miércoles 7 de enero de 2009

I HAD A DATE WITH A PRETTY VALENTINA


Hace poco y tras más de una década de estar suspendido el trámite sucesorio, se vendió la casa de mi abuela Aída. En esa casa nací, viví unos años pre y post pie-bot (los fatídicos primeros), luego pasó a ser tan sólo lugar de visitas familiares durante ocho años hasta que, finalmente, mis padres se volvieron a mudar a un departamento contiguo a “lo de mi abuela”. El de Aída era el departamento del fondo de una de esas casas chorizo, el número cinco. Si bien mis viejos hicieron su nueva casa (y por ende la mía) al departamento 4, yo hice mi habitación a la piecita del fondo de la casa de mi abuela: un cuarto lleno de humedad que estaba más allá del patio. Ahí, aprovechando la cama de una plaza y media otrora de mi bis-abuela Luisa (la abuelita Luisa), instalé mi centro musical con doble casetera (todo una excentricidad en aquellos años) de alguna marca japonesa de segunda línea (pero japonesa al fin), guardé mis discos y casetes en estantes del placard, y pasé mis horas jóvenes esperando todo lo que se puede esperar cuando no se sabe bien (ni mal) qué es lo que se quiere.
Todo era discos y cintas, conseguir la música de nombres nuevos (novedades sólo según el siempre pobre propio conocimiento) y chequearlos como para tildar un casillero más dentro de la absurda lista que pergeñaba, esa que algún día abarcase todo lo que existe de modo de poder morir en paz, eventualmente.
Debajo de la mesita que sostenía al centro musical siempre había alguna revista y la última carta que había llegado de Inglaterra escrita por aquél corresponsal anónimo con el que cambiaba discos hechos acá por discos de verdad (los made in allá, Wonderland), carta llena de absurdos balbuceos en un idioma que siempre me será ajeno (sí: el español no es la única lengua que nunca aprendí a usar con propiedad).
Las puertas centrales del placard permanecían abiertas porque ahí dentro yacían los discos, las revistas ya leídas, y flyers que venían con alguna de esas cartas que mencioné más arriba pegados sobre las paredes internas del ropero haciendo de pequeñas puertas por donde la cabeza solía escurrirse e iniciar un alucinante viaje hacia donde no somos, hacia el origen de todos esos discos, esos casetes y esos videos, esos objeto mágicos a los que en el fondo no les reconocía origen ni procedencia precisos (es decir conocidos o comprobados: a esa altura los viajes sólo habían ocurrido en mi imaginación), ni historia previa a la mía propia. Venían a ser como mis padres pero mucho mejores (peores): a los discos sí que los quería escuchar, y todo el tiempo.
Resulta entonces que hace pocas semanas se vendió esa casa, la de Aída… Pero antes intenté conservarla: pensé en la posibilidad de vender mi propia casa (“a house is not a home” así como “a house is not a motel”) para así poder retener la de mi abuela y, con unos ahorros, ponerla en condiciones para allí vivir lo que resta (siempre resta lo que queda). Desistí del asunto porque me agobiaba la idea de una venta y una compra (todo un pequeño infierno de trámites, legalidades y dolores de cabeza), además de una obra de refacción de grandes proporciones y, como frutilla del postre, una mudanza larga y dolorosa. Demasiado mucho para demasiado poco.
Luego y en muchas oportunidades, en el tiempo entre ocurrida la venta y el presente, pensé a todo el asunto como una lamentable pérdida. Pero esta tarde opino lo contrario: que no constituye una pérdida en absoluto. ¿Para qué quería volver a habitar esa casa? ¿Para entrar a esa misma piecita del fondo y desconocerla hoy más que nunca? ¿Para buscarme en el lugar equivocado donde precisamente yo nunca estuve? Hay un abismo de eternidades entre estos dedos artríticos que golpean las teclitas y el sólo recuerdo que hoy persiste de aquél habitante de la húmeda habitación del fondo de lo de Aída. Un abismo respecto del recuerdo y ninguna conexión ni similitud ni cosa en común con aquél ser en sí mismo. Se me hace imposible la idea de que yo haya habitado el cuerpo de estos recuerdos. Ni que este cuerpo que teclea ahora sea el mismo que aquél, aunque infinitamente envejecido y tan avanzado ya en el camino hacia la pudrición total.
Así, en mi apenas casa de West Florida, está mejor. A salvo de toda la humedad de esa piecita y, a su vez, dejando a salvo los recuerdos que persisten, aunque cada vez más imprecisos, distorsionados y caprichosos (léase mejorados y por ende más verídicos), en esta cabeza mohosa.
El moho de esta caverna dibuja tapas de discos: en continuo movimiento y danza macabra va cambiando la portada de turno, cual info-trans de un idiota incurable. Pero la que más garabatea cuando se piensa en aquella piecita es la de un disco editado en 1988.
En aquellos tiempos grababa casetes y videos de las cosas que iba recibiendo de afuera. De esta forma me hacía de dinero suficiente como para seguir comprando discos (siempre afuera vía mail-order) y pagar los costos de cartearse con extranjeros quienes me enviaban también, vaya obsesión, más discos y videos. Recuerdo que ponía avisos en Segundamano y en algunas revistas como CantaRock y alguna otra cuyo recuerdo prefiero evitar (suficiente bochorno con mencionar a esa que nombré): “Grabo discos The Cure, Siouxsie, Echo and the Bunnymen, The Stranglers, etc…” Así aparecían los compradores. Y compradoras. Ellas eran abrumadora minoría, claro. El rock siempre tuvo olor el a huevo como una de sus tantas peores cosas.
El asunto es que hoy recuerdo una vez más, y especialmente, a una chica; y con ella a un disco. La niña había aparecido para comprar alguna grabación, y luego reiteró presencias para canjear algo, o simplemente con el objeto de hacer sociales. Algunas cosas sueltas con las que bien se podría armar una historia, una de las que no sucedieron porque, como sabemos, todo lo que en verdad sucede es simple y justamente aquello único que se dejó de imaginar (tanto antes como incluso después del suceso): su nombre, Valentina; su piel blanca y el pelo muy negro, largo y lacio, su solo arito plateado en la oreja derecha; su ropa negra; su delgado cuerpo, de una delgadez de 16 años; sus dientes lechosos; sus ojos que todo lo imaginaban a falta de haber visto; el cubrecama de líneas y puntos que formaban figuras geométricas con el cuadrado como forma dominante; la ventana de cara al patio con la persiana americana entreabierta; la psoriasis insistente debajo de la manga larga y, mal de males, del slip; la calle San Pedrito donde ella vivía (la continuación de José M. Moreno, casi frente al cementerio de Flores, en unos mono-blocks); el colectivo 63 que se tomaba y las instrucciones una vez dadas para que, luego del descenso, encontrase mi casa (o la de mi abuela Aída, en la calle Morlote); el recuerdo de hacerle escuchar un disco mientras estábamos sentados al pie de la cama de plaza y media… El disco en cuestión había salido apenas dos meses antes en Inglaterra y yo ya lo tenía grabado en un casete que recién me había llegado con una carta desde ese bendito país (que se fundó allá en mi infancia a fuerza de tenaz y terca imaginación). Por esos días no paraba de escuchar ese álbum en mi walkman, a todo volumen, con las luces apagadas y tendido en la cama. Fascinado por los abruptos cortes de la sección rítmica (y los cambios de tempo como por deslizamientos repentinos pero lo suficientemente lentos, sin punto de quiebre en sí mismo), y por el truco sonoro de hacer que nos parezca que la cinta está patinando (o que una correa de la bandeja está estirada y el giro del plato no es regular), llegaba a pensar que la canción estaba empantanada en mi cabeza: guitarras chirriantes, mis botas pony y cocodrilos, absurda idea que tenía efectos narcotizantes en mí, siempre tan lejos de los químicos no prescriptos por los inescrupulosos médicos. Y eso era casi todo. Dos cuerpos todavía nuevos, dos mentes todavía sin demasiado pasado que creían haber descubierto en la música un bálsamo para insospechados aunque eventuales tormentos aún lejos de venir, aún tan lejos de vivirse. Uno, fascinado por descubrir que se le puede contar a alguien que nos gusta acerca de todo ese mundo absurdo que escondíamos y atesorábamos en la piecita húmeda; una, que dejaba que el brillo de dos ojos negros hiciera un simultáneo de luces con el de los dientes lechosos que los labios finos, en un ensayo de sonrisa, le permitían a uno el privilegio de ver.
Supe siempre, aunque recién hoy me descubra escribiéndolo, que el origen de mi preferencia por las mujeres de pelo y ojos negros, morochas de tez blanca (y si vienen con un solo pequeño aro de plata, tantísimo mejor) tiene origen en aquella vez que Valentina se había sentado al pie de la cama para escuchar aquél disco… (sí, se llamaba Valentina, no estoy inventando esto para que algo en el relato cierre, lo juro).
"Isn´t Anything" de My Bloody Valentine está ahora en su versión CD en una de las estanterías donde reposan mis discos en sepulcral silencio, acá en mi casa de West Florida. El fantasma de aquél disco está ahí, aunque nunca haya vuelto ni jamás vuelva a escucharlo (para éste que soy hoy carece de valor e interés alguno). A la calle San Pedrito al fondo, donde los mono-blocks, nunca más se me ocurrió ir. Seguramente hice bien, tanto como acerté al no haber retenido la casa de la abuela Aída.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuando escuchás "The Left Banke doing PRetty Valerina", te morís ...

Chino.