jueves 8 de enero de 2009

ILUMINACIONES


Una vez, no hace mucho, yendo hacia la Ciudad Universitaria a cursar un par de materias con el objetivo de poder luego asistir a algunas clases de la carrera de Letras en la UBA (lugar del que luego huyera rápidamente: pestilente antro donde estudiantes crónicos se pasan la vida haciendo política de estudiantina tercermundista, confundiéndolo todo), tuve lo que, tiempo después, Andrea calificara como “iluminación”. Podría explicar la sensación muy vagamente: mientras caminaba por los parques que anteceden a los pabellones donde se desarrolla la actividad estudiantil (la caminata era larga desde la estación de trenes Scalabrini Ortiz hasta el último edificio del complejo) el sol, repentinamente, se dejó caer suavemente sobre la totalidad de mi piel, como al unísono en cada rincón de mi cuerpo en un suceso de simultaneidad para mí sin precedentes. Al mismo tiempo sentí como que el cuerpo se relajaba y se alivianaba de tal modo que me pareció flotar mientras avanzaba. Y los pensamientos se evaporaron subrepticiamente. Un instante de despreocupación absoluta, un momento que se escurrió como agua entre los dedos y que me dejó en un estado de gracia que duró un buen rato (tal vez hasta diez minutos): “Si está todo bien, Germán, claro”, fue el pensamiento en bajorelieve que quedó luego de esa mágica millonésima de existencia. “Te viste sorprendido en el tiempo presente, eso es lo que se llama iluminación”, dije antes que me dijeron unos meses luego del suceso, cuando se lo relaté a Andrea.
Puedo recordar dos momentos similares más a lo largo de mi vida (o de la memoria actual de lo que fue mi derrotero). Uno fue mientras caminaba cruzando el Congreso de la Nación. Era una noche de Septiembre y prefiero dejarlo así como críptica mención ya que es algo que pertenece a mis “theatre years”, extraño período que dejo para otros capítulos de esta enciclopedia de sinsentidos que bien podría titularse “For no one”.
Bueno, a ver… La más vieja de mis iluminaciones no transcurrió en estas desoladas pampas. El 21 de Septiembre de 1994 tenía entrada para ver a Ride en el Royal Albert Hall. Presentaban lo que para mí es su mejor disco, “Carnival of Light”. Para disfrutar la velada desde el principio entré al Hyde Park por Lancaster Gate. Desde esa puerta, si agarrás siempre derecho, terminás topándote con el Albert Hall. Con pasos lentos fui, entonces, contemplando el siempre cautivante paisaje del céntrico parque londinense, parando en este y en aquel banco para observar mejor, para mirar más despacio, para que el cruzar el parque dure treinta o cuarenta minutos en lugar de siete. A la derecha el lago, la Statue of Physical Energy (“justo a mí me lo viene a decir…”), monumento ante el cual, una y otra vez, sin importar el paso del tiempo, me detengo boquiabierto no menos de diez minutos; perros, verdes y curvados bancos, senderos, hombres y mujeres. Todo mientras nos vamos acercando al magnífico Albert memorial. Ordenada su construcción por Queen Elizabeth en memoria de su esposo King Albert. De estilo gótico-victoriano, fue diseñado por Sir George Gilbert Scott, de quien seguramente se han inspirado Gilbert and George para bautizarse. La estupenda estatua dorada del Rey Albert es realmente impresionante. Allí, en las escalinatas circundantes al memorial, se hace la última parada (o mejor dicho sentada) antes de salir del parque para cruzarse al fastuoso Royal Albert Hall.
El soporte de Ride ese miércoles dulce y liviano era Supergrass. Pero a ver si me explico. Era Supergrass, pero no era Supergrass. Porque vos estás leyendo esta palabrita que, en contexto rockero, tiene una carga y un preconcepto impresionantes. Nestún pre-digerido desde hace por lo menos 13 años. El soporte era Supergrass, una banda que no tenía en la calle ni un solo simple (Caught by the Fuzz sería editado un mes más tarde, a fines de Octubre de 1994), tres pendejos que aparentaban tener aún menos de los años que portaban: Gaz Coombes recién había cumplido dieciocho. Habían tocado una sola vez en the Jericho Tavern de Oxford en Abril del 94 y luego habían comenzado la gira de Ride como acto soporte, unos pocos días antes de la nochecita del Albert Hall. Es decir: Supergrass era Kalabalangaaasalmman (gracias Nicolino Roche). Era una palabra, sin carga: la muerte para los paladines de la cultura rockera de estas tierras. ¿Quién te avala a Supergrass el 21 de Septiembre de 1994? Yo no tengo el problema de los avales (y es por eso que siempre me perdió el tema de la música, los discos y los recitales: explorar en serio, desarrollar la intuición y el mecanismo de la propia neurona: definir mi gusto solito). Algunos necesitan avales del Sí de Clarín o de Rolling Stone (luego evolucionaron y comenzaron a precisar de los avales de la NME -siempre veinticinco años tarde, como mínimo: llegan cuando no queda nada, a comer de la basura, cartoneros culturales- o cualquier publicación siempre devaluada, en especial en contacto con ciertos cerebros), y salen los viernes a buscar el nombrecito de turno, con el suficiente aval externo del “gusto” propio. A mí, afortunadamente, nunca me ocurrió tal cosa.
El Albert Hall estaba acondicionado para la horda de juventud que lo visitaría aquella noche de Septiembre del hemisferio norte: nada de sus preciosas butacas tapizadas exquisitamente en “el piso” (o en el ground floor, o el “campo”, o como quieran llamarlo, you know what I mean). Sobre un piso adicional de sólida madera hileras de asientos de plástico con respaldo atornillados. Los asientos de cada hilera estaban unidos entre sí por barretas de hierro soldadas. Yo tenía fila tres (había llamado por teléfono a la agencia de tickets el mismo día en que se ponían a la venta, a la agencia de Argyll Street donde he dejado una millonada en booking fees a lo largo de los años) asiento no me acuerdo (bien al centro). Y me senté a esperar. Cuando sale Supergrass (perdón: Kalabalangaaasalmman) el recibimiento del público es casi de indiferencia: un teatro todavía al cincuenta por ciento de su capacidad emitiendo un murmullo casi continuo mientras se esperaba a Ride. Juro que nunca había visto tres tipos tan jóvenes apersonarse en un escenario tan impresionante e intimidante. Sus pequeños cuerpos, puro desgarbo adolescente, tomaron posiciones con una frescura deslumbrante. Mientras Danny probaba sus tambores dando algunos golpes frenéticos que no podían más que remitirme a Keith Moon y Mick se colgaba un muy pesado fender para su todavía escuálido cuerpo, Gaz, ya frente al micrófono y con su telecaster a cuestas dijo, mientras inclinaba su cabeza de lado y torcía la vista hacia el techo del recinto: “Ha, look Ma’… The Albert Hall…” Luego raspó sus cuerdas mientras el baterista comenzó a marcar el ritmo y se vino el vendaval. Un infierno esos tres pendejos, energía pura, frenesí y descontrol melódico como nunca había visto en un grupo pop. Era Caught by the Fuzz (supe luego cuando, al finalizar la canción, el cantante la mencionó y avisó que iba a ser el simple debut que se suponía salía en un mes o dos, según nos dijo a los presentes esa noche). La platea, atónita, observó boquiabierta todo el corto set del trío de Oxford prestando la mayor atención. Pero nadie se descontroló. Yo miraba hacia los costados como buscando cómplices a mi desmedida excitación, pero no me parecía encontrar un eco acorde a mi taquicárdica alegría. Es que estaban esperando otra cosa, no a los Kalabalangaaasalmman. Ellos habían pagado por Ride. A mí me habían devuelto el dinero, penique por penique, esos tres pendejos endemoniados.
Lo de Ride fue notable también, no me defraudaron. Arrancó Moonlight Medicine con una fuerza y una consistencia tales que toda la sala recibió un cachetazo descomunal. No habían pasado ni dos minutos desde que el grupo de Andy Bell y Mark Gardener había aparecido sobre el escenario y las cinco primeras filas de asientos habían desaparecido: la adorable indiada primermundista había levantado en andas a las filas de sillas y, en medio de un maremandum de cuerpos cálidos, las había arrojado con inconciencia hacia atrás. Magnífico rush adrenalínico con un soundtrack a la altura de todas las circunstancias del día.
En esa catedral del buen gusto, ese templo de la civilización, el rock es cierto y tiene su espacio. Es el ADN, es el inconciente colectivo de un pueblo con una historia y gallardía muy poco frecuentes. Yo era un testigo por error, un traductor improvisado, un indio suburbano que se voló de su tienda y emprendió un camino sin retorno: el de intentar decodificar lo ajeno, magnetizado por lo incomprensible. Y ahí es donde reside el atractivo: en lo incomprensible, justo lo que incomoda tanto a estos falsos profetas del rock que tan hinchado los huevos me tienen. Flacos: yo sí que no entiendo, ¿entienden?
Al salir ya eran las once de la noche. El Hyde Park cerrado, y yo caminando por su vereda, cruzando la calle desde el Albert Hall, tocando las rejas. Liviano como nunca, en un brevísimo instante de iluminación, de vida eterna. Se pasó pronto, prontísimo. Pero esta tarde lo recuerdo, con la vaguedad de lo reparador.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Supersóny!!!!!!!!!!
Grande. Hay esos momentos, si. Yo también gracias a Dios tuve los míos, conozco gente que no tuvo ni uno. Ni uno!!!
Siempre los tuve en soledad. A veces sobrio y otras veces en ese estado que se produce cuando todavía no estás totalmente borracho. Sino en ese instante en que estas "justo", después viene una debacle, pero hay un momento en que la cantidad justa de Guinness hace que tu sonrisa solitaria en la cara este diciendo: "yo entendí al Ulisses de Joyce" (aunque no hayas pasado de la página 50).
Ride me hubiese gustado verlos. En realidad me hubiese gustado no perderme esa excitación que deben haber generado en "ese" momento. El pibe que, inconscientemente ("que inconsciente..." diria la abuela Tula) levanta el banco del Albert Hall y lo tira para atrás. Ese tipo, era protagonista de la escena que Ride estaba ayudando a construir (protagonista inconsciente, yo como yo soy inconsciente cuando me siento a jugar con Justina). La inconsciencia de lo cotidiano para ese tipo era Ride.
Hubiese estado bueno.
Me voy a dormir, mañana si puedo paso.
Abrazo
Joman