miércoles 14 de enero de 2009

THE WASTE LAND


“En la escuela nada de política, termina en pelea y no vale la pena”. Cosas de mi viejo. Lo mismo extendíase al tema fútbol: vestir la casaca de un club o pegar insignias en la carpeta era motivo de eventual discordia al pedo. A la cancha se va sin bandera ni camiseta. Cosas de mi viejo.
Hoy fui al Correo Central, al Palacio de Correos, como se lo conocía en algún tiempo. Me cuesta, me cuesta mucho todo, hace rato que tenía que ir, porque desde que estoy en este local de esta galería pretenciosa (creen que están en South Kensington, en Harrod’s, aunque allá se debe pagar mucho menos en concepto de expensas) me han afanado cuatro paquetitos con discos. “Tenés que ir al central, de ahí salen las camionetas”, díjome alguien. Al pedo y no sé para qué, pero tenía que ir...
En el tren, para ir, frente a mí estaba sentada una chica muy parecida a Kristin Hersh: ojos muy claros, mirada mitad extraviada mitad ansiolítica, regordeta (o semi cara de galleta), atractiva en el modo Hersh. Iba tomando mate con quien evidentemente era su madre, en un mate de cuero que decía Paraguay; el acento de ambas confirmaban su verdadera procedencia. Estuve a punto de pedirle una versión al paso de Rabbits Dying, después podíamos pasar la gorra y todo. En serio que era parecida. Y juro que hace como un mes viajé a tres asientos de Andrew Eldritch. Con sus aviators negros, durmiendo la mona dark de la noche anterior, cabeceando hacia la derecha. Lástima que no tengo cámara digital, que si no en el Ferrocarril Belgrano los voy retratando a todos para subirlos acá.
Retiro es una zona espantosa, pero si no me vengo en tren demoro dos horas mínimo. Me tomo el 33 (el bondi de Cristo) y me bajo en Alem y Corrientes. Hacía siglos que no pasaba por ahí, un lugar que frecuentaba muchísimo en la época de los penfriends y de los intercambios de discos con corresponsales extranjeros. Cuando mandaba vinilos de edición nacional a coleccionistas de otros países me gustaba despachar los paquetes desde el Correo Central: me daba la sensación de que iban a salir inmediatamente del país, y cuanto antes hicieran eso los discos, mejor.
Bajé del colectivo, entonces, y crucé Alem. Luego hice lo propio con Corrientes. La pequeña puerta de entrada al edificio que da a la primera de las avenidas mencionadas estaba cerrada. Voy para el frente del palacio, hacia la fachada que da cara a la Casa Rosada. Distraído como siempre y mirando en el suelo correr los propios pies una carrera de obstáculos contra absurdos pensamientos (qué buen juego de poleas arman) voy subiendo las escalinatas en abierta diagonal. Un pibe tomando una coca de 600 con cara de extranjero, una aureola de algún líquido derramado ya seco, otra más y otra más. Cuando me faltan dos o tres escalones para llegar a la meta levanto la vista y veo una de las monumentales puertas, la correspondiente a esa escalera que estaba terminando de subir, cerrada. A sus pies un colchón derruido y un tipo más sucio que una papa negra tirado sobre el mismo. Un par de botellas, trapos y algunas bolsas. Bajo instintivamente un par de escalones y sigo hacia mi derecha, para entrar por la puerta siguiente. Encuentro lo mismo, pero más: dos colchones y tres personas, y más bártulos. No hace falta contar qué había en las dos puertas restantes correspndientes al frente del edificio; podría agregar sí algunas miradas de pocos amigos de los yacientes, como si de un indefinido odio ancestral se tratase. Desciendo las escaleras tratando de no pisar las numerosas y grasosas aureolas que dibujan las escalinatas cual búlgaros de la corrupción y decadencia humanas ultimísimas y doy vuelta a la esquina por la calle de atrás, por donde salían las camionetas. Encuentro solo una de ellas estacionada en la dársena que se adentra un poco en la vereda, muy estrecha en ese punto, casi oficiando de entrada secreta al palacio. Toda la calzada está ocupada por pilas de cartones contenidos en bolsas de arpillera: explotan. Carros improvisados, papeles, basura, mugre. Un tipo joven custodiando el cargamento, un par más deambulando. Me acerco a la camioneta cuyo conductor estaba descansando en su asiento; le pregunto: “Disculpame, necesito ir a la dependencia de donde salen las camionetas a repartir encomiendas por la zona: ¿sabés dónde es?” Me responde que en el primer piso, que le pregunte al de seguridad si puedo entrar, pero agregó que las camionetas también salen del Centro Postal Internacional de Retiro.
El tipo de seguridad, con cara de pocos amigos, me dice que ahí no es, que no se puede entrar. Le pregunto por dónde entra el público para ser atendido, para despachar una carta o lo que fuere. “No, esto ahora pertenece a Telecomunicaciones, no hay más atención al público”. Pregunto por la oficina desde donde se comanda el reparto de las camionetas para los habitantes de la zona. “Acá no hay nada, desde marzo que esto cerró. Andá a Cangallo y 25 de Mayo”. Doy otra vez la vuelta, y llego nuevamente a la esquina de Corrientes y Alem. Tomo por esta última y vuelvo a andar sobre mis propios pasos de diez minutos atrás, pasos que había dado distraído, ni bien hube arribado al lugar. Horrorizado por el desolador panorama, ahora miro detenidamente en derredor mío. Recuerdo que en esa cuadra y allá en el tiempo había tres quioscos de revistas, muy bien provistos, además de las paradas de colectivos con mucha gente esperando. Las paradas, hoy, hay que adivinarlas en un par de postes de hierro derruido, sin pintura ni señales indicadoras. Gente aguardando colectivos, casi ninguna. Tuve ganas de desaparecer de inmediato, pero no subiéndome a un autobús: si esas eran paradas y esos pasajeros aguardando, yo quería ser abducido por un ovni. Antes de cruzar y meterme bajo tierra para salir en subte, pasé por el único de los quioscos de periódicos sobreviviente. No había revistas casi, sí muchos posters de no sé qué cosas, algunas revistas viejas de crucigramas, un par de diarios, y un tipo esperando la muerte en un banquito de lata. Sobre la mesa principal, donde podría haber infinidad de revistas de distintos tipos exhibiéndose esperando la avidez del eventual lector, había cuatro prendedores gigantescos, de esos que se hacen con fotos y que son como botones con el alfiler detrás, esos de latón. Cada uno de ellos tenía una foto diferente, a saber y en este orden de izquierda a derecha: Juan Domingo Perón, Eva Duarte de Perón, Ernesto “Che” Guevara Lynch y Diego Armando Maradona.
Como dije, no fui hasta Cangallo y 25 de Mayo porque me tiré de cabeza por la boca del subterráneo. Ah: El de seguridad había dicho Perón, no Cangallo. Y eso que era mucho más viejo que yo.
“No hables ni discutas de política, que no vale la pena.” Tampoco de fútbol. Cosas de mi viejo con quien yo discutía tanto... Cosas de mi viejo. Hoy está en mi pensamiento, encarnado.

2 comentarios:

Fantômas dijo...

Buen blog che! Te invito a darte una vuelta por el mío, creo que te puede llegar a interesar por las cosas que veo que posteás (y de paso si querés intercambiamos enlaces).

Mi blog, principalmente sobre música, lo podés encontrar acá:

Soy del Montón

Un abrazo.

Anónimo dijo...

ese paisaje... tan avellaneda blues!... abrazo amigo. buen post.
Walter