lunes 29 de diciembre de 2008

RIGHT TIME, WRONG PLACE (BRIGHT MIND)


A veces da gusto. Sí, a veces te sorprende un alegrón en la disquería. No es tan frecuente, pero sí siempre gratificante por más salteado que sea. En un par de oportunidades había venido una mujer de unos 55 años a comprar regalos para su hijo. Una señora bien, con cierta apreciable dosis de educación tal vez común para esta zona de la ciudad pero infrecuente para la media del país con que nos bendijera nuestro nacimiento. Ella (that woman) me vendía a su hijo mientras intentaba comprarle un disco, hablaba de su vástago como cualquier madre, con orgullo baboso. Para orientarme en mi recomendación me informaba sobre los gustos refinados que el pibe tenía en cuanto a literatura y música (citando a The Beatles como su grupo favorito). Le recomendé Marquee Moon de Television, White Chalk de PJ Harvey (yo lo estaba escuchando cuando ella entró al local) y el primero de Rufus Wainwright. Para su oído Marquee Moon era demasiado, un acertijo de improbable solución. El de Rufus era muy caro y el de Polly Jean demasiado triste. En la condición presupuestaria que me ataba a un disco de edición nacional las opciones se me hacían pocas, poquísimas. Muy a mi pesar le puse el disco de MGMT (desesperado yo por anotarme un poroto en estas épocas propias del Mojave), aclarándole que no estaba a la altura de mis recomendaciones ni muchísimo menos. De arranque el color sonoro y la frasecita inicial del sintetizador encontraron fácilmente la solución al laberinto de su oreja e inmediatamente me dijo que llevaba ese aclarándole yo luego que podía cambiarlo o devolverlo si a su hijo no le gustaba.
Pasó la navidad y, el otro día, apareció el hijo. Ella me había alertado sobre su particular sensibilidad para la música pero no me había dicho de su edad: agraviante. Sobre todo para una persona de mi antigüedad. No tendría más de 16 años el muchacho en cuestión. Entró y dijo, muy modestamente, que quería cambiar el disco que le habían regalado. Confirmé rápidamente lo que había supuesto de inmediato, que se trataba del hijo de la madre. La trampa sonora desde la pulida producción de Oracular Spectacular de MGMT había podido engañar a un oído inexperto en las lides del rock, el de la madre, pero no a uno adolescente y naturalmente bien orientado e intuitivo, el del hijo. El vástago, con la edad para formar un grupo de rock, en el tiempo de su cronología donde ciertos discos te cambian la vida produciendo la bienamada e irreemplazable Revolution in the Head, vino y devolvió el biodegradable de MGMT. Ajeno a las absurdas validaciones que dictan desde la prensa escrita de allí o aquí o a las garantías que se emiten a través de las ondas sonoras de radios de más allá y de más acá, y guiándose por su gutural sentido de la belleza y el gusto propios, rechazó de plano el engaño. Pero la alegría mayor fue cuando empezó a preguntar si tenía discos de ciertos artistas: Cream, Deep Purple, Zappa, Zeppelin. Genio, envidia absoluta por el pendejo que, a pesar de ser cascoteado desde los cuatro costados con pre-conceptos y con agendas culturales pre-digeridas (alimento que forjó a más de uno de nuestros “conocedores” más famosos, nestún que les llegó inútilmente y a destiempo cuando ya el cabello se les ponía mustio y las várices comenzaban a arreciar), maneja el alfabeto apropiado a una edad donde la mayoría, en este país e históricamente, estaba tan lejos del rock como mi vieja.
Estaba a punto de llevar un Hendrix (que ya conocía) y yo le dije, tras su mención de Zappa: Captain Beefheart. Se lo hice oír (a Safe as Milk) y, al segundo acorde del estrepitoso y áspero blues de Don Van Vliet, dijo: “este, quiero este”. Le expresé la alegría que me daba el que hubiera venido a cambiar MGMT (y para colmo por Captain Beefheart!!!), y lo felicité. En realidad lo envidié en silencio.
Hoy vino una chica de no más de 16 o 17 con su madre, y pidió el nuevo dvd de The Who: Kilburn 1977. Recuerdo otra chica aún más joven que con su madre al lado llevó la edición limitada de Dig Out Your Soul. En esas ocasiones soy testigo silencioso (y oneroso) del ritual de la primera compra de un disco (que, si se da en el momento adecuado, es pagado por los progenitores), justo en el tiempo cuando se producen las ya mencionadas Revolutions in the Heads. Justo eso que no les pasó a muchos y que, en el crepúsculo (o la muerte) de la propia edad para el rock, quieren meterse una sonda por el orto y mandarse una enema DE TODO. No, así no es. Así no es nada. No te podés hacer fan de The Fall a los 40. O sí, pero poco importa (hasta, y especialmente, para el que lo hace).
Que se adjunte a la entrada de la anécdota de la fan de Raphael y se archive. Será injusticia.