
El gallego José Luis vivía con su madre en un primer piso de Salguero y Humahuaca. Un ph que estaba justo en la esquina: su pieza (la del Gallego) daba a la ochava (palabra que me recuerda a mi abuela Aída y a mi viejo). Ochava. Ochava. Ochava. Ochava. Ochava. Ochava. No, no vuelve, no viene, no en cuerpo. Ochava. Ochava.
No recuerdo bien dónde ni cómo lo conocí a José Luis. Sin dudas que fue en el ejercicio de conseguir un nuevo disco o la copia de algún video. Pero no puedo precisar cuándo dónde ni por qué. En su guarida, este amigo de mi mundo discográfico tenía una de esas camas con un gran cajón debajo: al abrirlo todo eran cassettes en vivo. Recitales. Piratas. Como sea que los llamáramos por esos días. El Gallego era el máximo cultor y archivista de los piratas de Spinetta. El pingüino era lo mismo pero para con los de Charly García, pero es parte de otra historia y habitante de otra calle y barrio perdidos en el tiempo: Caracas y Flores.
Esta gente estaba bien equipada: unos grabadores tipo periodista (de los viejos, no de los de micro-cassettes) con unos micrófonos estéreo incorporados que inspiraban respeto. Sony, recuerdo la marca. El de José Luis jamás lo vi, el del pingüino sí. Esta raza de coleccionistas (que la industria llama con el eufemismo de “piratas” o “bootleggers”, industria cuyos cargos directivos siempre están ocupados por imbéciles que atornillan su maloliente culo a los sillones de sus despachos fingiendo una pasión, conocimiento e idoneidad que siempre les serán ajenos) me inspiran el mayor de los afectos y admiración: creo que nunca se les dará el reconocimiento que merecen. Ni siquiera los artistas, tan frecuentemente de mentes torpes y estúpidas, les tributan lo que debieran: ellos son sus mayores difusores. Y más que muy frecuentemente también son los mayores consumidores.
Digresión superada, vuelvo al hilo e intento llegar adonde quería: a la casa del gallego iba todas las semanas, a charlar, a pasar el tiempo, a pispear discos que yo no tenía, a mirar videos, y a intercambiar material. Yo recibía lo mío de afuera e intercambiábamos con él (y varios más) copias (sea de discos o de videos) de lo que uno no tenía del otro y viceversa.
Regresando a la pieza de J.L., con ventana a la esquina, de trazo irregular y espacio amplio, recuerdo el placard que para mí era un sitio sagrado: jamás lo tocaba y siempre esperaba a que el Gallego fuese a buscar algo o a mostrarme alguna joya nueva. Abría una de sus puertas y allí retozaban los vinilos, amorosamente ordenados. Una preciosa edición inglesa de Still de Joy Division, hermoso gatefold de un cartón áspero e impoluto, un extravagante Fresh Fruit For Rotting Vegetables de los Dead Kennedys en lechoso vinilo blanco… Todo era misterioso, magnético y mágico tras aquellas puertas: el sano morbo y la angurria (sí, permítaseme este sustantivo que tan bien suena: angurria) de mi mente abría sus pequeñas puertas al unísono de la apertura de las del ropero y el rito se continuaba. Esas imágenes no se iban así nomás sino que caminaban con uno hasta la parada del colectivo, y se subían y se sentaban al lado: todo estaba por descubrirse y el ejercicio era maravilloso: porque había muchos espacios en blanco que uno mismo debía rellenar, benditos sean los días sin internet, sin torrent, sin emule, sin soulseek y sin todas estas mierdas que corrompen cualquier posibilidad de pasíon en estado de pureza y, por ende, coartan la existencia de cualquier cabeza creativa (creativa en serio.)
En otra parte del placard, en puertas más a mano y de más abajo, estaban los VHS. El Gallego copiaba videos (su tentadora lista estaba disponible bajo los mostradores de las disquerías de Buenos Aires de los mid-eighties) y así la rueda de la locura musical giraba y giraba y giraba. Como debe ser. Y gracias a estas almas justas (gracias Joman) como la del Gallego. Y como la mía, qué tanto joder y la reputísima madre que los recontraparió a todos. La mía. Ochava Ochava Ochava Ochava. La mía.
Más grande que el día en que vi por primera vez una imagen de Marc Almond en movimiento no encuentro. Tampoco busco mucho, claro: soy muy vago y desidioso. Y aquí vamos llegando: fue en lo del Gallego, claro. Fue una de las primeras veces que pisaba su casa, cuando todavía no había mucha confianza y yo, que soy un confianzudo a largísimo plazo (confianzudo hipotecario) aún no me animaba a pedirle ni a preguntarle nada respecto a lo que tenía o dejaba de tener. Una de esas veces, entonces, entro y paso hacia la cocina. Recuerdo que de la puerta de entrada pasabas a un recibidor/distribuidor. Hacia la izquierda estaba la pieza de José Luis. Hacia la derecha entrabas a la cocina: Allí había una tele apagada en una mesita y, debajo, en uno de los estantes, dos videocassetteras con los numeritos de los cuentavueltas girando y girando: “¡piratería, piratería, terminemos con el flagelo!” Forros hijos de remilputas, hoy y siempre, saquen el culo de sus sillas y vengan a chuparme un poco la pija peronistas de decimosexta.
Vuelta: mientras el gallego, entonces, va a por un refrigerio para mí (se me antoja en este momento que él estábase zampando un café con leche y que me ofreció uno a mí), me dice: “Estoy grabando el video de Soft Cell, ¿lo viste?” En ese preciso instante se me escapó un pedo que palometeó sutilmente mi eyelit: “¿En serio, lo tenés ahí?”. Yo miraba los numeritos corriendo en el display de las viejas videos: el cuenta vueltas de mi cabeza se había pasado de rosca y me salía humo blanco de las orejas: ¡¡¡habemvs papa, habemvs papa!!! “¿No lo viste nunca?” J.L. said sabiendo de lo dementemente fanático que era yo de Soft Cell y de Torment and Toreros y de Untitled (este fanatismo era lo primero que le decía a cualquier persona que conocía en esta misión de intercambiar discos y acrecentar la discoteca personal). “No, claro que no” (en ese entonces uno sólo tenía acceso a las fotos de los discos -cuando se los tenía- o, en mi caso, a algún recorte que me enviaba uno de los corresponsales británicos, o penfriends/penpals, como se decía antes -gracias Mavi-). “¡Uuhhh…! ¡No sabés lo gay que es! ¡Nunca vi nada igual! ¡Es buenísimo!” Mientras decía esto último encendió la tele que empezó a emitir imágenes de unas minas, unos tipos y unos enanos corriendo por un set de televisión, entre esa gentuza ellos: Almond y Ball. Sonaba Sex Dwarf. Enloquecí inmediatamente. Me hice un fondo blanco de lechona y terminé de ver lo que quedaba de la colección de video-clips (corta colección de videos: Non Stop Exotic Video Show) mientras hablábamos con el Gallego de Tim Pope y de la riqueza de la materia prima que tenía entre manos para hacer sus videos: Marc Almond y un delgado Robert Smith (además de Mark Hollis). Y qué canciones. Y qué contexto histórico. Y qué mundo enorme y lleno de misterios por resolver caprichosamente por cada individuo. En fin… No, no me fui esa tarde con la copia del video: no era como ahora que cualquiera tiene cdr’s o dvd’s vírgenes a mano en la casa: había que ir a comprar un vhs (a la zona de Montevideo o Paraná entre Corrientes y Cangallo -hoy Perón Puto-). Volví al otro día, munido de un TDK y lleno de entusiamso. La noche correspondiente a la tarde del primer encuentro con Marc en movimiento, repasé los tres discos de Soft Cell, los disfruté una vez más y como siempre: más profundo que Fondo de Bikini, un océano insondable al que nos sumergíamos con una escafandra hecha con lo que teníamos a mano: la imaginación, la que todo lo puede, la que todo lo completa. Seedy Films, Entertain Me, Secret Life, Bedsitter, Where The Heart Is, Forever The Same, The Art of Falling Apart, Slave to This (ciertamente), L’esqualita, Her Imagination, Disease and Desire (¡Qué bien se titulaba! ¡Ahora no saben ni ponerle nombre a los grupos!), Soul Inside, Born to Loose (o simplemente Born). ¿Frustration? No: imaginación. “¡Todo disponible para bajarse! ¡Está todo, loco!”: Best Way to Kill (yes, it’s the best way to kill everything). Say Hello, Wave Goodbye.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada