
“Totím-sim-dérep!”
“Totím-sim-dérep!”
“Totím-sim-dérep!”
“Totím-sim-dérep!”
Mi tío Toto era militar, pero yo lo quería mucho. Claro, que después pasó el tiempo y la inocencia de niño se me fue y por las calles escuché la verdad. A partir de entonces la luz se hizo en mí y a mi tío Toto lo quise mucho. También. Soy un bicho de costumbre, debe ser por eso, de lo contrario no habría explicación para quererlo. Más. Corría el año setenta y nada (gran década para el rock and roll), digamos 70, 71 más o menos, qué importa uno más o uno menos, qué le hace una mancha más al tigre de la desmemoria. Yo tocaba mi ransercito, regalo de primera operación: para enderezar los pie-bot con los que diosito me escupió al mundo, el Dr. Blanco me intervino cual provincia desbordada y me condenó al estado de sitio de unas botitas marrones de Ortopedias Ioa unidas por unos fierros de apertura regulable en el estilo Mecano. Entonces, para que el freakcito se entretuviera, me compraron una valijita marca Ranser que no era más que un tocadiscos: para poner los simples simplemente levantaba la tapa, para los LP´s la desmontaba ya que el diámetro del vinilo rebalsaba el perímetro del valijín. Así andaba yo, sentado en la cama alla Marylin Monzón tocando mis disquitos, todo un proto deejay. De paso también me habían regalado una guitarra española que yo empuñaba con manitas de manteca haciendo como que tocaba (a mí siempre me gustó hacer como que hago, pero no más) mientras cantaba sobre el disco. “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” Así me gritaba mi Tío Toto y yo me descuajeringaba los fierros de tanta risa. Y eso que el tío (tío abuelo) era militar... “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” Siempre tuve debilidad por esas frases sin sentido, que no responden más que al lenguaje de la distorsión de otro aceptado por repetición circular continua e inconducente. “Totím-sim-dérep!” Lo divertido está en olvidar el origen. Y repetir: “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!”
El tío Toto y su memoria en mí están ligados a las salidas de casa. Él me cargaba a upa y me ponía en el asiento trasero de su Peugeot 504 junto a mi hermano Marcelo y a mi prima Gaby y nos íbamos de paseo. El predilecto era ir a cenar a una fonda que se llamaba “Qui si mangia bene”. Para mí era como ir a la luna. Mientras esperaba alguna de esas salidas yo le daba al ransercito: “Si se duerme Don Martín, No habrá ninguno que duerma…!” Meta y meta y meta. “De punta y hacha”. Es que mi disco favorito era “El Tigre”, de Roberto Rimoldi Fraga. Me volvía loco en mis sing-alongs de temas como “La Brigadiera”, “Se acerca la montonera” (vaya título el de esta cueca), “El Teniente Lavalleja” y “La poncho colorado”. Pero el climax del show llegaba con “Argentino hasta la muerte”, una canción de cierre insuperable. Entre sábanas nuevas practicaba mi primera espera cantando canciones épicas de tierra adentro. Y el contacto con el mundo fuera de mi casa, fuera de mi cama, estaba ligado al Tío Toto: “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!”
Vivíamos en dos o tres departamentos contiguos de propiedad horizontal, mis viejos, mi hermano y yo, después andaban mi abuela y mi tía Delia, su hijo Luis (o el Luisi). Y el Tío Toto, quien un buen día de esos buenos días entra y me dice que vamos a pasear. Esta vez al supermercado. Supongo que en esa época era Gigante, ya que no existían Cotos ni Carrefours. “Totím-sim-dérep!” El tío me cargaba, como ya dije, en el 504, luego en un changuito y me iba de paseo entre góndolas. El premio mayor, esa vez, era el poder elegir un disco que el Tío Toto me iba a comprar… Genial, sin saberlo ahí nacía la historia del “primer disco que te compraste”… Yo, con lucidez infante, pedí con ímpetu frenético: “quiero el del Tigre, quiero el del Tigre!” Pero claro, cómo no lo iba a demandar a grito pelado! Lo pinchaba en el ransercito todo el día, me destripaba cantándole a “La Juana Moro”, por lo tanto el disco nuevo que quería era el que más me gustaba: el que ya tenía. No lo digo como un chiste estúpido ni nada que se le parezca: me parece lo más lógico y atendible del mundo. The Fall antes de The Fall. Yo quiero el mismo disco porque me gusta. Mi disco nuevo es el disco viejo, si me río siempre de lo mismo por qué voy a cambiar de dentadura. Estoy siendo demasiado estúpido, perdón. “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” Subordinación y valor! “Totím-sim-dérep!” Entonces comenzó la lucha de mi tío por convencerme de que ese disco ya lo tenía y que podía elegir otro. Ahí estaba la gracia según el tío: en tener otro! Pero no me entendían: yo quería el disco de Rimoldi, “El Tigre”. Otro. Oyente de carácter monogámico y de placer unívoco, yo quería lo que sabía querer. Como suele ocurrir en estos casos, los adultos piensan en planes inteligentes para salirse con la suya y que el niño berrinchoso no los haga cometer una tontería, como comprar lo que ya tienen. Me entregaban en mano para que yo pasee en mi changuito discos de Palito Ortega. Y yo lloraba y gritaba: “El tigreeee!”. Así durante veinte minutos. Hasta que, en un determinado momento, me dan el disco de don Roberto Rimoldi Fraga. RRF. Entre suspiros pucherísticos de desahogo y con un alivio merecido, nos encaminamos a la caja: el Tío Toto, yo, el changuito y El Tigre.
La empleada de Gigante, a pedido de mi Tío, había puesto un disco de Palito Ortega dentro de la tapa del de Rimoldi. Eso lo descubriría luego, en mi casa, aunque tampoco admitieron el truco: todo quedó en la confusión y me hicieron creer que el disco nuevo de Rimoldi era el viejo, y que el de Palito Ortega se había traspapelado. Dos tapas de Rimoldi y un disco. Yo, mientras tanto, seguí cantando encima de “Los Decididos”, girando para siempre y sobre lo mismo en mi ransercito.
2 comentarios:
Más allá de la belleza de la historia, se me hace que esto habla de un país que ya no existe. Hicieron mierda todo (en "sexta persona", o sea, el peronismo). Estas tierras, donde hace rato que no se entiende nada y se hacen enormes esfuerzos por desintegrar, ya no pueden producir un artista ni un disco de esa autenticidad.
Los niños (que en mi caso vivo buscando para que me explique un poco) hacen (y hacían en los 70) cosas increíbles. A esos pibitos les chupaba todo un huevo. Hoy soy motivo de burla social (de los que saben la historia) y familiar por haber convencido a mi viejo que me llevara a ver a Julio Iglesias en 1979 en la cancha vieja de Quilmes (la de los tablones que quedaba en Av. Guido). El me decía "no... escuchá a Serrat" y yo le decia "no, quiero a Julio Iglesias". Esas cosas. Y me llevó (yo con 8 años) a la misma cancha donde lo había visto ascender al Cervecero (supongo que dudando si tenía un hijo puto, o algo así) a ver a Julio, que se puso el saco blanco, la corbata negra y salio a romperla. Y el concierto ese está en mi memoria en un lugar parecido (no en el mismo lugar sino en uno parecido) al de Neil Young en la cancha de polo.
Joman
Gracias por tu comentario, Joman. Y tenés absoluta razón: ¿no es extraño que el primer disco de casi todo el mundo es un The Who, The Beatles o aunque sea un Kiss? Cola de paja: como llegan a todo tarde y pre-digerido (desdentados del gusto personal) rearman su historia dentro de las mayores previsibilidades. Un espanto.
Brillante lo de Julio Iglesias: elegirlo en desmedro de Serrat es una movida genial digna de Bobby Fischer. Es saber lo que uno quiere e ir a por ello. Tan simple e inusual como eso.
Y basta de peronismo, por favor: PERÓN PUTO.
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