lunes, 9 de febrero de 2009

THE LONG AND WINDING RIDE


No me entraba en la cabeza: ¿cómo se podía escribir la tapa de un vinilo inlgés con marcador de trazo grueso y en letras tan grandes? “GUS”, rezaba la contratapa del primer disco de Duran Duran y también la portada de “Prince Charming” de Adam and the Ants. Así, con ese sello, conocí esos discos. Era en la casa de Chirola, un piso nueve sobre la calle Zavalía, justo frente a las Barrancas de Belgrano. Allí tuve por primera vez en mis manos un disco de Duran Duran, uno de Ultravox y uno de Adam & The Ants. Es que el papá de Chirola era Contador de la Armada Argentina y estuvo con destino Inglaterra desde el año 1980 hasta abril del ochenta y dos. Allí y entonces vivían en Surrey: recuerdo un mapa de dicha localidad colgado en una de las paredes de la pieza de mi amigo. Cuando sobrevino la guerra de Malvinas los mandaron de vuelta y así es como Chirola cayó en el Instituto San Román, donde yo estaba cursando tercer año del colegio secundario. Rápidamente entramos en sintonía y comenzamos a reunirnos en su casa junto a Fabián, Ale, Mugre, Ernie, Madera y el Chino.
A mis ojos el piso donde vivía Chirola con sus padres, su hermano y su hermana, era un palacio puesto a todo trapo con lujos inimaginables para mi cabecita de La Paternal (o del departamento del barrio de Coghlan, según del año que se tratase). Siempre me fascinaba ver en la alargada cocina todos los electrodomésticos de último modelo alineados bajo la extensa mesada. Si bien el lavarropas al ser tan moderno y tan inglés no dejaba de subyugarme, lo que realmente me dejaba atónito era el lavavajillas: no sabía siquiera de su existencia. Una tarde lo vi con la puerta abierta y, aún así, no podía entender cómo una máquina podía lavar los platos. Obviamente la sensación de “palacio del confort” que sentía cada vez que ingresaba a la casa de Chirola fue, a medida que las visitas eran más asiduas y nuestra amistad más grande, pasando hacia el fondo de la mente haciendo que el asombro por la calidad de domesticidad que algunos tenían diera paso pleno a los placeres que nos esperaban en cada reunión de amigos: jugábamos al pool (uno bastante grande que no tenía patas y que por tanto se apoyaba sobre la mesa del living con una gruesa frazada amortiguando el roce de maderas) mientras poníamos siempre los mismos discos. Esos discos que Chirola marcaba con el apócope de su nombre sobre las portadas y con marcador de trazo grueso color negro. Es que, en una cabeza que no está gobernada por un pensamiento obsesivo, la marcación de un disco equivalía a la individualización de los lápices de colores, la regla o el transportador que llevábamos a la escuela primaria; simples elementos de uso doméstico expuestos al inevitable desgaste y a su eventual muerte. El problema lo tenía yo, por supuesto, pero en ese momento ni lo sospechaba. Chirola no podía entenderme cuando le reclamaba el manchón en el disco de Duran Duran (¡que encima era inglés, no se daba cuenta dónde había vivido casi tres años, carajo! En realidad el que no se daba cuenta era yo): se me quedaba mirando atónito.
El Deejay oficial era el anfitrión: cuando en la casa estaban los padres el volumen era siempre muy prudencial. Chirola ponía especial cuidado al poner los discos, no por proteger la integridad de los álbumes sino por resguardar el increíble equipo propiedad de su padre: era un Grundig alemán de última generación (yo no había visto esas cosas ni en foto: ¡de dónde podía sacar fotos de equipos de audio viviendo en La Paternal o en Coghlan durante el año 1982!) y de presencia imponente: un rack de diseño con todos los componentes posibles dentro, todos en un plateado cegador; y cuatro columnas de bafles diseminadas por cada rincón del gigantesco living. Qué bien que sonaba eso, por favor… Qué placer producía sin importar qué disco era el que se elegía… Es como que la experiencia de escuchar música cambiaba totalmente para mí respecto de lo que pasaba en mi casa. Yo estaba dándole rosca a mi primer centro musical ese año, no recuerdo bien cuántos meses después de conocer a Chirola. Y el casillero anterior en mi historia clínica como audiófilo era un simple radiograbador Pioneer que me habían comprado mis viejos luego de que yo los presionara durante meses. Me acuerdo perfectamente del local de elctrodomésticos, uno que quedaba en Cabildo a veinte metros de la esquina de Blanco Encalada, sobre la vereda del lado del bajo. Allí la opción estaba entre dos Pioneers: uno de color negro y con muchas luces marcando distintas funciones, y el otro más modesto y plateado. La diferencia de guita era considerable (al menos para mis viejos y también para mis ojos de adolescente) y las bondades del más caro que me deslumbraban (al apretar eject la puertita se abría lentamente en un movimiento neumático, para citar un ejemplo) fueron dejadas de lado en pos de no abollar aún más la economía familiar.
Pero bueno, en lo de Chirola era otra cosa. Llegaba allí en 44 o 63 (o en 107 cuando vivía en Coghlan) y emprendía la subida de las Barrancas apurándome para tocar el timbre. El que hubiere casi permanentemente un portero en la recepción del edificio también era cosa poco común entonces (al menos para mí). Todo resultaba extraordinario: el hecho de que, de no estar en ese instante el encargado, alguien tuviese que bajar a abrirme, los sillones de cuero verde que había a la entrada (en los cuales muchas veces nos quedábamos a esperar a que llegara el último de los amigos así subíamos todos juntos y de una sola vez), la entrada de servicio (¡que daba justo sobre el lavavajillas!), etc. Seguramente las diferencias de calidad de vida entre los compañeros del colegio eran variadas y yo no era el único pobretón de todos. Y habría muchos en posiciones aún muchísimo más acomodadas que Chirola (y algunos de realidad más modesta que la mía). Pero para mí su caso, tal vez porque era la intimidad hogareña que más conocía, era la medida: siendo yo hijo de un taxista (es lo que hacía en ese momento mi viejo) me sentía un poco en off-side entre todo eso (es decir entre la media de ese colegio partiendo de la medida Chirola). Porque adentro del aula éramos todos iguales, los uniformes nos hacían notar que estábamos ahí todos más o menos para lo mismo (lo inconducente como vital denominador común). Pero fuera del colegio estaba el peligro (real o imaginario, qué importa ya) de que las diferencias afloraran; y en ese momento, cuando uno sabía aún menos que hoy de cómo son las cosas en la vida, y de todas las marchas y contramarchas que la suerte de uno puede dar, en una mente no demasiado segura, ese temor podía representar una amenaza. ¿Amenaza de qué? No sé, tal vez de una subrepticia pérdida de la comunión entre amigos de colegio, de un desajuste en la sintonización de supuestas afinidades… Miedo a la no aceptación completa, social o afectiva. Recuerdo con bastante pena y poca vergüenza (ya que de hacerlo vergonzosamente estaría revalidando el sentimiento de aquél momento) que, cuando mi viejo me llevaba en el auto hasta el colegio, yo sufría las últimas cuadras rezando porque ninguno de mis compañeros de clase me viera bajar del asiento delantero del taxi Peugot 404 de mi viejo. Cuando subía por Juramento para doblar a la izquierda por Migueletes, me tensionaba inevitablemente y mis ojos rastreaban las veredas de ambas manos en busca de cuerpos uniformados con destino a la puerta del colegio. Emprendía el descenso del vehículo a toda velocidad (descendiendo justo como ahora durante los últimos tiempos, quién lo hubiese dicho, reinvención permanente del mismo tic…) en el intento de evitar ser visto en el proceso. Qué poco entiende uno siempre… Porque ya no caigo más en el error de creer que se va aprendiendo y que esas tonterías que alguna vez hacíamos o pensábamos ya nos son ajenas: esa desesperación por no ser visto bajando del taxi de mi padre hoy seguramente tomó otra forma y sigo errando el camino pero en diferentes formas y con circunstancias cambiadas. Daría mi vida (las partes gratificantes, ciertamente) por volver a subir a ese 404 con la calefacción al máximo una gélida mañana del Buenos Aires invernal para emprender el silencioso viaje hacia el Instituto San Román... Salíamos de Manuel Ugarte y Naón. Doblábamos en Washington hacia la izquierda y tomábamos por Congreso derecho. Era la ruta favorita de mi viejo: si agarrábamos los semáforos bien sincronizados llegábamos a Libertador en un pedo y de ahí ya faltaba poco. Era extraño, pero mi viejo no prendía la radio del auto. Al menos no mientras me llevaba a mí. Él vivía con la radio encendida toda la noche, pero no la escuchábamos durante el viaje hacia el colegio. Todo era silencio, más allá del ronroneo extra del motor diesel. Es que existía un ritual que se erigió a partir de ese silencio previo: una vez que cruzábamos Cabildo yendo por Congreso las expectativas crecían y el mutismo se hacía más profundo aún… Así, yendo por Av. Congreso, cruzamos sucesivamente Cabildo, Vuelta de Obligado, Cuba, Arcos… Sobre la esquina de O’higgins, cruzando la calle y sobre mano derecha, metros antes de la barrera del ferrocarril Mitre ramal Tigre, había una carnicería y granja. Pasábamos siempre a la misma hora, entre las siete y las siete y cinco de la mañana. Su dueño siempre estaba o bien baldeando la vereda o colocando los carteles donde anunciaba cortes y precios… Era un tipo gordito, bastante retacón y de rostro Troileano… Cuando estábamos a veinte metros del lugar invariablemente mi viejo rompía el silencio a los gritos mientras sacudía mi hombro y señalaba con la mano hacia el negocio: “¡Don Lechón, ahí está Don Lechón! ¡Chau Don Lechón!” Las cuadras que faltaban hasta llegar a Libertador después de cruzar las vías se llenaban de risas (o, a veces, si yo estaba con bronca por algo, las risas de mi viejo se mezclaban con los chasquidos orales que expresaban fastidio de mi parte) y de comentarios acerca de lo fabuloso que era Don Lechón, de la grandeza de su personaje, de su existencia y de su razón de ser: como un héroe mitológico mitad humano mitad cerdo que tenía una granja que atendía todas las mañanas de la vida entre las 7 y las 7 y cinco únicamente, la Granja “Don Lechón”. Sí, así se llamaba el comercio.
La coda del viaje transcurría en el deseo de no bajarme nunca más del auto, mitad para evadirme de la responsabilidad de estudiante y quedarme en la seguridad del calor de ese auto con la compañía de mi viejo (sentía que nada me hubiese gustado más que ser invisible y viajar en el asiento del acompañante toda la mañana, vivenciando como un fantasma todos sus viajes y todas sus voces, escuchando los comentarios que les haría a los eventuales pasajeros contrastando luego con cómo se los contaría a mi vieja durante el almuerzo o la cena, juntando datos que indefectiblemente y sin que yo lo supiera en ese momento estarían cimentando la profunda admiración y amor que le profeso a mi viejo ahora... Siempre tan imbécil y fuera de tiempo yo…), mitad por el ya mencionado temor a ser visto bajando del taxi…
Así sentía, entonces, el contraste que configuraba el silencioso temor a no ser aceptado o apreciado por los orígenes y realidades diferentes. O a pasar vergüenza vaya a saber por qué… Todo un despropósito... Pero en lo de Chirola eso no ocurría y las reuniones eran el puro goce de la repetición infinita, como un 4,33 periódico con amigos…
Chirola siempre quería poner el de Ultravox o el de Duran Duran; yo el de Duran Duran o el de Adam & The Ants; Mugre y Fabián “Back in Black” de AC/DC, que era otro de los discos siempre presentes. Por lo general arrancábamos por este último, que en realidad nos gustaba a todos por igual. De paso dejábamos conforme al hicha-pelotas de Mugre y así nos ahorrábamos los comentarios sobre la escucha de nuestros “discos para putos”. Todo era muy divertido, con la gracia de lo inenarrable, con la simpleza y la aparente libertad del momento del encuentro de amigos de colegio fuera del recinto estudiantil: reino que funciona en un espacio símil limbo donde las responsabilidades educativas estaban suspendidas por un fin de semana y las latentes de la vida adulta quedaban simbolizadas en la idea de que el imponente y teutón equipo de audio Grundig era propiedad del papá de Chirola, un tipo que, para tener ese aparato, pagaba el precio estipulado haciéndose cargo de las responsabilidades de construir una familia y sustentarla en el tiempo (y por ahí aparecíamos nosotros: su hijo mayor y los compañeros del colegio). Al equipo había que ponerlo bajito, había que mirarlo con suavidad y tenía que manejarlo Chirola, pero ese escucharlo mientras hacíamos los campeonatos de pool era como espiar desde un agujerito desde fuera de la realidad a alguna mina tremenda (por ejemplo La Potra, la profesora de Matemática) y hacerse una buena paja: cero costo y consecuencia en el amplio sentido, y todo satisfacción garantizada.
Chirola reeditó el camino paterno y fue un cultor idóneo del mandato familiar: tiene una réplica perfecta de la familia de donde viene. Yo, con las mismas herramientas que el entrañable amigo, me dejé distraer por el viento de la duda y por el vuelo en piruetas de los fantasmas que, si uno sabe mirar bien entre líneas, el céfiro va impulsando sin cesar. Es que tal vez me decidí, sin saberlo, a permanecer para siempre en el asiento del acompañante, convirtiéndome en testigo invisible e insospechado de las travesías de mi viejo que no para de yirar en mi cabeza buscando otro pasajero que le dé un poco más de cuerda a su don de narrador de pequeñas anécdotas cotidianas. Seguramente algo me va a bajar a patadas de la cálida y mullida butaca dejándome en el frío de algún dato perturbador de la realidad, eventualmente. Mientras tanto dejo que el murmullo de la radio (que mi viejo enciende cada vez que hago como que me bajo en la puerta del colegio) me arrulle un ratito más.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mugre tenía razón, de todos esos discos, el único que no era para putos era Back In Black!