nos acaban las expectativas y la paciencia (a nosotros digo) y recurrimos al fino arte de hablar que El Oasis en su etapa Ubu Roc maneja como herramienta primordial para volver pese a no haberse ido. Entonces que El Oasis (es decir yo o sea Ubu Roc) hable es natural: nunca dejó de hacerlo aún en el derrumbe permanente. Esto que corre sobre tus ojos en negro sobre blanco (o viceversa) y habla en tu cabeza es la manera de volver y de rechazar cualquier hábito elemental de sentido común. Como fue siempre, así de simple, y haciendo caso omiso a las formalidades que todo lo tiñen de hábito supremo. La música sigue y la recompensa hoy acá es hablar de ella. Escuchar los ecos del deseo urgentemente infantil de decirle a alguien lo que pensamos. Aceptamos con naturalidad las circunstancias diarias y, como nos gustan las malas costumbres, sería interesante volver a juntarnos a hablar de rock, de la exuberancia, de la exageración del gusto o la tirria por tal o cual disco; en definitiva, a hablar de lo que nos es menos ajeno. Hacerlo casi por fatalidad con formato de seminarios, charlas o como gustemos llamarlo: disquería. Es muy probable que no seamos eminentes pero, al menos, no reposamos mansamente creyéndolo. Enceguecidos nos proponemos la enciclopedia de errores y malentendidos que hicimos durante tanto tiempo en un local: hoy en otro, más recoleto y con sótano. En estas páginas, en las presentaciones en vivo (El Oasis es la primer disquería en el mundo que canta, graba discos, da de beber, hace fiestas y reuniones, cena y, por sobre todas las cosas, da vergüenza) y en el local 26 de las Galerías Santa Fe (Santa Fe 1660) todos los santos días de lunes a sábado, voy a hablar, a escuchar y hacer oír un disco, recomendar otro, contar la historia de un género (determinando la sisa y el canesú), revisar el pasado, prefigurar el futuro, en suma, abusar de los discos que han sido escuchados y de los recitales que la retina ha visto. Ah sí: también vas a poder comprar discos.
Si por unos instantes te entusiasmaste ridículamente vení: esto sucede sólo aquí en Ubu Roc, donde El Oasis.