viernes, 6 de febrero de 2009

AN AUDIENCE WITH THE MIND



“La soledad no es más que un niño enfermo…” le dijo El General a Tomasito, a modo de consuelo o de caricia reparadora. La santísima trinidad del miedo: enfermedad, soledad, muerte. En un niño esos jinetes hacen estragos, marcan a fuego, empañan la mirada para siempre. Si ese niño sigue vivo en su fantasía y recorre su vida encapsulado él (y encapsulada la vida) en un cráneo que sólo sabe de ecos de madres que llaman a la hora de la leche, los fantasmas siempre andarán rondando: la realidad y la fantasía son inseparables y el alimento del espectro es invariablemente nutritivo sin importar el origen del cargamento. Tomasito habla con su doppleganger de 32 años en un encuentro Borgeano (sin tener idea de quién es Borges, ni a los ocho ni a los treinta y dos). Ni Tomasito ni Tomás encuentran la puerta de salida que conduce al alivio.
Ayer pasó Ezequiel y cuando vi que entraba pensé: “qué cagada, no tengo ánimo ni para dialogar”. Pero el amigo visitante logró que hablara. Tal vez fueran los café con leche que él comprara en el Martínez de las Galerías que evocaban el llamado de mi vieja (de mi vieja de 37 que en ese mismo momento estaría hablando con mi madre de 70), el automatismo de la conversación en marcha, o los discos de House of Love que Ezequiel quiso escuchar. Sobre todo el de la mariposa: le dije que ese era mejor que el compilado de las grabaciones anteriores para Creation Records. Sin dudas que es mejor. Lo dejamos correr entero casi, mientras yo, sin darme cuenta, contenía las lágrimas y desdibujaba tenues sonrisas que el aire jugaba a tratar de retrazar una y otra vez. En los sonidos de Shine On y Never volvía la foto de tapa del mini LP homónimo de The House of Love, el de origen alemán que fuera lo primero que escuché una y otra vez en la piecita del fondo de lo de la abuela Aída allá por los finales de la década del ochenta. Qué curioso, cada vez que te ponés a hablar con alguien que “andaba en la música” y tiene la edad suficiente, jamás te evocan el color de una canción o el fantasma de una foto de tapa de algún elepé. O el olor del café con leche. Siempre caen en los estúpidos clichés del “rock and roll”. Creo que no entienden nada. Siempre pienso lo mismo. Cuánta estupidez.
En Beatles and The Stones le digo a Ezequiel de lo maravilloso de esa canción, le cuento que fue single. Un fragmento resume toda su melancólica belleza: “The Beatles and The Stones made it good to be alone, be alone…”
Toda canción del disco es evocativa: Shake and Crawl, Hedonist, Blind… Mientras sigo desdibujando sonrisas el murmullo de las conversaciones entre los Tomases y Tomasitos que se desprenden de la música llena el espacio que va desde la cápsula craneana hasta el fondo de los ojos: me la aguanto.
Luego vino Flor (no: no la del poster de The Cure) a quien no veía desde hacía muchísimos años, desde el very beginning de los theatre years. En el abrazo sentía risas más tenues y más estridentes según qué Tomasito y qué Tomás las estuviera ejecutando. Me olvido un poco de hoy y me acuerdo de todo-tiempo en un borbotón de confusión memoriosa: recuerdos licuados en el punto justo.
Ezequiel se compró los dos discos de The House of Love. Flor y su novio se fueron más tarde y nos prometimos encuentros y cosas.
Terminé el día cenando con mi vieja y quedándome a dormir ahí en La Paternal, en la pieza que mandé a construir alguna vez arriba del comedor (la hizo Flaquito, el hermano de Mónica, que siempre me decía: “te va a quedar cocoliche”), justo enfrente de la vieja pieza que alguna vez ocupara, húmeda en el recuerdo de días mohosos: huesos cuarteados y piel vociferando la falta de corticoides en grietas de desértica violencia. En esa pieza donde me quedaba anoche ya no están mis discos, la tarima donde iba el equipo y la tele está llena de ropa de mi hermano Martín o de cosas que alguna vez hice para abandonar en el retrete del tiempo que neutraliza toda prioridad que alguna vez haya sido. La cama es la que compré para el departamento de enfrente de lo de Irina (mid-thatreyears-age). El viento golpeteaba la puerta de chapa de la terraza tal cual lo hacía cuando dormía en la pieza más viejita, la de la humedad, esperando a la mañana para ir a la escuela. El sueño me llevó a los tumbos y sin mucha convicción. Yo me pregunto qué cosa es hoy, ahora. Juro que no entiendo nada y me declaro incapacitado en el más absoluto de los silencios interiores y en el más amplio de los sentidos: Para todo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Fuerzas! Que se vienen las vacaciones y el viaje!

Paso esta semana, i promess to go to the promise land (ubuland).

Chino.

Anónimo dijo...

alegría, sincera y profunda.
fuerte la visita.

relajá
aunque no quieras entenderlo sos una persona increíble.

f