sábado, 21 de febrero de 2009

4:13 NIGHTMARE


Algo olía mal. Tengo tendencia a sospechar la existencia de señales ocultas tras los sucesos más nimios. Sabiendo esto, luego de acaecidas mis sospechas, hago el esfuerzo por lograr la reversión del proceso original para poder seguir viviendo en paz. Pero algo siempre huele mal, de todos modos…
Al final del Swing Tour de The Cure, de la gira británica estoy hablando, algo olía mal, como dije arriba; pero en ese entonces yo ni siquiera lo sospechaba. De tener la sintonía tan fina no podría seguir vivo ni por cinco segundos. Pero ahora lo entiendo: aún entonces algo olía muy mal.
La parte británica del Swing Tour había sido recortada violentamente, reduciéndose a tan solo dos shows en Londres. Se cancelaron por falta de ventas dos fechas más en el mismo Earl's Court londinense además de los recitales pautados en Birmingham, Manchester y Glasgow. Todo un fiasco y un primer y duro golpe al ego herido de Robert Smith (hoy por hoy tan acariciado). Hablo del inicio de la gira, ni bien salió el disco. Más precisamente cito aquí la segunda de esas dos fechas, la del primero de Junio de 1996. The Cure presentaba un álbum que parecía desparejo, uno que dejaba la sensación de no estar debidamente cohesionado. El tiempo lo dibujó de otro modo, maldita costumbre de Cronos y su efecto sobre nuestra percepción de las cosas… Pero en aquel momento Wild Mood Swings se veía solamente como un intento desesperado de perpetuar la idea del grupo haciendo como que la formación ideal de Wish no se había modificado. Una negación lisa y llana de la deserción de Porl Thompson y Boris Williams.
Allí estaba yo entonces, en el aftershow del segundo y último show inglés, el 1 de Junio de 1996. Porl, mi conocido directo en la banda y como acabo de mencionar, ya no estaba en la formación. Ni siquiera había asistido al show esa noche; tampoco estaba su mujer Janet, la hermana de Robert Smith. Pero a esa altura gozaba yo de los beneficios suficientes como para estar metido en esas absurdas situaciones que nunca supe disfrutar desde el estereotipo de fanático. Pero yo estaba allí, siempre sin saber para qué. Robert Smith, botella de Champagne en mano, llenaba mi vaso y el suyo (vasos plásticos de pintas de cerveza) a medida que los íbamos vaciando. De un gran humor y haciendo comentarios absurdos sobre vaya a saber qué cosas. No, no voy a pretender de qué iba la conversación, ya no lo recuerdo. Pero sí tengo muy presente las imágenes: la de la botella que él tomaba por el cogote, la de su otra mano con el vaso, la del mío extendido para volver a ser llenado, la del maquillaje corrido y seco a fuerza de transpiración, la del rostro de palidez fantasmal de sonrisa extrañada, la mueca torcida hacia un lado… Risas y buen humor, recuerdo. Era un típico show en Londres donde el aftershow se llenaba de familia y amigos. Sin embargo algo olía mal aún entonces…
Sí, algo olía mal aún hoy entonces, eventualmente. El plan de un nuevo viaje para ver a The Cure en piloto automático. Buscando excusas para reeditar el precolombino ritual, llámense esta excusa Pink Pig o lo que fuere. Así es como se fue armando el plan... Veo a The Cure después de muchos años, hablo con Porl y con Robert, busco concretar las promesas vertidas en algún momento que fortalecerían eternamente a Pink Pig. Luego se agregó la presencia de Franz Ferdinand como teloneros: demasiados amigos rockeros en una sola noche. Me resultaba divertido pensar en Kapranos descubriendo en un aftershow que soy un viejo conocido de Smith y Thompson y viceversa. ¿Quién es este estúpido tan lejano que conoce a esta gente de tan cerca? Me resultaba ridículamente graciosa la eventual escena. Así es como que el plan tomaba forma y se ponía en práctica. Así es cómo el miércoles 18 de febrero me subía a un avión de TAM con destino París. Porque la idea era llegar allí para partir hacia Londres en auto y ferry con unos amigos franceses que había hecho en el proceso del proyecto Pink Pig. Pasaríamos una semana en Londres, volveríamos a París donde me esperaban 7 días más de paseo con recital de Oasis y Glasvegas en el Bercy incluido. Allí estaría con Noel a quien ni loco le confesaría que conozco a Kapranos y a Smith. ¿Qué tiene que ver Oasis con Franz Ferdinand y, especialmente, con The Cure? Yo, claro: algo olía mal hoy aún entonces, eventualmente.
Portando mi pasaporte número 4, uno que saqué luego del viaje de los recitales de Almond en el Wilton's Music Hall allá por 2007, virgen aún de sellados de entradas y salidas, emergí del submarino volador y me interné en los laberínticos pasillos del aeropuerto Charles De Gaulle. Al finalizar el último de estos pasadizos había tres policías que pedían ver los pasaportes antes de que los pasajeros pudiesen llegar a las ventanillas de migraciones. Unos quince viajeros fuimos separados a un costado impidiéndosenos llegar al control migratorio propiamente dicho. Una vez que todos los restantes pasajeros de ese vuelo hubiesen pasado ese improvisado control, el grupo diferenciado fue conducido a un costado donde los mismos policías repetían las preguntas y el intento de comprender las respuestas que recibían: no hablaban más que francés e intentaban adivinar, en mi caso, el inglés. Aparentemente. Dos de los quince fueron liberados para que efectivamente cumplieran el control migratorio propiamente dicho con el agente civil correspondiente. Los otros trece fuimos conducidos a una oficina policial en la misma terminal del aeropuerto muy cerca de donde estábamos. Los pasaportes de los 13 apóstoles eran, a saber: el de una chica Colombiana, el de un chico Chileno, el de un servidor Argentino, el de una Paraguaya y el de varios Brasileros (ellos y ellas). Algo olía mal aún hoy entonces, eventualmente.
La oficina a la que entramos tenía signos de decadencia oficial argentina: zócalos sueltos, tapas de electricidad rotas, cables al aire, mugre y descuidos por doquier, sillas rotas y vencidas, etc. Dos de los trece sospechados se sentaron en los dos únicos asientos disponibles para los visitantes y los demás nos parábamos en semicírculo sin saber qué esperar, pero esperando. Ninguno de los policías hablaba español ni portugués, todos parecían entender rudimentariamente el inglés en la medida en que quisieran entender: cuando la información que se les daba en ese idioma no les resultaba útil a su hasta entonces secreto cometido, automáticamente cerraban toda posibilidad de comunicación en un francés cerrado pero igualmente adivinable. Tres horas pasaron allí sin que nadie nos diese información sobre nuestra situación. Y vuelvo a la primera persona del singular: mi pasaporte daba vueltas por las manos policíacas cada vez con más papelitos adentro, se tomaban datos en una computadora, se trasladaba a otro recinto, volvía así el documento volador y quedaba apoyado un rato sobre un escritorio cerca de mí pero nunca al alcance de mi mano: yo ya no era quien se suponía ser; yo, sin ser consciente de ello aún, estaba flotando en el más absoluto de los limbos: finalmente era nadie. Aún así, la idea de no poder entrar a Francia no pasaba ni por asomo en mi cabeza. Soy muy crédulo, demasiado, tengo siempre buena fe mal que me pese: excesivamente. He viajado docenas de veces a Europa, nunca estuve más de dos minutos frente a los oficiales de migraciones de turno, no tengo ningún delito ni entrada a comisarías en mi haber en ninguna parte del mundo, había viajado con itinerario fijo, pasaje de retorno, reservaciones en Londres, seguro médico, dinero más que suficiente y, para colmo, una amiga francesa esperándome para recibirme en su casa con cordialidad admirable. Todo esto fue comunicado y en detalle a una traductora que apareció en la oficina policial luego de una interminable espera. Cuando le dije que le daba el teléfono de mi amiga para que la llamara y corroborara toda la historia me dijo: “No, no hace falta”. Simplemente eso, el hermetismo de la policía y el de esta funcionaria eran demoledores. Escudados en su ineptitud infinita que les permitía solamente hablar en su sobrevalorado idioma aprovechaban para ocultar lo que querían hacer desaparecer: información sobre qué estaba ocurriéndonos y nuestros más elementales derechos. En el país de la libertad, en el de la revolución, en la tierra de Flaubert, Jarry, Rimbaud y Cocteau. Pero yo no estaba ante ninguno de ellos, ni siquiera ante sus espectros: yo me había topado con un puñado de oficiales de la bonaerense pero con piel más clara e intenciones más oscuras. Ah, además estaba Farid, uno de los policías de evidente origen marroquí. Es que el lavado de culpas es mucho más grande que el de dinero, en todo el mundo y a lo largo de todos los tiempos.
Viñeta que grafica el maltrato desde temprano: en este semicírculo que formábamos los asistentes al demoníaco banquete, a mí me tocó estar parado delante de una máquina fotocopiadora. En determinado momento una de las mujeres policía (aspecto exageradamente varonil, corte de pelo al tono) se paró frente a mí y sin mirarme hizo un gesto con la mano derecha como si barriese migas sobre una imaginaria mesa dos veces y hacia afuera. El sonido acorde que hizo para acompañar el ademán es el que todos podemos imaginar: “Fusshhh, fusshhh…”, como espantando un insecto. Así estaba la situación, porque algo olía mal hoy aún entonces, eventualmente. Yo seguía sin sospechar muy concretamente mi destino, yo tan incrédulo de no ser crédulo. Así iba tragándome los mocos porque uno bien sabe que una reacción podría poner en riesgo nuestra suerte… Fue entonces cuando, tras poco más de tres horas de comenzado el calvario, mi pasaporte llega, una vez más, con unos papeles dentro. Es apoyado en un escritorio, abandonado casi. Haciendo torpe ilación de los sucesos precedentes, recordando el “No, no hace falta” de la traductora ante mi reiterada oferta del número de teléfono y dirección de Faustine para que comprobaran mis confesas intenciones de viajero ocasional, me dije: “Ya está, me liberan del trámite y me voy a tomar el tren y luego el metro.” Pero la espera se prolongaba… Más y más. En un punto le pregunto en idioma inglés al policía que ingresaba en ese momento a la oficina: “¿Me podés informar de mi situación por favor que no entiendo nada?” Balbuceó algo inentendible justamente a modo de desentenderse de la situación. La Colombiana repite luego mi pregunta con la intención de informarse ella sobre su propio estado y la respuesta de otro de los policías (Dios mío: ¿cuántos botones del orto había deambulando por allí?) fue: “Van a ser enviados de vuelta a sus países de origen”. Un escalofrío de incredulidad atravesó mi espinazo. Inmediatamente le digo: “¿Por qué? ¿Qué motivo existe para que me nieguen la entrada? Quiero hablar con mi consulado”. A lo que, en ese momento políglota agente, respondió: “abajo hay un teléfono desde donde vas a poder llamar.”
Abajo fuimos. Algo olía mal hoy aún entonces a esta altura. Hasta yo podía darme cuenta… “Abajo” era otra dependencia policial. Nuestros pasaportes habían quedado en el agujero negro de las oficinas del relato previo y ahora ante nuestras miradas había sólo una serie de fotocopias de los mismos. A la izquierda de la pequeña oficina se abría paso un corredor con diferentes compartimientos dispuestos en hilera: como si fueran enfermerías de una tienda de campaña. Asomé mi vista al primero de ellos: tras una cortina amarillenta (que se adivinaba blanca en sus años mozos) con manchas de sangre seca, había una mesa haciendo las veces de improvisada camilla y una banqueta a su lado. Las paredes estaban revestidas de salpicré y tatuadas con manchas a tono con las de la cortina cortina. Todo se evidenciaba muy sórdido y carcelario. El pánico se hizo presente bajando abruptamente a través de mi espaldar. Dos de las mujeres policías comenzaron a calzarse guantes de látex mientras alguien separaba las fotocopias correspondientes a los hombres de las que pertenecían a las mujeres. En un francés cerrado pero a esa altura demasiado fácilmente adivinable las dos mujeres se ordenaron mutuamente comenzar con la tarea: llamaron a la de la fotocopia femenina de arriba de todo: la Colombiana. La introdujeron en el habitáculo que más arriba describiera. Sólo se escuchaban las voces de las galas malas. Pasaron cinco minutos, luego diez, entonces los dos hombres repiten la escena de las minas: yo soy el de la fotocopia de arriba de todo en este caso. Soy ingresado a uno de los compartimientos que le seguían al antes mencionado entonces, acompañado de dos enguantados policías. El habitáculo era más pequeño que el que yo había visto anteriormente y tenía espacio apenas para un escritorio pequeño y una silla. Ahí entré apenas parado. La mesa estaba indeciblemente sucia y en el centro tenía manchas de sangre, probablemente del Medioevo. Me pidieron que depositara allí todas mis pertenencias. Comencé a sacarlas y les dije, siempre en inglés: “No quiero apoyar ahí mis cosas, está todo sucio”. Los agentes del orden con conocimientos intermitentes del idioma de Shakespeare hacían comentarios socarrones en su para mí desconocido idioma (pero, a esta altura, tan fácilmente adivinable). Me pidieron que les diera mi dinero. Yo comencé a contarlo imaginando ya su destino: ellos se burlaron de eso tomando como una estupidez que yo desconfiara de su tácita honestidad. Luego de contarlo apoyaron el botín muy especialmente sobre las manchas de antaño mientras uno comenzó a palparme muy minuciosamente. Contaron el dinero, tomaron nota en un formulario, lo introdujeron en una bolsa de plástico transparente. Yo les dije: “¿Por qué me quitan el dinero? ¿No es suficiente atropello ya el haberme privado de mi pasaporte?” Seguían entendiendo: “Vas a estar entre mucha gente, es por tu propia seguridad”. “No necesito de su protección, justamente no de la de ustedes”, dije. Y, mirando hacia atrás a través de una ventana blindada vi la celda: un habitáculo de tres por cuatro metros pelado, con bancos duros contra dos de sus paredes pintadas y escritas con biromes y lápices pero muy especialmente con trazos muy gruesos e irregulares de colores en la gama del marrón: sí, escritura con mierda. Manchas repulsivas por doquier, inscripciones en todos los idiomas imaginables, lugares comunes de cualquier película de segunda línea sobre cárceles y celdas de todo tipo. En el centro de una de las paredes un teléfono atornillado en forma vertical. “¿Por qué me ponen en una celda? ¿Qué hice yo para recibir este tratamiento?” “No es una celda, es una sala de espera para aguardar hasta que se puedan volver a sus lugares de origen y estén seguros”, me dijo uno de los policías. En medio de un pánico total que ocultaba la indignación e infinita tristeza que aflorarían más tarde, les pregunté: “¿Pero por qué no puedo entrar si tengo todo en orden? No tienen derecho a hacerme esto, alguien tiene que darme una explicación, quiero llamar al consulado de Argentina”. El switch se había corrido hacia el “sólo entiendo francés”. Me metieron en la celda, o en la sala de espera que cerraban inocentemente con un pasador desde afuera, pestilente habitáculo sin agua ni ninguna señal de la más mínima cordialidad ni el menor de los gestos humanitarios siquiera. Un ojo de buey en la puerta y una ventana que daba a la desierta oficina donde yo había estado instantes antes, todo con vidrios blindados que, de golpearlos, no hacían el menor ruido. Eso era todo, demasiado.
Uno a uno fue entrando el resto de los infortunados. A la Colombiana la habían desnudado y revisado ginecológicamente (a una Brasilera también aunque a su hija de no más de tres años sólo le habían sacado los pantalones). Sé la reacción inmediata al gentilicio colombiano: prejuicios, sospechas. Yo mismo descreía en el fondo de ella en un comienzo, debo admitirlo en tren de ser brutalmente honesto. Y de las intenciones de dos brasileros basándome en sus aspectos físicos y de vestimenta. La historia que la chica de Medellín me contó y luego corroboré al oírla hablar por teléfono con su familia reiteradas veces era la siguiente: iba hacia Tel Aviv a una boda, se encontraría allí con su novio (se casaba el hermano de éste), estaba de tránsito en París, por dos horas. No le habían informado sobre la necesidad de una visa de tránsito para Francia. Aparentemente ese error o descuido o esa desinformación ameritaban el tratamiento que aquí estoy contando, denigrante revisación ginecológica incluida. Ella, según me contó, portaba consigo sus cuatro anteriores pasaportes, dos de ellos diplomáticos: su padre, ya fallecido, había sido embajador de Colombia en París por cuatro años. Su hermana era francesa y residente en París. Nada parecía importar dentro de esta pesadilla en acción.
Pasaban las horas y nadie decía nada: la desinformación era absoluta. Ante cada pasada de un policía (sea porque pasaba a mirarnos por el ojo de buey o en respuesta a los gritos que solicitaban un vaso de agua o una visita al baño) alguien reclamaba algo. En mi desorden compulsivo no me apoyaba en pared alguna a fuerza del asco y la aprehensión. Los bancos me parecían el contacto eventual con el infierno infeccioso. Las reumáticas articulaciones me latían y amenazaban con la capitulación. En eso, ante mi insistencia, un policía trajo anotado el número del consulado Argentino. Un dato curioso: había un número escrito y luego tachado con una raya horizontal. Debajo del mismo habían escrito otro número: exactamente el mismo que habían tachado. Lo marqué con desesperación (el teléfono parecía limpio), al quinto número una grabación en francés me hacía adivinar lo erróneo de la numeración pretendida. Probé mil veces. Luego intenté con el número de mi amiga Faustine: nada. Al tercer intento sin siquiera llegar a sonar, una voz dijo: “Police Station”… Era de pesadilla, casi Lynchesco. La colombiana tampoco podía comunicarse con ningún número. Decidimos que el teléfono era una farsa. Llamamos al guardia, se lo dijimos. Aseguró que funcionaba, yo le dije que entonces el número que me había dado estaba mal y le reclamé el correcto que correspondiese al Consulado Argentino. Me lo prometió para no volver por dos horas. Volví a reclamarle mostrándole el papel donde me habían anotado el otro. Lo agarró y, apoyándolo sobre la puerta, le agregó un cero a la izquierda. Hijos de mil puta: me lo habían dado sutilmente mal apropósito: evidentemente había que marcar un cero extra para tener habilitada esa línea ¿Quién podría haberlo adivinado? Entre la escritura con mierda, eventualmente y cuando ya era muy tarde para muchas cosas, habíamos descubierto pistas sobre la necesidad de un cero extra. Reitero: ¿Quién podría haberlo adivinado? La mentira con carta de exoneración bajo la manga: todo un sistema que luego de finalizado todo este episodio, descubriera yo a cada paso que daban estos policías. Cuando tuve el número correcto con todos los insospechables prefijos correspondientes ya eran las cinco de la tarde: el teléfono del consulado no dejaba de sonar inútilmente. A esta altura de la soirée ya no quería que me dejasen entrar a Francia: quería volverme a mi casa, que me sacasen de ese tortuoso encierro: mi cabeza estaba totalmente quebrada y no podía afrontar ya mi plan de vida para las semanas siguientes, por más agradable que este fuera. No puedo explicar los devastadores efectos de la experiencia sobre cualquier mortal de buenas intenciones, es realmente gravísimo.
Mis articulaciones latían y mis partes de titanio crujían amargamente por lo que intentaré hacer la historia, al menos en este relato, un poco más corta. Estaba asustado. Le pedí piedad a tres de los policías en tres ocasiones diferentes. Les expliqué de mis operaciones, de mi artritis generalizada, de mi necesidad de estar sentado en una silla normal y mínimamente confortable. El primero hizo como que no me entendía y se fue mascullando su idioma. El segundo me escuchó y me llevó hacia la oficina de ingreso (único gesto de piedad en toda la experiencia). Allí me dijo en inglés: “Acá están trabajando, te podés quedar sentado ahí sólo si no hablás, para no molestar”. Le transmitió lo que me pasaba a su jefe detrás del mostrador (en un muy adivinable francés) quien me miró con un odio inefable gritando luego una orden demasiado imperativa en su apócrifamente dulce idioma: me mandó con inequívocas humillaciones de regreso a la celda. El tercer intento fue con la mujer policía más vieja de todas con un aspecto que ni Gasalla podría darle a su personaje más sórdido: se puso violenta, comenzó a gritarme en la cara “Parlé vous francaise? Parlé vous francaise?” “No!!! But you do not have the right to do this with me!!!” Etc. ad infinitum. A esta altura la situación era insostenible y el futuro insospechable: ¿Qué vendría luego: nos enviarían de vuelta pronto, a qué hora, sería hoy o pasaríamos la noche ahí, nos devolverían la entidad de personas alguna vez? No, no estoy exagerando en lo más mínimo. Esto no encierra ni un ápice de la verdadera gravedad y violencia de la situación en la que me sorprendía a mí mismo encerrado. Nunca imaginé que esto podía pasarme: jamás pensé que esto pudiera ser cierto en ninguna circunstancia. Dije que era demasiado crédulo. E ingenuo. Y de buena fe. Demasiada. Todo demasiado.
A algunos se les prometía una traductora. ¿Para qué? Me preguntaba yo a esta altura... Nunca habíamos tenido el derecho a una entrevista normal con un verdadero, liso y llano agente de migraciones: la policía nos había interceptado en camino hacia ese trámite haciendo de nosotros parte de la estadística del día de los deportados requeridos por el sistema político de turno. Era evidente, nuestra condena regía desde el primer minuto y toda esta farsa no era más que una preparación de las excusas correspondientes a cada caso y un cuidado y dedicación claras en pos de que nadie tuviese la real posibilidad de recurrir a un consulado o a alguna mano amiga que pudiese aclarar la situación que la misma policía había plantado. Bueno… Esa traductora llegó un poco tarde: diez menos diez de la noche. Once horas habían pasado ya. Un poco tarde, ¿no? La traductora en verdad venía a blanquear la situación cuando ya no quedaba tiempo para nada: no se nos admitía en Francia, se nos enviaba de vuelta a los respectivos países de origen. La interrumpí, empecé a garabatear mi voz hablando de maltratos, de prohibición injustificada. La funcionaria, de corporativismo acérrimo, continuó el derrotero descalificador y el rosario de humillaciones: “Como el señor quiere que comencemos con él, así lo vamos a hacer”. “No, yo no quiero que comiences con nada ni nadie: quiero que expliques el por qué del avasallamiento de todo derecho elemental, el por qué de este maltrato”. “¿Maltrato? Esto no es maltrato”. Era tremendo. Honestamente no puedo seguir contando, me agobia, me ahoga, me enfurece hacia adentro, me tumoriza. La breve explicación oficial de por qué yo no entraba se resumía a que yo no portaba una carta formal de invitación al país y que por lo tanto no quisieron llamar a mi anfitriona (quien estaba desde hacía horas llamando a la policía y enviando mensajes a amigos míos de facebook indiscriminadamente en pánico porque me hubiera pasado algo malo). Una vulgar excusa era todo lo que se me ofrecía, como si fuese un sub-humano. Le dije que no me importaba en lo más mínimo a esa altura entrar en su maldito país, que sólo quería irme pero que sea cual fuere la excusa, yo no había hecho nada para recibir ese tratamiento y permanecer privado de mi libertad y de mis derechos básicos por todo un día. “¿Usted conoce la legislación francesa?” Fue todo lo que enhebró como respuesta pensando que con esa chicana podía dejarme conforme. Algo más instruida que los precarios policías y como buena persona estúpida se pensaba cultural e intelectualmente superior a esas cosas con patas y manos que llenaban la estadística oficial y mentirosa sobre los inmigrantes ilegales. Idea que parte de una falacia propia de los imbéciles: “todos quieren venir a quedarse en nuestro territorio”. Es así que, sin ninguna autoridad moral ni intelectual, la funcionaria traductora evitó de ahí en más dirigirse a mí. Nos anunció que no iban a sellarnos el pasaporte y que no iba a quedar registro oficial de la situación: claro, ella pensaba que el real motivo para que así procedieran resultaba insospechable para las mentes de un puñado de ratas sudamericanas ilegales por definición; pero era más fácil descubrir la treta que descifrar su adivinable idioma: si ellos lo hacían todo oficial de ese modo se exponían a tener que pagar muy caro por su gigantesca arbitrariedad y el descomunal atropello. Por supuesto que le agradecí amorosamente el amable gesto, pero a esta altura había ya cerrado sus oídos al más mínimo de mis comentarios: ¿La última “reprimenda”?
El vuelo de regreso salía diez y veinte. Nos sacaron afuera de la oficina, nos sentaron en unas sillas y a los dos minutos una de las mujeres policías (la misma del gesto de la escena de la fotocopiadora) hizo un ademán y unos sonidos propios de arrear ganado: así ordenó que nos pusiésemos en movimiento hacia el embarque de último momento: todos a la última fila del avión, el sector de los reos peligrosos, escoltados por cinco policías hasta la mismísima puerta de la aeronave y sin nuestros pasaportes que nos serían devueltos recién en San Pablo (los empleados brasileros, evidentemente alertados de mi condición de rechazado por Francia, revisaban de modo inverosímil los detalles de mi pasaporte en el intento de descubrir cualquier indicio de una posible falsedad del mismo). El dinero me había sido devuelto justo antes de que nos arriaran hacia el avión. Algo olía mal, es evidente. Había tenido diversas señales que me sugerían desde lo cifrado que cancelara el viaje. Es más: estuve con la idea de suspensión rondándome la cabeza hasta la misma mañana del día miércoles 18 de febrero. Me evito contarles de esas señales hoy y simplemente les digo que desoí todo, a modo de poder seguir viviendo un poquito más.
La segunda botella de Champagne se había vaciado en manos de Robert Smith aquella noche del primero de Junio de 1996 (ya madrugada del día dos, para ser más precisos). Antes de que enfilara hacia el auto que lo iba a sacar de Earl's Court, tuve la siguiente ocurrencia: “Robert, listen…” Sacando de un bolsillo mi primer pasaporte le dije: “I got this Passport in 1990 just to come here and see you at the Crystal Palace Bowl, remember that show with James supporting? Well, as you are responsible for this, is time that you sign it”. Le entregué el pasaporte y, mientras buscamos una birome por ahí, lo abrió. Sobre la página 28 escribió con su trazo mitad infantil mitad de borracho: “YOU CAN NOT GET IN... ROBERT” Nos reímos y él se metió en el asiento trasero de un Rover, del lado izquierdo. Lo recuerdo como si fuera hoy. Pero no era sólo hoy que olía mal algo también, y eventualmente. Su vaticinio ocurrió hace exactamente 13 años. Él me avisó entre los reparadores vahos del alcohol lo que ya olía mal y que ocurriría eventualmente en 13 años cuando yo intentase ver en vivo a su propio y mismísimo grupo presentando su excelente disco 4:13 Dream. Algo olía mal aún hoy entonces, eventualmente, aunque el dulzor del Champagne distrajese los primeros signos de advertencia, signos que también se filtraran en sus taciturnos trazos que hoy releo en la página 28 de mi primer pasaporte. En la página 29 había pegado el pase de aftershow de aquella noche. Con ese pasaporte regresé a Buenos Aires en 1996, hace exactamente 13 años. Estos días voy a sufrir el golpe pensando a cada momento lo que debería estar haciendo de aquí al 10 de marzo, fecha en la que tenía planeado mi retorno: hoy sábado iríamos al cumpleaños de una amiga de Faustine que hace cine y su plan de festejo era filmar una película y editarla en el día. Allí no estaré. A las once de la noche hubiésemos salido para Londres en auto y ferry para llegar el domingo a las 6 de la madrugada. Allí no estaré. A la noche del domingo hubiese ido, luego de pasear durante el día, a ver a Sunn O))) (por insistencia amistosa y con satisfacción garantizada). Allí no estaré. El lunes me tocaba, además de recorrida de compras de discos, una exhibición privada de dibujos automáticos inspirado en las ceremonias Hexen que ocurriría en The Atlantis Bookstore, la librería de ocultismo más antigua de Londres, mítica por sus esotéricos concurrentes; entonces tocaría su música Yan-gant-y-tan. Allí no estaré. Me ahorro el resto del rosario. Son historias que quedarán subyaciendo en el fondo del Averno para siempre, atrapadas en el plano de las señales y de los mensajes encriptados. Allí siempre estará mi mente en el desesperado intento de leer algo tras todo.



NOTA AL MARGEN:

Más allá de este intento de hilvanar hechos reales en una especie de esotérica elipsis de la cronología personal, estos acontecimientos recientes me golpearon duro. Al punto de no saber cómo retomar mi vida “normal” este mismo lunes. Es más: no me decido aún a hacerlo. Es un modo de comunicárselo a todos ustedes en un intento de evitar contarlo infinidad de veces a medida que los vaya viendo. Las últimas consecuencias me resultan aún insospechables y el reiterar demasiado la historia excederá el punto de la sana descarga y podría volvérseme en contra. Nada más que eso. Gracias por leer este espacio.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El Dr dice:
1. Leído temprano estimado paciente.
2. Sea prudente: Tome analgésicos, antidepresivos, un baño y duerma una buena siesta de lunes.
3. Despiértese y ,con brioso designio, coloque en pila los libros de cocteau, rimbaud,flaubert, jarry (especialmente costumbres de los ahogados). Le hará bien sumar algún apócrifo álbum francés que abundan. Siéntese sobre ellos y fíjese si son cómodos para su osamenta. si lo es para la suya lo será para la de cualquier otro.
4. Envuélvalos con una impresión de su relato repetida, por favor, repetida si no no tiene sentido. Luego y, precintado todo, llévelo el martes a la disquería ubicándolo sobre el costado del mostrador a la buena vista del visitante ocasional. Invite a sentarse sobre ello y, de no atemorizarse, suponga su orgullo más entero que el de quien no entienda qué clase de invitación y locura es la suya.
5. Tómese esa desorientación general como un paso para la cura, justamente.
6. No escuche nada atinado y, finalmente...
7. No diga nada de todo esto a nadie que no lo invite a usted, cordialmente, a escuchar inocentemente algún disco de the cure con un champagne en la mano.

Todo irá de otro olor.

Atentamente
Dr.

Darío / Viaje Secreto dijo...

Gran disquería señor. Es todo lo que puedo decir, ya que recién la conocí ayer, y encima me vengo a enterar de semajente vivencia.
Saludos!
Y gracias por desenmascarar esa idea de "libertad" y "capitalismo diferente y social" de la france y uropas en general.