viernes, 23 de enero de 2009

NORTH COUNTRY BOY


Cuando no existía el basurero internet uno debía ingeniárselas en serio para dar, en un continuo de estupenda laboriosidad, con los lugares donde se conseguían discos. Y, una vez allí, todavía faltaba practicar un par de cabriolas más para efectuar el pago y esperar a por el divino envío. Hoy en día, aún mediando este tumor malignísimo en el interés genuino de cualquier mortal (léase la internet y la reputísima madre que te parió), la mayoría no se las arregla solito: está lleno de gente que, una vez que nos vamos (o mientras, aún estando, nos distraemos en un momento de debilidad de carácter), revuelve nuestra basura en busca de algún despojo o descuido de donde hurtar un dato. Pero en aquellos días todo era más claro: cartoneros de este tipo aún no se habían inventado y era más fácil separar la paja del trigo. Es decir: había algo de trigo.
El último tercio de cada número de la maravillosa revista británica Record Collector estaba ocupado por lo que se llamaba “listings”. Allí, una serie de dedicados comerciantes del disco publicaba su stock (o parte del mismo) ofreciendo su envío a interesados de todas partes del mundo. Por lo general el párrafo inicial era destinado a la exposición de las condiciones de pago, del cargo por correo a los diferentes continentes y otras generalidades. Luego venía la lista sí misma: nombre de artista y título, formato, condición y precio del artículo. Los que seguíamos la revista a sol y sombra para comprar discos a troche y moche ya teníamos distinguidos a los diferentes dealers. Cada uno tenía una especialidad y un perfil determinados. No puedo explicar la excitación que despertaba en mí la RC llegando a mi casa cada mes en su sobre de papel madera con una etiqueta blanca donde se encontraban mecanografiados mis datos. Sólo comparable a cuando iba para el campito junto a la estación de Coghlan para jugar un picado: la taquicardia arremetía contra las piernas locas que comenzaban a apurar el paso para llegar un segundo antes al potrero y dar el primer shot al arco vacío celebrando así el ritual del coito en gajos de cuero… Bueno, cuando abría el sobre marrón donde venía la Record Collector sentía exactamente lo mismo. No sabía por dónde arrancar, por qué dealer empezar a revisar… O si mandarme directo a alguna de las notas que llenaban los dos primeros tercios de la revista. ¿Puede haber mejor sensación que tener el último número de la RC, servirse un vaso de Coca Cola con un pebete de jamón y queso, sentarse al mejor sector de la mesa sobre la silla más cómoda con un lápiz en mano, tan sólo para empezar a hacer pequeñas marquitas a la izquierda de cada línea de interés? I don’t think so…
Un día, revisando una y otra vez los benditos listings, encargué unos simples limitados de The Cure que me faltaban. Se los pedí a John. Es así que comenzó nuestra corresponsalía, nuestros intercambios en un muy amplio sentido. Y hoy estaba yo in situ, andando los mismos caminos que atravesaba la camionetita del Royal Mail para entregarle mis misivas a Mr. Eastwood. Hoy iba yo mismo en el Ford chiquito pero bastante nuevo, con Sharon al volante y John del lado del acompañante. Desde atrás, viajando justo en el centro del asiento, sentía reminiscencias de mis viajes en el Peugeot 504 del tío Toto, cuando nos llevaba junto a mi hermano Marcelo y mi prima Gabi a la fonda “Qui si mangia bene”. En el auto de mi pariente militar me encantaba viajar encima del apoyabrazos que en los 504’s se bajaban desde el centro del respaldo del asiento trasero (estaban empotrados allí cuando no se desplegaban). Sentado ahí me sentía alto e importante, casi como si pudiese caminar. Ilusiones de mi infancia…
Retomando, con Sharon y John me sentía como un gigante alguna vez exiliado pero finalmente devuelto a su tierra de sueños, de subidas y bajadas, curvas y contracurvas de paisajes de un verdor inefable: ¡lo que sería ese mismo paseo en medio del verano! Por suerte era un día sorprendentemente despejado y con un sol que suavizaba cualquier borde del pensamiento, por más filoso que fuere. Por supuesto que íbamos escuchando a The Cure: era una cinta que tenía, de un lado, el álbum Wish completo y, del otro, todos los lados B de los singles correspondientes al disco, incluidas las versiones extendidas de las caras A. Tremendo, estoy andando en este mismo momento, oyendo, mirando, latiendo. La favorita de Sharon es Halo, la de John A Foolish Arrangement. Es que estábamos hablando de lo extraordinariamente buenos que eran todos los lados B de cada single extraído de Wish. Ni bien John me nombra a su favorita (cuando la canción comienza a sonar) yo le retruco: “ya sé por qué, es por la línea de bajo, te lleva a Sisters of Mercy, te gusta por eso”. Se empezó a cagar de risa. Me dijo que era la mejor línea de bajo que había escrito Simon Gallup. Yo no lo volví a retrucar luego de esta explicación, no soy inglés pero tengo mis modales.
Viajamos unos cuarenta minutos por ruta a una velocidad más que considerable, así que calculo que habremos recorrido por lo menos unos cuarenta kilómetros. En un momento, al tiempo de comenzar un descenso, se avista una hermosa casa allá a lo lejos, en el tope de una nueva colina. “Up there, look: I was born there, that’s me house.” Sentí una enorme envidia y una alegría intransferibles: en el acto cruzó mi mente que yo pude haber sido él, que yo pude haber nacido en ese paisaje y mascullado el silencio de su misma lengua madre. Estábamos yendo a lo de la mamá de John (que es una inglesa: ¡lo único que le falta a mi vieja!). John había nacido en una hermosa casa junto a un enorme pub y posada en el medio de las midlands inglesas, y allí íbamos a almorzar y a pasar el día hasta que se hiciera la hora del primero de los shows de The Cure en el Birmingham NEC. John, hijo único de los dueños del pub de la campiña.
Mary, su madre, era una inglesa de una jovialidad, fortaleza y bonhomía perdurables. Alegre de carácter, nos recibió con aspavientos y atenciones desmesurados. Mientras Sharon se iba con Mary nos servimos un par de generosas pintas de cerveza tras lo cual nos dirigimos al impresionante parque trasero del establecimiento: allí nos sentamos a una de esas mesas típicas de pub inglés que son de una sola pieza, la mesa y las banquetas, completamente hecha con listones de madera opaca. El terreno era irregular y las subidas y bajadas lo hacían irresistible: uno no quería más que tirarse al suelo para rodar y sólo detenerse para dar un nuevo sorbo al vaso. Desde la mesa mi amigo inglés me mostraba cosas en distintas direcciones y yo miraba a la distancia adivinando con la pequeñez de lo lejano cada una de las historias de vida que me iba narrando. Había nacido en la habitación de arriba de la casa, la de la ventana central, lugar que en su niñez avanzada se había convertido en habitación propia, donde había escuchado sus primeros discos propios y tramado su primer banda, espacio donde, un tanto más adelante allá por el año 1981, ensayaba con el grupo con el que salió a tocar por ahí una temporada: The Soft Cell Bastards. Vaya coincidencia, the world is a handkerchief! No podía creer cuando, al día siguiente, me mostraba un video que conservaba de una de las presentaciones en vivo: John delgado y con todos sus dientes (al menos los frontales) haciendo un synth-pop-rock mezcla perfecta de Soft Cell y Magazine. Era evidente que la vida típicamente inglesa ligada a los discos y a las bandas de rock le había pasado factura al pobre de John, quien seguía sufriendo los coletazos de un par de vicios que se le habían hecho perennes. Pero él insistía en sonreír con todos los espacios que alguna vez fueran ocupados por sus denticiones y te hacía sentir en casa.
Comimos como bulldogs: unos bifes impresionantes con papas fritas y huevos fritos y arvejas y más cervezas, y cebollas fritas y más cerveza. “You will taste the best beef in the country”, amenazó John en el camino. Y tenía razón, vaya si la tenía…
Luego, allí dode el afternoon se confunde con el evening, comenzamos a desandar el camino de la mañana, hilvanando el que había de emprenderse hacia el National Exhibition Center, cita de los dos primeros recitales de la gira Wish de The Cure.
El concierto fue fantástico (The Cure tuvo entonces el mejor momento en vivo de toda su historia, no me vengan con las frases hechas sobre el Prayer Tour y todas esas giladas que todo el mundo repite como loro) en un sitio muy parecido al G-mex de Manchester: un gigantesco galpón de exposiciones con estructura sólida y de primer mundo, un arena donde hay que meter mucha gente para hacer un sold out gig.
Cuando el recital había terminado, permanecimos en nuestros asientos esperando a que se vaciara el recinto. Cuando quedábamos pocos, John no pudo con su genio fetichista y, como rápidamente me di cuenta, quiso aprovechar la rareza de un pibe que había viajado desde Argentina únicamente para seguir la gira de The Cure (recuerden: año 1992, ahora cualquiera con nada se hace el vivo y el loquito…) y se arrimó al costado del escenario a explicarle eso a alguno, viendo si podíamos así ingresar al backstage. Me horroricé cuando me percaté de todo el asunto y le dije a John que no hiciera nada, que estaba bien así y que nos fuéramos. Él insistía: no quería perder la oportunidad. Le decían sistemáticamente que no podían hacer nada, y él tiró su último naipe: “at least a signed Picture”, alcancé oírle decir. El corpulento roadie desapareció para regresar en menos de dos minutos: le entregó a John una promotional picture autografiada por cuatro de los cinco integrantes de la banda (más adelante, con acceso a una intimidad más reveladora, me enteraría y comprobaría que Simon Gallup , muy especialmente si se trata de shows dentro de Inglaterra, se retira -o a veces, ante la imposibilidad de salir, se recluye- inmediatamente después de terminado cada show: de todas maneras el peludo bajista no había sido parte de los dos shows de Birmingham en ocasión del Wish Tour ya que estaba enfermo habiendo sido reemplazado por Roberto Soave, bajista de The Associates, Shelleyan Orphan y Presence, todas bandas relacionadas de un modo u otro con The Cure). Todavía conservo la foto: la enmarqué y siempre estuvo colgada en el vértice de uno de mis muebles de discos.
Confieso que durante el viaje de retorno sentí un poco de pena, pena por el intento fallido de John por conseguir un momento de gloria compartiendo un backstage con sus ídolos (luego me confesaría que sólo lo había visto a Robert una vez, durante el Kissing Tour, oportunidad que había aprovechado para hacerse firmar unos cuantos ítems), intento que, y yo lo comprendía como nadie, era de ambición personal, puro egoísmo de coleccionista. Sentí pena porque él se lo merecía, es más: porque le correspondía. John estuvo en cada uno de los tours de The Cure desde el año 1979, en el recital más cercano a su domicilio de cada una de las giras. Conservó todo, tickets, flyers, merchandising comprado, programas de conciertos, etc. Se lo merecía con creces, le correspondía. Pero sabemos que lo que corresponde pocas veces sucede, especialmente cuando la estupidez es la moneda de cambio que hace girar al mundo.
Los comentarios sobre el concierto fue la comidilla del viaje de regreso, además de las expectativas para el día siguiente: ¿repetirían el mismo set list, cuántas canciones cambiarían, qué nos gustaría que tocasen?
Cuando llegamos comimos unos sándwiches tras lo cual llegó el momento esperado: el sueño del santuario. Disimulé lo mejor que pude mientras comíamos: ¿se me notaría mucho que estaba pensando todo el tiempo en eso? Siempre supe que los pensamientos, cuando son producto de la pasión y se dibujan con trazos de gruesa intensidad, pueden verse desde fuera. Esta ocasión no tendría por qué ser una excepción… “Are you tired, Germán? Ready to sleep?” me dijo Sharon, mientras enfilaba hacia el templo como enseñándome el camino. John permaneció en el living, como si se estuviera haciendo el tonto mientras me entregaba a su mujer, o tal vez sintiendo odio porque sabía que iba a dormir con ella y ya no podía hacer nada al respecto. Sharon abrió la puerta y me mostró el camastro que había armado sobre el suelo, en el centro exacto de la habitación: un colchón mullido, sábanas blancas, dos almohadas con fundas del mismo color, una frazada y un cobertor verdes. Se agachó y tanteó el improvisado lecho mientras me miraba hacia arriba: “Will you feel comfortable here?” Yo no daba signos de recepción ni de emisión, que vendría a ser la misma cosa. “Germán?”, repetía con una sonrisa tierna y de complicidad. Un diálogo físco, con la contundencia de lo implícito, con la obviedad de los cuerpos. La iluminación era tenue, el silencio profundo, el color tinte de ensueño: apagué la luz para ver las formas con más nitidez. Siete años atrás soñaba en la pieza del fondo de lo de mi abuela con ver a The Cure, tocar en The Cure, con cantar en The Cure; estupendos disparates en la humedad de mi habitación donde las puertas del medio del placard abiertas mostraban la tapa del new voice club mix de Boys Don’t Cry pegada con cinta scotch contra la madera del fondo; el corazón bombeando con la expectación de algún disco encargado por correo, con la esperanza de conseguir otro live tape de alguna gira que no tenía aún bien escuchada. Ahora estaba en la penumbra de un templo ajeno que en cierta forma y de cualquier manera me pertenecía (es por eso que me lo habían entregado esa noche): es que nunca sucede lo que uno sueña sino que justamente ocurre una de las cosas que quedaron sin ser imaginadas atascadas en los intersticios de la obsesión, en los descuidos del deseo. Siete años más tarde no había cantado ni tocado en The Cure pero estaba en un lugar y una situación infinitamente más interesantes: flotaba en los mismísimos intersticios del continuo, vagando en la dimensión de lo no imaginado, en ese plano por el que sólo las mentes más insidiosas, esas que saben de pasiones y de ingenio, suelen transitar.

(continuará)


1 comentario:

Anónimo dijo...

y hoy me encuentro en todos lados.
y es siempre (pero siempre)la misma feliz sorpresa.

mí.