
En mi archiducado se escucha lo que quiero y si quiero marchas militares, se escuchan marchas militares. Pero hoy quiero escuchar Marc Almond y bailar con frenesí demoníaco frente al espejo de agua, desnudo, desnudo en mi uniforme marcial, marcial contursi. Entonces agarro ´The Stars We Are´, disco que M.A. editara allá por el año 1988. Me acuerdo que por aquellos días viajé a Rio de Janeiro con unos amigos del colegio secundario, porque yo fui al colegio en Argentina, no sé si les conté. Podría hacer un diario de viaje casi diecinueve años después pero, la verdad, no me acuerdo un carajo en detalle. De todas formas la disquería escena del crimen quedaba en una galería, vaya a saber de qué barrio y en qué calle. Me acuerdo que en una parte del centro comercial había un puesto de jugos de fruta que ofertaba más de un centenar de gustos diferentes. Me quise hacer el exótico en ojotas y me pedí uno de no me acuerdo qué nombre, que resultó ser zapallo. Soporté dos tragos y me fui. Encontramos la disquería rápidamente y en la batea de vinilos domésticos, brasileros en este caso (en el tercer mundo todavía no eran moneda corriente los cd´s), estaba él, con sus ojos almendra, tan bien engominado, con la campera de jean abierta en el pecho escondido tras una remera negra bastante gastada, una gran argolla incrustada en el lóbulo de la oreja derecha. Era el mismo puto que no podía creer cuando lo veía en el video ´Non-stop exotic video show´, aunque mucho más discreto. A decir verdad, yo no sabía creer que era puto. Y me enamoré. Me enamoré de Marc Almond en Rio de Janeiro. Lástima que faltaban todavía tantos años para que Almendra llegase a frecuentar la perla carioca (entonces años futuros que quedaron luego registrados en otro memorable momento discográfico del genial performer, ´Open all night´), si no me lo cruzaba y quién te dice algo rescatable hubiese pasado en mi vida. Tomé el disco, traía la lámina interior a dos caras con las letras (no era un sobre, aclaro: el vinilo venía protegido en la bolsita de polipropileno de 60 micrones, era una simple lámina impresa a doble faz con los datos del disco) y todo. Un amigo me preguntó: ´¿qué te vas a comprar?´ ´Marc Almond´, le digo con la tranquilidad de estar escudado tras la ignorancia absoluta que todos mis compañeros del San Román tenían en temas relacionados al rock. Con sólo un vistazo de soslayo a la tapa mi amigo me dice: ´Che, mirá que me parece que es puto…´ ´¿Te parece…? Igual a mí no me importa: yo lo compro por la música´, fue la única respuesta a la que atiné.
Cuando más tarde llegamos al departamento que alquilábamos (una pocilga cuya entrada estaba al fondo de una galería comercial abandonada frente a la playa de fluminense, famosa por su ya para esa época antigua contaminación que la ponía fuera de servicio en el tema bañístico: para meternos al agua teníamos que tomar un colectivo hasta Copacabana), al llegar al hogar, entonces, Mugre (tal el apodo de este amigo mío que dudaba de la masculinidad de Marc. O no.) enciende el televisor. Siempre era lo primero que hacíamos al entrar, prender la tele, sin demorarnos ni un minuto: es que había que esperar casi media hora para que el viejo aparato comenzase a emitir imagen alguna. Era un blanco y negro de la época de Vasco da Gama. Para matizar la espera fui al baño y, luego de expulsar del super tazón mi marrón expulsión con baldazo de agua ya que no funcionaba la cadena, me puse a contemplar el disco. De repente la imagen asalta al televisor (se ve que bajó corriendo en patota desde la favela y nos tomó de sorpresa, se supone que así funcionan los asaltos en Río de Janeiro) y… Adivinen qué… Era Almond, era el video del primer corte de ´The Stars We Are´, ´Tears run rings´. Quedo pasmado: la última imagen en movimiento que había visto de Marc era de la época de Soft Cell, es decir de unos cinco años atrás. Estaba mucho menos escandaloso, lo que no quiere decir nada. Recuerdo hoy vagamente imágenes del video, por ejemplo una toma desde el aire, a un par de metros por encima de la cabeza de Almond, una cámara que se movía pendularmente. Decreto hoy que el video lo debe haber filmado Tim Pope, vieja loca amiga de M.A. y director de los videos de Soft Cell: el truco del movimiento pendular de la cámara lo usó mucho, incluso en algún clip de The Cure. Entonces, retomando, me encantó la canción y me gustó oírla con imágenes de fondo. En eso, Mugre me acota: ´che, este es puto…´´No sé, ¿sabés que si hablan en inglés no me puedo dar cuenta si tienen voz de puto o no?´, le replico. A lo que mugre, abriendo un cajón de una cómoda donde había montones de basura que no nos pertenecían y que descubrimos allí el primer día de estadía no sin que nos provocasen arcadas cosas como pestilentes peines con pelos ajenos y enrulados, agarra un corpiño de encaje, se lo superpone al pecho dando una media vuelta gracias a una ligera rotación de caderas y me mira con una perversa sonrisa.
Marc Almond - ´the stars we are´, editado en 1988, significó un nuevo cambio de sello para el gran artista inglés. Ahora para Parlophone y en un intento de retomar el éxito masivo que se le negó desde el suceso Soft Cell de la mano de la versión de ´Tainted Love´, Almond remoza su banda soporte (the willing sinners, hasta ese momento) sosteniendo a los claves: Annie Hogan, Billy McGee y Steve Humphreys, que pasan a llamrse ahora ´La magia´. Sin perder su genio ni su singularidad y con todo el peso de su enorme talento a cuestas, el nuevo disco logra llevarlo al número uno de los charts: nuevamente se trata de un cover, esta vez de ´Something´s gotten hold of my heart´ y el resultado artístico es inmejorable. Se pasea con prestancia siempre caminando sobre el filoso límite entre el genio y el ridículo, siempre saliendo airoso y vigorizado de tal desafío que sólo unos pocos pueden enfrentar. Grupos como My Life Story han hecho una carrera exitosa y respetable tan sólo copiando este mismísimo disco que hoy les exigimos que escuchen. Hits inolvidables como ´Tears run rings´ (una de las pocas letras con contenido político en la carrera del genial inglés) y ´Bittersweet´ se llevan los laureles de ´mejor estribillo del siglo´. La épica de los arreglos orquestales con la base rock rosado que sólidamente erigen Hogan, McGee y Humphreys, la inigualable voz y el poder del mejor intérprete que ha dado la música inglesa en los últimos treinta años, hacen de ´The Stars We Are´ un disco que nadie debería darse el lujo de desposeer. Entre otras apostillas que hacen de este disco un momento notable de la escena rock de los ochenta, una de las sobresalientes y favorita personal es el hecho de que el álbum contiene la última grabación que Nico realizó antes de su muerte: soberbio el dúo con Almond en ´Your kisses burn´, una fantástica composición de Marc llena de bruma y misterio. La voz de Nico es fantasmal, de ultratumba. ´The very last pearl´ es otro highlight impresionante, donde Almond reluce las influencias de su ´etapa española´ (Almond estuvo viviendo siempre en los puntos neurálgicos del descontrol: en plena liberación-destape español post franquismo, Marc fue un hijo adoptivo de Barcelona y generó allí varios mitos, como el de su internación por una intoxicación grave: ¿drogas, absynthe? No: semen). Volviendo a ´The very last peral´, si alguien cercano a Ricky Martin tuviera un poco de visión y un mínimo de conocimiento, debería exigirle que grabase una versión de esta canción (que incluye las palabras en español de rigor como para hacer que sea el nuevo ´livin´ la vida loca´: ´la magia… la magia… de mi amor, síiiii…´): sin lugar a dudas sería un número uno en manos del portorriqueño y también sería un poco de justicia poética: para el puto lo que es del puto, porque el puto se lo ganó.
Marc Almond es tan genial que su carrera es lo suficientemente desconocida por todo el mundo salvo por su fiel público seguidor (en su abrumadora mayoría homosexuales de ambos sexos que adhieren al costado de ícono gay; respecto a esto siempre se me ocurrió que, como uno nunca podrá escuchar a the beatles en toda su dimensión por el simple hecho de no ser inglés, yo jamás comprenderé ni terminaré de escuchar en toda su dimensión a marc almond por el sólo hecho de no ser, hasta hoy, homosexual). Marc, amigo del delta. Amigo para siempre.
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