lunes, 30 de marzo de 2009

LUZ DE TUBO ANULANDO EL DÍA


La habitación era despojada y fría, como todo ambiente donde se desarrolla cualquier tipo de actividad que tenga que ver con un tratamiento médico de cualquier tipo. Baldosas gastadas y grises, paredes desnudas (ni siquiera el remanido almanaque de algún laboratorio había en este caso), la puerta color cremita de un esmalte brillante y de mal gusto, detrás una silla metálica al tono. En el centro de la habitación un cilindro abierto, un cilindro plateado que se desplegaba en dos mitades: del lado de adentro lo que se veía era una serie de tubos parecidos a los fluorescentes, en disposición vertical y en una hilera circular que cubría toda la pared interna de aquel extraño aparato. En el centro de este cilindro abierto al medio y sobre el piso se hallaba una tarima de madera gastada que jamás había sentido una mano de barniz que suavizara un poco la aspereza de existir en el plano de las cosas. Dije que los tubos, que tenían la misma altura que el platinado artefacto, eran parecidos a los fluorescentes: sí: no se notaban diferencias, al menos estando apagados.
Una de las dos mitades abiertas de esta singular columna estaba cerrada en una medialuna en su extremo superior gracias a la existencia de una barra pintada de negro que unía los dos extremos del semicírculo.
De la parte inferior del instrumento salía un grueso cable negro que recorría el camino hacia una de las paredes del cuarto donde había un toma-corriente: allí todo terminaba en un voluminoso enchufe clavado a su hembra. Lo único que quebraba la monótona topografía de ese espacio era un papel pegado con cinta scotch sobre una de las paredes externas del inhóspito rulero plateado: allí, escrita a máquina, había una tabla que sólo agrandaría el enigma a cualquier visitante desprevenido. Dos columnas, la de la izquierda mostrando una numeración corrida ascendente y la otra con números de dos cifras también ordenados de menor a mayor:

1 10´
2 12´
3 14´
4 17´
5 20´
6 22´
7 24´

Entraba yo acompañado de una enfermera, o mejor dicho de una empleada/secretaria ya que se trataba de un consultorio privado y la gente no estaba uniformada de ninguna manera, aún cuando el régimen al que se sometía a los asistentes era de dureza y rigidez marciales.
El ritual era más o menos el siguiente: sacarse la ropa (todo menos el calzoncillo que debía ser un slip) y dejarla sobre la silla; confirmar qué numero de sesión era la presente visita para luego recibir unas antiparras muy pero muy pequeñas, como las que se usan para sumergirse en una pileta aunque de un material negro, cegador de toda claridad. Ahí me trepaba a la tarima de madera apoyado en un brazo de la mujer y, una vez sobre el podio, cerraba los ojos y me colocaba las particulares gafas bloqueantes acomodándolas bien para que no me molestaran en modo alguno. Una vez allí y entonces, levantaba los brazos y sujetaba con ambas manos la barreta negra que cerraba una de las mitades del cilindro: era tiempo de clausurar la máquina, tarea a cargo de la mujer que oficiaba de particular verdugo del reino del "avance" de la humanidad y la civilización.
De una de las uniones de la barreta con la pared del aparato salía un cable que le daba dos vueltas de tirabuzón terminando su recorrido en un timbre muy similar al interruptor de una lámpara de mesa, botón que quedaba al alcance de mis manos. Cerrada la cosa yo quedaba atrapado en el cilindro cuyo diámetro no superaba los cien centímetros. En ese momento la mujer siempre decía lo mismo: "si necesitás algo o te sentís mal ya sabés eh: tocá el timbre que vengo enseguida". Se oía el chasquido de una llave interruptora que cambiaba de posición y la luminosidad se modificaba: era notable aún detrás de las antiparras que abortaban toda posibilidad de luz. La temperatura subía rápidamente (a un nivel para nada amistoso) hasta llegar a una meseta a partir de la cual el calor seguía ganando terreno (como si ello fuera aún posible, y vaya si lo era): más lentamente pero con la constancia y rigidez del paso del tiempo.
P.U.V.A. Esa era la sigla. La U y la V correspondían a UltraVioleta, la P y la A ya no recuerdo. Allá por los setenta era la última novedad, el más escandaloso avance de la ciencia para solucionar la psoriasis. Y el único aparato en Buenos Aires estaba allí, en los consultorios del Dr. Mom (padre, porque yo me atendía con los padres y, tras el paso de los años, también con los hijos: eso es ser un paciente ejemplar), en la calle Marcelo T. de Alvear, muy cerquita de las facultades.
Este milagroso tratamiento y esta maravillosa máquina venían a suplantar al benigno efecto del sol sobre mi afección: era como alquilarse un sol privado durante el invierno, era el mismo absurdo de siempre con una forma diferente, era la idea de curarse que, una vez llevada al estadío obsesivo, olvida el verdadero objetivo: ¿curarse de qué carajo? Qué abuso del iluso, qué aprovechamiento de la desesperación...
Pero, como toda obsesión, la cuestión no se limitaba a los diez, doce, catorce, diecisiete, veinte, veintidós o veinticuatro minutos que durara la sesión de P.U.V.A. Para estar verdaderamente pendiente todo el maldito tiempo del eventual arribo a la tierra prometida había que tomar una pastilla durante las horas previas: la receta que llevaba a la única farmacia de la ciudad que las preparaba rezaba: 8 M.O.P. Porque el avance se escirbe con siglas con cuyo significado un simple mortal sólo aspira a conjeturar (supongo). Estas cápsulas (las recuerdo perfectamente: eran inmensas, a tal punto que ante cada toma me ponía tremendamente nervioso temiendo atragantarme y morir en el intento de ingerirlas) eran parte del enigma: ¿Ozzy Osbourne, David Crosby? Pero esos son faloperos de pose y automedicación, unas simples mariquitas: a ver si alguna vez se clavaron un 8 M.O.P. día por medio a los once años de edad teniendo que usar lentes de sol todo el santo día (incluso en la escuela) para evitar que la claridad del día les dañase la vista. Sí, porque la capsulita se suponía que atraía a los rayos ultravioletas que surcaban el eter de cada día, nublado o diáfano.
Esos eran verdaderos días de pre-temporada, de entrenamiento en el tosco arte de la resistencia. Pero resistencia en serio, no las paparruchadas de los franceses durante la Segunda Guerra. Así se va moldeando un loquito, atravesando estas experiencias.
Pero como en toda batalla, un combatiente tiene que ir calculando las fuerzas y midiendo la distancia que lo separa del objetivo más cercano. En estas sesiones todo se reducía a tener alguna idea del transcurso del tiempo bajo esas temperaturas mefistofélicas. Con los ojos sellados por las antiparras no había chances de pispear un reloj, ni aún inventándolo en la desnudez de slip en la que me encontraba durante cada sesión de P.U.V.A. Pensé, durante la primera experiencia, en buscar la forma de medir el tiempo a partir de las gotas de transpiración que recorrían todo mi cuerpo, de cabeza a pies. Muy complicado, demasiado impreciso. Sin detenerme en el primer fracaso (qué va) la solución llegó rápidamente: cantar, cantar en la cabeza. No, no con la voz, sino hacer sonar una canción muda dentro de la cabeza. Cuando se me ocurrió, durante la segunda sesión ultravioleta, el sistema no pudo probarse en todas sus bondades: canté, o seguí con voz silenciosa el recorrido de una canción de Seru Giran que sumaba intensidad al barullo cavernoso de costumbre. ¿Que por qué el sistema no podía ser todo lo preciso posible durante la primera práctica? Es que en ese momento no tenía forma de controlar la duración exacta de la canción en el mundo real, por lo tanto se la asigné arbitrariamente. "´Seminare´, más o menos tres minutos", me dije. Y la hice girar en el bocho, una y otra vez, hasta llegar a las cuatro veces. Seguramente durante la cuarta pasada las ansias por el final del infierno de ese día habían hecho que las neuronas giraran a 36 2/3 en lugar de 33 1/3 pero bueno... Al menos de esta manera el tiempo transcurría mientras mis pensamientos salticaban desde las gotas de sudor y los humeantes números de las temperaturas dantescas del interior del cilindro al golpeteo de los tom-toms de Moro y los firuletes del bajo de Aznar. Y así es como aguantaba y aguantaba sin tocar el timbre. Jamás toqué el timbre pidiendo asistencia: esa era mi absurda medalla, ese era el puntapié hacia la calma que da el deber cumplido. Al fin y al cabo esa sería la única recompensa a semejante despropósito de radiación: la psoriasis no bajó su impedancia en lo más mínimo, no importa el haber cumplido con las siete sesiones del apocalipsis (y más). Pero yo jamás toqué el timbre: NUNCA.
Los lentes de sol eran unos aviator de marca nacional, marrones. Mi pelo enrulado y abultado hacia arriba y los costados cerraba una imagen demasiado rockera para el ámbito escolar. A la tercera sesión la medición del tiempo fue mucho más precisa: en casa había comprobado la duración exacta de "Seminare". Para las sesiones cuarta, quinta, sexta y séptima me preparé otros temas, no sea caso de aburrir a la audiencia. Todas del repertorio "rock nacional": es que en ese entonces me intoxicaba con eso gracias a mi prima Gabi, unos años más grande que yo y habitante del barrio de Floresta/Mataderos: todo un peligro si de gustos musicales del final de los setenta hablamos.
La psoriasis no me la habré curado, claro, pero desde entonces en mi cabeza no paran de circular las canciones. Y en capas sucesivas anque simultáneas: tal vez todos los radiograbadores, centros musicales, "walkmans", "disc-mans" y equipos de audio que tuve en mi vida (yo no tuve iPod) se fueron acumulando allí, arrumbándose entre los rincones de mis ambos hemisferios, siempre encendidos. Al principio, unos meses después de la experiencia P.U.V.A., el continuo musical en mi cabeza me asustó: ¿Cómo se apaga esto antes de enloquecer? Durante meses traté de explicar lo que me pasaba a mi familia que sólo devolvía gestos de desconcierto (justamente) y, más tarde, en el estadío de la resignación, sonrisas (todo en mi vida desemboca en el mar de la broma supuestamente cruel). Siempre recuerdo una respuesta de mi viejo (o una amenaza), una de esas frases con las que un padre cierra una discusión con su hijo, harto ya de la riña verbal inconducente: "callate porque te doy un cachetazo que se te van a mezclar todos los cassettes esos que tenés en la cabeza". Había testigos de la escena: aún hoy, eventualmente, se la recuerda durante esas tardes familiares donde la vuelta del mate mide el perenne tiempo de espera al descenlace común. En esas ocasiones las risas hacen las veces del timbre, ese que yo jamás pulsé.

NOTA AL PIE:

Sabrán disculpar mi recurrencia a la ausencia: este espacio no podía ser la excepción. De ahora en más prometo subir una "entrada" cada mes. Es que me dispongo a conquistar el hábito diario de la escritura a partir de los próximos días con el objetivo de acumular la mayor cantidad posible de estas historias en vista a compilarlas en un volumen de aparición incierta. Lo que acaban de leer, si bien siempre relacionado a los discos y la música, tiene un carácter un poco más íntimo (aún) al habitual. Me disculpo por ello inútilmente, aún cuando no corresponda. Tal vez la característica de este escrito sea una excusa tan válida como mi pereza para decidir escribir de ahora en más sin publicar en el blog en vistas de un libro que seguramente, como casi todo en mi derrotero, esté destinado a no ser. Who knows. Pero bueno, al menos una historieta al mes prometo. Confío en cumplir. Gracias.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias, mil gracias.
Es delicioso el relato.
La frase de tu papá es magnífica, me hizo revisar las multiples similares reacciones del mío frente a mis propios desvarios.
No hay que apretar el timbre, nunca.
Joman

N.D. dijo...

Notable. Un abrazo.

Anónimo dijo...

ayer te vi, ayer te vi, ayer te vi con los brazos cansados...