miércoles 10 de diciembre de 2008

PLASTIC TROILO BAND


La voz de mi madre sopla el duermevela. Cuándo no, la voz de la madre que sopla en el viento cual si fuera la mamá judía de Dylan. En la confusión del estado uno no sabe si el dolor es parte del sueño, nos saca de él o lo frustra. “Tenés que pensar bien… Así, siempre pensando en lo peor, es como atraés las cosas… Seguí seguí…”, continúa el virtual cacareo maternal. ¡Está bien, está bien! Acato la inagotable orden silenciosa y me dispongo a enfrentar un nuevo día de manera diferente. Me pongo de pie gracias a mis brazos y me estiro todo lo que puedo mientras la ropa está hecha un bollo sobre un bafle que no suena hace rato pero que hace las veces de silla que hace las veces de percha. Estiro mi artritis, que las prendas sigan apelotonadas.


El dolor físico es perfecto. No, no me confundan con un masoquista. O sí, qué importa si me confundieran con lo que no soy cuando nadie puede saber cuál es la referencia a partir de la cual se desarrollarían las eventuales conjeturas/confusiones y los habituales malentendidos. Lo que intento decir es que no existe memoria de los dolores físicos. Y no pienso repensar esta última oración que escribí sin haberla pensado. Esto es al galope y rapidito, que se me entumecen los huesos.
¿Calcio, raga? Magari, caro… ¡Artrite!
Puedo reflotar imágenes; muchas en términos absolutos, poquísimas en términos relativos. En ninguna de ellas hay pruebas del dolor físico. Sé que lo hubo únicamente por un enunciado que se desprende hacia atrás desde el dolor presente y en forma de íntima historia clínica. Entonces, cuando una vieja dolencia reaparece luego de dormitar un tiempo, nada nos recuerda eso que no se puede memorizar, simplemente se hace hoy. Dolor: nuevo, terminante. Lo único que puede apartar a este dolor de espalda del centro de la mente es uno más agudo en cualquier otra parte del cuerpo. Así, el cuerpo podría representar a la línea del tiempo. El dolor de hoy es el único posible, el único más fuerte, el que no es necesario memorizar mientras sucede (ni cuando deja de ser): el que, cuando es, modifica el color de cualquier cosa de la que pueda hacerse eco la memoria.


Corría el año 1976 y vivía con mis padres y hermanos en un departamento de tres ambientes a la calle en el barrio de Coghlan. El balcón del tercer piso departamento “A” era la gramilla de mi mundo de juegos donde el campeonato de autos que pasaban por la calle Manuel Ugarte entre Washington y Naón era rey. Para volver del colegio me tomaba el colectivo 41 en lo que debió ser mi viaje asiduo en transporte público más corto de la historia: me subía en Avenida Congreso y Conesa para bajarme en la misma avenida intersección Roque Perez. Seis o siete cuadras. El boleto escolar era barato y la voz de la madre estaba en plena formación. Volvía a casa al mediodía y el almuerzo era pleno e impuro silencio: el chirriante parlante del Panoramic catorce pulgadas a transistores rezaba inútilmente con voz de Andino padre (seguramente). Mi viejo dormía de día, nunca lo veía llegar de su trabajo ya que el suceso acontecía mientras yo ya estaba en mi escuelita peronista, la República Dominicana. Los laburos nocturnos de mi padre transcurrieron durante la década del setenta y tenían sede en algunos clubes nocturnos de los que recuerdo algunos nombres, no sé si todos: ´King´, ´Cabaret´, ´Rugantino´. De este último recuerdo especialmente una taza con el logo del local y su platito haciendo juego donde mi viejo tomaba religiosamente su café de filtro (ese olor sí llega adonde el dolor físico no puede). Había una sola de estas tazas, y usarla a escondidas era como tocarle el culo a la abuela mientras dormía.


La monótona quietud sonora de los afternunes de Manuel Ugarte se rompía cuando mi viejo se levantaba. Por lo general uno se enteraba de esto gracias al aparato auditivo propio: si las estruendosas toses con posteriores carraspeos y escupitajos provenientes del baño no me alertaban, el signo inequívoco de ´papá está ya en la cocina´ era el sonar de un disco, odiado por mí en ese momento: Aníbal Troilo y Roberto Goyeneche: “¿Te acordás... Polaco?” (editado originalmente en 1971). El Wincofón estaba en un modular muy representativo de aquellos años, mueble al que mi viejo consideraba (como a casi todo lo poco que poseía) ´el mejor del mundo, de primera´. El giradiscos se escondía tras una puerta que se abría hacia abajo como si fuera la de un pequeño bar y los parlantes estaban empotrados en las dos esquinas superiores, guardando la adecuada distancia entre sí como para hacer notar las cualidades de los primeros discos en estéreo que se veían por ahí. El volumen al que Cacho, mi padre, ponía el disco mencionado tarde a tarde, preso de vaya a saber qué ritual, era inconmensurable. La puerta-ventana del balcón abierta de par en par, el viento y el rugir de Pichuco y el Polaco haciendo flamear la cortina de tul blanco, casi transparente. Y por ahí rondaba la sensación que uno tenía durante los cuarenta minutos de alarido tanguero de cada tarde: la casa era transparente y estábamos adentro todos en bolas y a merced de los ojos del mundo que nos pispeaba indiscretamente, se sentía casi como esos sueños donde te das cuenta que estás en pelotas en pleno microcentro.


Los domingos había descanso. O más bien el ritual cambiaba de forma. Venía mi viejo a decirme: “¿vamos del Polaco?” Mi respuesta era obvia: me estaban invitando al epicentro del infierno que se desataba cada tardecita en mi casa, infierno sonoro que conocía al dedillo en música y letra. No podía y no quería imaginarme lo que en ese lugar habría… ´donde el Polaco´…demasiado era ya la experiencia de ese disco girando religiosamente en mi casa toda, casi como el eco de la voz de mi predecesor desplegando toda su artillería de chistes, juegos y absurdas anécdotas vespertinas. Nunca fui ´del Polaco´, ni una sola vez. Mi hermano menor, en ese entonces de tres años, era la víctima adecuada. De ´lo del Polaco´ lo único que puedo reconstruir de segunda mano si de imágenes se trata, lo hago a partir de comentarios posteriores a dichas visitas: mi viejo diciéndole a mi hermano: “¿viste la de pajaritos que tiene el polaco?”, mientras le hacía cosquillas con los índices y pulgares a modo de picos de aves; o el comentario a mi vieja: “siempre igual: dice que le duele hasta el nombre y está con el farol de whisky hasta arriba en la mesita de luz”.


El tiempo pasó y la vida actuó por inercia. Pasaron cosas, siempre pasan cosas, más aún cuando tenemos la sensación de que nunca nada pasa. Al departamento de Coghlan se lo llevó la circular 1050 y lo convirtió en escenografía, en cartón pintado que se ve cuando uno, de tanto en tanto, pasa accidentalmente por la calle Manuel Ugarte. La vida hizo tanto y tan poco que hasta logró que, un buen día, le prestara atención a ese disco. Mi viejo ya no estaba cuando “¿Te acordás... Polaco?" comenzó a parecerme maravilloso (y ambos hechos no tienen conexión alguna). La vida, siempre tan absurda, se encargó también de que yo, durante un período de tiempo, no pudiera escuchar ese disco porque recuerdos posteriores lo hacían, en contra de todos los pronósticos, mucho más doloroso de lo que era ese tsunami sonoro que soporté cada tarde de mi infancia.
Inútil es describir un disco, comentarlo en los términos aceptados (ese género ridículo que es ´el comentario de discos´). ¿Qué quieren que diga? ¿Que en el país de las analogías locales la suma de Troilo y Goyeneche da un Lennon y que ´¿Te acordás... Polaco?´ es ´Plastic Ono Band´? Bueno, entonces lo digo. No es mala la ocurrencia, de cualquier forma. Y, para concluir o dar la ilusión de final, se me antoja: el sonido de este disco glorioso a todo volumen tronando en aquél tres ambientes del barrio de Coghlan, era el zumbido de la artirits que estaba en estado de inminencia, un ronroneo de gestación que duró años hasta que se hizo voz (yo) y que hoy, esta mismísima mañana de articulaciones empastadas, suena en mi Wincofón. Según mi vieja, este disco lo compuse y grabé yo.