martes, 27 de enero de 2009

¡FEELING SLEAZY MI GENERAL!


Uno jamás decide nada. Uno soy yo: vos leyendo esto. Las personas van andando por esta vida convencidas, en mayor o menor grado, de que toman decisiones: creen que les gusta esto pero no lo otro. Todo es falso, nada está erigido con solvencia, todo es accidental y deberíamos admitir que el azar es el hilo conductor de nuestras sucesivas conductas, aunque nos resistamos desde la razón. Vayamos a un tema que culturalmente molesta (y con el cual no se jode: justamente… ¡Qué estupidez!): las conductas sexuales. Algunos las alzan como bandera, otros alardean de las mismas dejando en claro lo que nunca harían, marcando los límites. Gracias a la intoxicación cultural creemos que somos heterosexuales, homosexuales o lo que sea que el término en uso indique. Es decir que un instinto básico y elemental, un reflejo físico que nada tiene que ver con la razón ni con la decisión ni con el pensamiento, se ve acorralado por los usos y costumbres sociales a tal punto que, la gran mayoría (me animaría a decir que todos), lo queramos o no, coincidamos o no conceptualmente, nos vemos imposibilitados de desarmar la madeja. Yo digo: soy heterosexual, nunca tuve relaciones con alguien de mi mismo sexo. Lo último un hecho de la realidad. Lo primero una estupidez, como todo lo que se dice. ¿Alguien piensa que es libre de elegir su “sexualidad”? ¿Alguien verdaderamente piensa que es libre para algo? Si dejásemos justamente operar al azar en el campo de lo sexual (territorio tan arcaico, pagano y meramente fisiológico por definición) la cosa tal vez le rondaría más cerca a lo auténtico. Pelotudeces que pienso en voz alta y digo en voz baja. Perdón por leer.
Durante el día del segundo show de The Cure en el Birmingham NEC John y Sharon dedicaron un rato a tratar de reservarme por teléfono alojamiento en Edinburgh, siguiente parada del Wish Tour. Allí la banda oriunda de Crawley daría dos conciertos en el Edinburgh Playhouse, un viejo y pequeño teatro de variedades que construyera un arquitecto de Glasgow llamado John Fairweather (qué ironía siendo escocés) tomando al Roxy Theatre de New York como modelo.
Con las páginas amarillas sobre su falda, Sharon no paraba de tirar nombres y marcar números: algunos lugares resultaban muy caros, otros no tenían disponibilidad, aquellos que quedaban muy lejos del venue, etc. Hasta que finalmente da con uno que reúne las condiciones y tiene lugar por dos noches. Es que se trataba del viernes 20 y el sábado 21 de Noviembre: parece que el fin de semana se llenaba de gente la vieja ciudad escocesa.
Así es que me fui al día siguiente de la ciudad de Birmingham, después del mediodía, cuando ya despuntaba la tarde en busca de la hora del té. Partí en tren, vía un Ford chiquito pero bastante nuevo. Durante el viaje fue invadiéndome de a poco la adrenalina de la inseguridad: ya no estaba amparado en el buen trato y afecto de John y Sharon, ni en el cuidado que ellos me dispensaban. Lo único que me quedaba de todo eso era una magra e insuficiente representación de un papel con los datos del Guest House reservado, el Café Royal.
Así es como el Chucu-Chucu-Chucu no dejaba de andar y el traqueteo metálico me llevaba cada vez más rápido cada vez más lejos de cualquier certeza; el día coloreaba de gris y cerraba en una noche de venas abiertas sangrantes en lluvia y rocío. Las ventanas del tren frente a los ojos hacen del continuo de garúa una ficción creíble: al cuerpo seco arrugado el ánimo.
Una confortable angustia subyace: la inquietud de un lugar nuevo, de otro aire que necesita traducción antes de que los pulmones lo desparramen en función vital, la eterna vergüenza de ser un extraño, la apócrifa liberación del falso anonimato (en mi cabeza nos conocemos todos). Llegar a la estación Edinburgh Rail imprime algo de calma en la obligación de mover el cuerpo y ocupar la mente en acción exterior: “Could you please tell me how to get to West Register Road, I’m going to the Café Royal”: cuesta, cómo cuesta mascullar eso al bajar del tren una noche cerrada (sí, a las cuatro de la tarde) y húmeda en un lugar lejano en el más amplio de los sentidos. Y a repetir la frase otra vez porque la pronunciación no es la correcta, o repetírsela a otro interlocutor porque el anterior no sabía, o nos indicó a una velocidad supersónica en un acento indescifrable: “parecen alemanes, ¿no estarán hablándome en alemán?” fue mi impresión ante los primeros diálogos que protagonicé.
No estaba lejos el reservado hospedaje: menos de una milla sobre un bus se atraviesan rápidamente; preferí no caminar el trayecto ya que sabía que tenía que subir tres pisos por escalera para llegar a la posada prometida: quedaba en las partes altas de un viejísimo pub escocés. Al llegar a la esquina indicada, todo estaba muy vidrioso, tan brilloso en el asfalto mojado: llanto de lluvia y luces de neón; busco la entrada que está en una de las calles laterales. La escalera es empinada y marcadamente caracolada. Como siempre todo está alfombrado y empapelado; el aire es cálido, de la calidez que llama al ánimo licencioso.
Mi bolso con rueditas no es todavía tan pesado pero lo arrastro con mi mano derecha mientras me empujo hacia arriba con la izquierda que se desliza por la vieja baranda de madera. “¿Estará bien tres pisos por escalera, Germán?”, me preguntaba Sharon cuando tenía en línea a la gente del Café Royal. Yo asentí sabiendo en silencio el secreto que, junto a desmesuradas dosis de inconciencia, pasión y desesperación (¿no será dable llamar a eso amor?), me permitía embarcarme en la aventura hacia lo desconocido, ese intento recurrente de éxodo de mí mismo a partir de la idea de los discos y de los recitales. La inyección secreta que me insuflaba movimiento (mínimo hasta lo imperceptible en mi cuerpo, digno de Baryshnikov en mi mente), ese pinchazo (o ese par de pinchazos) que me daba en la farmacia de la esquina, en Morlote y Paz Soldán, mi propia versión de Waiting for the Man (Fighting The Rheuma)…
El secreto corticoide muestra su alquímico poder justo a tiempo, unas semanas después de ingresar en modo intramuscular, apartando la artropatía del pensamiento para dar paso a los recitales y a los pasos que, peldaño a peldaño, me ponen ahora frente al
mostrador de recepción del Café Royal. La cordialidad en la bienvenida contrasta sobremanera con el inhóspito clima que arreciaba en las calles, es casi una toalla mullida que de estar colgada frente a la estufa pasa a nuestro cuerpo mojado y frío que
fuera rescatado de la intemperie más cruda. “You seem tired, let me take you to the room and we will do the check-in later”, fue el cordial ofrecimiento del tipo que me estaba recibiendo. En eso, mientras busca algo bajo el mostrador, entra a escena con movimientos extravagantes un tipo muy alto y delgado, con un atuendo más que llamativo. Con exagerada afectación física y tono de voz feminoide saluda con dos besos al otro tipo que le dice: “He is the one coming from Agentina, Germán” a lo cual el escuálido esperpéntico me mira con descarada profundidad mientras me sonríe y me espeta un “Hello darling” fileteado. Da la vuelta al mostrador y, tomándome un brazo con ambas manos me ofrece llevar mi bolso. “I was helping him to the room”, dijo el otro, “I will: which one is his?”, superpone el uno. Creo que el otro le dijo algo así como “Top left”, al menos eso pareció entenderse. Todo esto sucedía muy rápidamente, con la velocidad de un rayo, en secuencia de realidad. Mi nuevo amigo toma suave y lentamente el bolso de entre mis manos: “Come with me, sweety”. Todo era muy extraño, pensaba yo sin pensar, mientras mis soldados culturales se ponían en fila preparando una barricada de defensa.
Mientras cruzamos el pasillo hacia quién sabe dónde, subrepticiamente salen de una de las puertas dos tipos riendo estrepitosamente, contoneando sus corpulencias sin dejar de estar abrazados. La neurona central esbozó sus primeras dos palabras desde que había llegado al lugar: “son todos putos”, le alcancé a oír. La adrenalina típica de los viajes y del verse inmerso en una situación nueva y por tanto desconocida, había cambiado de tonalidad y no voy a decir que se había puesto rosa porque sería una adjetivación demasiado idiota: todo se había vuelto subrepticiamente sleazy and seedy. Era como una clase práctica de inglés: en el colegio alguna mínima herramienta (las primeras), luego el cuerpo del estudio en los discos: en la escucha y en la lectura de las letras y los créditos; luego vendrían los viajes y, finalmente, el aprendizaje supremo: vivir las situaciones donde alguna que otra palabra leída en papel o escuchada desde el sonido de algún disco encajan perfectamente. “Sleazy city, seedy films”. This is it. Era un descubrimiento maravilloso y por tanto agradable. Pero de esta revelación idiomática iba de la mano el susto de origen cultural, el instintivo apriete de cantos.
No conforme con todo esto y para sumar una tercera pata al malambo que se desataba en mi cerebro, al final del pasillo emprendemos una subida de escaleras más: sí, luego del tercer piso había uno más allá, el que conducía a esos altillos que están casi en la punta de los techos, justo ahí donde se asoma alguna pequeña ventana, como una segunda hilera de ojos en el borde superior del techo de tejas negras. Me había tocado el palomar…
Al acercarnos a la puerta noto dos cosas: la pequeña dimensión de la misma y la ausencia de cerradura. Para que se vaya entendiendo mejor, acá va algo en español: como leyendo mi mente mi amigo el alto me dijo que “esta habitación no tiene cerradura, pero en todo el hotel no usamos llaves, aún en las puertas que sí tienen, ALL IS VERY FRIENDLY HERE, YOU DON’T HAVE TO WORRY”. Yo escuché bien esa frase, y me la dijo así en mayúsculas. Y lo pongo en inglés porque dibuja mejor la situación. A esta altura ya estábamos dentro de mi liliputense dormitorio (mi cabeza rozaba el techo y mi amigo se había encorvado para entrar): me sonríe apoyando mi bolso al pie de la cama: “pedime cualquier cosa que necesites y sentite libre de hacer lo que gustes, por favor; espero que te diviertas mucho en tu estadía”. Nada de malo sino todo lo contrario. Pero los soldados ya estaban amotinados y habían hecho una revuelta en mi bocho: “¡emprenda retirada porque acá se lo clavan, conscripto!” Sentía voces, ruidos y murmullos lejanos (tan lejanos como de alguna habitación cercana), con la calidez de las voces que llegan de la habitación contigua durante la contenedora siesta infantil. “Breathing so heavy next to my neighbour”.
Pongámoslo así: acá, cuando una de esas revueltas ridículas de finales de los ochenta, nos perdimos de ver a New Order en un buen momento (mejor al menos que cuando nos tocó sufrirlos hace un par de años). Ahora, en el Café Royal de Edimburgo, mis miliquitos se habían amotinado y estaban en medio del operativo: “no permitamos que Germán corra el riesgo de vivir su noche Soft Cell, camaradas”. Sí, porque así como acababa de comprobar en toda su dimensión los significados de las palabras seedy y sleazy, estaba por redimensionar todas mis escuchas pasadas, presentes y futuras de Soft Cell y Marc Almond, tal vez mi artista favorito de todos los tiempos. Estaba en riesgo de un acercamiento más real a la experiencia Almond (como en una re-make de la situación del desayuno beatle en Wolverhampton). Pero los soldaditos del plomo que escribe estaban corriendo por toda la barraca, cargando las armas, gritando órdenes ridículas y advirtiéndome de peligros imaginarios: “¡es un enjambre de putos, acá te rompen el culo en medio de la noche!”
Al retirarse mi nuevo amigo el flaco y alto, mi cobardía me hizo buscar velozmente una excusa un tanto menos vergonzante que la real para emprender la retirada. A ver… La cama era un catre con un delgado colchón, no había lugar ni para desperezarse, me podían afanar porque no había cerraduras… Todo esto era cierto, pero poco hubiera importado en otra circunstancia y sin la tropa en estado de rebelión. Qué carajo importaban las dimensiones de la piecita si a mí siempre me gustó dormir pegado a la pared y ahí tenía la cama contra la pared y el techo al mismo tiempo… Me senté en la cama y traté de silenciar las voces, pero un vigilante idiota insistió: “¡váyase de este antro de vicio y perdición, recluta! ¡Un dos, un dos, un dos...!”
Sí, ya había tomado el bolso entre mis manos emprendiendo el descenso. De tanto que me aturdió la tropa no me importó el riesgo de pasar vergüenza si me cruzaba con alguno de mis ya ex amigos: ¿qué les diría acerca de mi retirada que no fuera más abochornante que la verdad? Porque no iba a tener los huevos de decirles: “mirá, esto es un antro de putos y tengo miedo de que me empomen al menor descuido, es todo tan raro acá…” Me sentía un idiota por estar yéndome obedeciendo un mandato tan ridículo como el de lo cultural filtrado en el ADN. Pero me estaba yendo, en busca de otro lugar en el medio de la oscuridad y humedad de la calle, inmerso en la temprana y larga noche de la gótica ciudad de Edimburgo.
No había nadie en el mostrador de recepción cuando cruzaba la zona por lo que emprendí el segundo descenso con renovado apuro de taquicardia. Pero en medio de la escalera me cruzo con mi ex amigo el petiso que, viéndome bajar, me dice: “Boy, where are you going?, you should be laying in bed at this very moment!” Yo, confuso como siempre, mascullé en un inglés especialmente inentendible: “Me olvidé que tenía que encontrarme con un amigo…”, percatándome en ese mismo momento que estaba bajando con todo mi equipaje cosa que exponía demasiado mi burda y estúpida mentira. Sobre la marcha trato de aclarar lo que ya era noche cerrada: “…I have to give him some stuff I brought with me…”

“Let’s get acquainted
Getting to know you
Feeling sleazy
In sleepy sin city”


Desaparecí muy rápidamente, abochornado pero con el ejército en silencio, retomando éste su absurda vigilancia desde las sombras, desde donde nos mentimos que no existe tal milicia. Una vez más el ejército aliado había vencido sobre el diabólico e imaginario enemigo, una vez más los “nuestros” se habían antepuesto a la liviandad de un acontecimiento fisiológico más, decretando que el disparador de lo biológico sólo puede tener un origen social y de género. Todo en nombre del espejismo de la libertad.

(continuará)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

ah!!! te cagaste todo con unos pobres ingleses inofensivos

Juan Cruz dijo...

Es excelente la manera de contarlo. Es excelente lo que pensas sobre el tema. Lo que no me gustó, es que te vayas. No te podes ir. Sí, a pesar del ejército, te tenías que quedar.
De última, probabas algo nuevo. jajajajaja.
Excelente como comparabas, cada vez que podías, con algún disco, tema o banda.
Resumiendo, y sin encontrar demasiados adjetivos. EXCELENTE.
Gracias por dejar que te lean.